Por Rosana Herrera 

“Vamos las queridas viejas, que nos vean, que nos vean,
escalando las cornisas no para lograr la cima, sino para desafiar la cuesta…”
Letra Marta Valoy – Música: María Eugenia De Chazal

El primer domingo de julio se volvió gris, opaco y triste. El muy travieso nos sorprendió con una promisoria mañana de sol que nos invitaba a desayunar tarareando a Copani y esperando las tostadas con pasos de baile. Pero al rato los brillos y las energías se retiraban para darle paso a uno de esos días en que no te dan ganas ni de asomar la nariz a la puerta ni disimular la horrible realidad que empezamos a transitar un inolvidable mes de marzo. Permitiéndonos culpar al frío de este aislamiento “voluntario” e imaginar que es sólo la temperatura la que no nos deja juntarnos con los amigos y comer las mandarinas debajo del mango. Entonces prendemos la estufa del escritorio, nos hacemos un cafecito, buscamos en YouTube música instrumental relajante y nos ponemos a conversar con ustedes para paliarnos la angustia entre todos.

Bendito teclado que nos conduce de prepo y no nos deja tiempo para reaccionar…

Los psicólogos dicen que la virtualidad pasó a ser una herramienta capital en épocas de encierro obligatorio, que se está dando maña para reemplazar a la presencialidad, y que le está saliendo bastante bien. O al menos le pega en el palo. Y la paulatina y progresiva liberación de algunas actividades sociales y/o públicas, también nos fue ampliando las posibilidades a todos aquellos -como nosotras- a quienes las nieves del tiempo ya platearon las sienes. Y nos abrió algunas rendijas a los que estamos persuadidos de que la única forma que tenemos de pelear es guardándonos.

Todos los que tenemos presente que estamos ante el feroz ataque de un virus que, a pesar de su carácter monárquico, es uno de los más democráticos. Pero que de alguna manera sí discrimina porque tiene más afinidad con aquel que se descuida, que se relaja, que pierde el estado de alerta o que simplemente tiene patologías preexistentes por pertenecer al grupo etario de mayor riesgo.

Aunque según algunas publicaciones serias el promedio de edad de los infectados en el mundo bajó en el orden de diez años justamente porque es más fácil ganarle la batalla a la impunidad de la juventud, que a las precauciones que tomamos los viejos que, si somos responsables, deben ser extremas.

Viejos, sí. Viejos y viejas. Porque eso somos ¿Por qué tercera edad, adultos mayores, gerontes, abuelos, ancianos? No necesitamos que se dirijan a nosotros como una clasificación estadística para un censo. ¿Cómo les decimos a los niños? ¿Hay alguien que le diga a una mamá que acaba de parir: ¡qué hermoso es tu neonato!? ¡Dejémonos de joder! los bebés son bebés, los niños son niños, los jóvenes son jóvenes y lo viejos somos viejos.

Deberíamos ser capaces de terminar con la demonización del término viejo porque es una de las palabras más tiernas que tiene nuestro lenguaje. Y que mágicamente, con esa ternura, pudiésemos sustantivarlo sin eufemismos, con respeto y con orgullo como ocurre en algunas sociedades más inteligentes y sabias que la nuestra.

Los que siguen estas crónicas saben de mi debilidad por desviarme de la ruta principal y, aunque me prometo no bajarme a la colectora del relato a veces (¡bah! casi siempre), se complotan la memoria con la computadora y me sacan del medio donde siempre vuelvo, juro que sí. A la larga a o a la corta vuelvo a la autopista y el gregre logra ser Gregorio. Como pretendo desde ahorita.

Quiero compartir hoy los días previos a la pandemia, quiero pensar en unos días antes de que aparecieran los bozales disimulando las sonrisas; que se escondieran los abrazos frente al repentino protagonismo de los codos; antes que las manos -inspiradoras de tanta poesía- tuvieran que convertirse en guardianas de la higiene, resignando la tersura y los perfumes a la aspereza del alcohol en demasía; antes que el miedo se asomara en cada puerta; que se fregaran las bananas y las botellas con frenesí y que cada bolsa nueva fuera indefectiblemente rociada antes de entrar al hogar. Antes, mucho antes que una corona nos hermanara a hombres y mujeres de todas las latitudes en un mismo pavor: perder la vida a causa de un virus.

Quería regresar a ese viernes de febrero cuando en el Parque Avellaneda, en una mesa larga de un bar con pésima acústica, comenzaba a escribirse con tinta indeleble una historia. La nuestra.

Cuando un puñado de viejas, a los gritos, nos presentábamos, nos conocíamos -respondiendo a la convocatoria de Gabriela Cerrutti- y nos reconocíamos en algún retacito de las presentaciones de cada una.

Y también quiero irme al viernes siguiente, cuando reunidas en el Sindicato de Amas de Casa -que tan generosamente nos prestaba su sede- sentadas en círculo, contábamos a borbotones la catervada de proyectos colectivos, nos organizábamos en grupos de trabajo, designábamos responsables, nos dábamos tareas para la casa, nos contagiábamos el entusiasmo y en apenas dos o tres juntadas y casi sin darnos cuenta, paríamos el objetivo: constituirnos formalmente como “la filial Tucumán” de La Revolución de Las Viejas.

Y quería situarme nuevamente en la tercera vez que nos vimos, un domingo mágico de intenso calor -como a los que nos tiene acostumbrados el verano tucumano y al que para poder salir debemos matar con la indiferencia-. Esa tarde oprobiosa, bajo la sombra generosa del San Antonio enfrente del cementerio cuando nos encontramos para ensayar la canción que habían compuesto para nosotras las queridas Martita y Maru. Cada una con su “partitura” y todas presas de una alegría y un desenfado adolescentes le garroneábamos la batucada al grupo que se alistaba en el árbol de al lado. Algunas nos veíamos por primera vez, ¿pero a quién le importaba?

Como nadie reparaba en que muchas no imaginábamos que ese inolvidable 8 de marzo, el histórico piletón del Parque -convertido en anfiteatro popular y lugar de encuentro obligado de la movida cultural de Tucumán- repleto de ruido, color, alegría y juventud nos iba a ovacionar de pie por la audacia de presentarnos entre las luces del escenario. Encendidas, empoderadas y apenas con una hora de ensayo. Y mucho menos sabíamos que ese ambiente y nuestra emoción, nos iban a atar a todas y para siempre con los hilos rojos de la leyenda japonesa y con los pañuelos plateados de la leyenda tucumana.

El 24 de marzo iba a ser nuestro debut en las calles. Era una fecha esperada por todas, y ya veníamos muy brotadas por el complejo de famosas que nos agarrara por el resonante éxito de nuestro coro en el Día de la Mujer. Los días previos el grupo de guasap no paraba de sonar con ideas que se atropellaban en simultáneo colmando la memoria de los celulares -porque la del pueblo no se colmará jamás- mientras haya una sola plazoleta en la Argentina profunda reclamando por la memoria, por la verdad y por la justicia-

Pero llegó…Finalmente llegó un bichito tan invisible como dañino a cambiar los planes de todos los seres humanos de cada rincón del planeta. A poner patas para arriba las emociones, a congelar los proyectos, a detener los sueños y a invisibilizar el futuro. Un bichito que parece haber llegado para quedarse durante un tiempo largo, engordando los miedos y escondiendo la esperanza. Ese bicho que no nos permitió por unos meses que veamos más allá del presente pero que con el paso del tiempo la va dejando reaparecer a la ilusión.

Y las viejas queremos que nos vean, no estamos escondidas, sólo estamos a resguardo. Porque estamos guarecidas en la virtualidad de un grupo de guasap que nos ampara, nos cobija y nos consuela. Y seguimos construyendo futuro, comprometidas con la realidad que nos toca vivir. Y seguimos contribuyendo a la lucha por una Patria más justa, más soberana y más igualitaria. Y seguimos queriendo elegir cómo vivir y cómo morir porque seguimos soñando y enredándonos en las ganas incontenibles de fundirnos en ese apapacho tan demorado. Ya falta menos.

¡Y cómo nos gusta  pensar en el reencuentro!…