“Tristeza não tem fim
Felicidade sim …”

                                                                                                          La Felicidade

Antoni Carlos Jobim

pot Carlos Resio

Me acerco al mostrador y me resigno a pagar cuatrocientos mangos por un pollo asado con polenta ya cansado 3 días de arroz, fideos, “feijâo” y verdura en mis gasoleras vacaciones en el sur brasileño. A mi lado, un jubilado nativo  se queja amargamente por tener que reducir su porción de “peixe a doré” porque no le alcanza mientras su esposa me mira resignada. Nos sentamos a esperar nuestros pedidos y la señora me pregunta si soy argentino; Eva Perón, me dice, gran mujer respondo. Y sigue, lástima que se robaron todo, ustedes si que están mal dice la señora. Fin del diálogo, que les caiga bien el “peixe” pienso yo, después me arrepiento del mal pensamiento, el discurso tiene penetración global.

Atrás quedó el tiempo en el que los vendedores ambulantes de la playa me contaban que por fin tenían acceso a estudios universitarios, algo que sus padres ni siquiera soñaron. La nueva realidad les permite a mis habituales vecinos de piso, pequeña muestra de clase media riograndense, hablar desinhibidamente contra Lula y Dilma y decir que Mesias Jair Bolsonaro es solo un recurso para deshacerse del “populismo comunista que nos estaba arruinando” quizá les tranquiliza la conciencia de haber votado semejante personaje. Hasta llegué a escuchar en distintas charlas que la integración del gabinete con militares era la garantía de que el gobierno de “aquele maluco” no se desvíe, incluso que podrían asumir el mando en cuanto sea necesario.

Las similitudes con lo que se vive en Argentina son notables. El boom de la soja se reflejó en una explosión inmobiliaria en la costa de Río Grande do Sul, miles de brasileños invirtieron en coquetos departamentos y casas en estrafalarios y desproporcionados barrios cerrados a pocos kilómetros de sus ciudades y sus vacaciones veraniegas sumaron las escapadas de fin de semana durante todo el año; automóviles estacionados hasta en las ochavas; charlas sobre viajes al exterior y otras delicias de los últimos tiempos. De lo que pasa fuera de ese microcosmos, ni una palabra. Ni de pérdida de derechos de las clases populares, la via libre a la deforestación, la liberación del uso de armas de fuego, las nenas de rosa y los nenes de celeste; no es su problema, por ahora.

Por primera vez, después de muchas visitas a Brasil, me sentí incómodo, pero también me siento incómodo en la Argentina de hoy y si no fuera porque me reconozco en los compañeros con los que codo con codo estamos dando pelea por revertir esta realidad que nos asfixia y abrir la puerta a una recuperación, se me haría insoportable. Los puntos en común que nos unen con Brasil también son los que nos separan, este nuevo escenario le quita espacio a la idea de unidad sudamericana y aquel aire fresco de fraternidad ya no es tan transparente, no está presente.

Mi experiencia es una pequeña muestra y no puedo asegurar que sea representativa pero estoy seguro de que lo que sentí fue un palpable cambio, un oscurecimiento, un enrarecimiento y me animo a decir que esto es apenas el temible comienzo. Ningún esfuerzo para detener este sombrío proceso será demasiado.