por Ivy Cángaro

En una suerte de viaje al peor pasado, y sin haber elegido ese destino, tuve que compartir durante nueve horas – junto a decenas de personas- un mismo espacio con un genocida juzgado y condenado por delitos de lesa humanidad. Se trata de Julio Manuel Méndez, quien puso a disposición su quinta en Tandil para que allí funcione un centro clandestino de represión, en donde fue torturado y asesinado Carlos Moreno, abogado laboralista de Olavarría. El criminal, que goza –supuestamente-  de prisión domiciliaria, viajó de Buenos Aires a Tandil en una empresa de línea, con la arrogancia de saberse impune, muy lejos de la cárcel que por derecho, merece.

Subí al micro de la empresa El Cóndor-La Estrella a las 13.45 del jueves 1 de marzo de 2018. Me ubiqué en mi asiento, el 42, el último del primer piso. Venía cargada de bolsas con libros (por cincuenta pesos había comprado el día anterior, en una librería de calle Corrientes, “El Osario de la Rebeldía” –la investigación de Enrique Vázquez acerca de los asesinados en Campo de Mayo durante la dictadura cívico-militar) y la revista “Contraeditorial”. Antes de que arranque el coche, y sin mirar quienes subían al mismo, me sumergí en la lectura del reportaje en prisión al “Chino” Zaninni, en el que queda claramente expuesto lo absurdo de su encarcelamiento sin causa, sin proceso, sin juicio, sin condena. Una suerte de prisión al voleo, ejemplificadora, amenazante para el resto que, por puro azar –parece- estamos fuera de las rejas. Como en la noche oscura, como en ese tiempo que algunos añoran. Como cuando Julio Manuel Méndez era uno de los capitostes de mi pueblo, Tandil. Pero en ese momento no pensé en él, eso vino después. Solo un rato después.

Un par de kilómetros antes de llegar a Ezeiza, el coche paró a la vera de la ruta, en un paraje en el que solo había una gomería destartalada y al lado, una parrilla al paso que, aunque estaba cerrada, tenía mesas y sillas afuera. Lo de siempre, lo que se repite en casi todos los viajes: se rompió el coche, hay que esperar que venga otro. Y la mansedumbre de un pasaje acostumbrado a esos maltratos, y resignado a que sea el único medio de transporte que une Capital con Tandil desde que la gobernadora Vidal decidió cerrar el tren, que costaba la mitad y cumplía el servicio a la perfección y con puntualidad inglesa. Tres de la tarde, el ómnibus parado, sin aire acondicionado y con una sensación térmica de cuarenta grados en esa caja de lata, los viajeros empezamos a bajar en busca de aire y distracción. Nos fuimos ubicando en las sillas vacías del chiringuito. A esperar. Y cuando una espera, mira en derredor. Y ahí lo ví. Dudé. Sería Julio Méndez? Y como en una película, vi pasar la historia que en su momento seguí por los diarios, y que luego conocí de boca de algunas de sus víctimas.

Carlos “el Negro” Moreno fue un abogado laboralista de Olavarría. Representaba a los obreros de Loma Negra, empresa por entonces bajo el mando de Amalia Lacroze de Fortabat. Moreno fue secuestrado el 29 de abril de 1977 en Olavarría. Durante cuatro días fue interrogado y torturado en la chacra de Méndez. Del mismo Méndez que ahora viajaba en un micro un par de asientos más allá del mío. El que prestó su quinta para que allí funcione un centro clandestino de detención, el mismo sitio al que asistí para su señalización en 2013. El texto de la sentencia en la primera causa por delitos de lesa humanidad que se ofició en Tandil, dice así:

“…quedó demostrado que a Moreno lo secuestraron el 29 de abril de 1977 a punta de pistola en Olavarría y lo llevaron a Tandil. Que permaneció en cautiverio hasta el 3 de mayo en la chacra de Julio Méndez y de su hermano Emilio. Lo sometieron a picana eléctrica e interrogatorios en condiciones deplorables. El 3 de mayo de 1977 logró escaparse a una chacra lindera, con saco y sin camisa, con los zapatos en la mano y el dedo gordo del pie lastimado e infectado, con magulladuras en la espalda y en el cuello. Lo encontró uno de sus secuestradores que lo recuperó a los tiros. Moreno logró escapar otra vez, pero fue recapturado y llevado a lo de Méndez. Ese día, 3 de mayo, en total estado de indefensión, Moreno recibió por lo menos un disparo en el pecho a corta distancia, lo que provocó su muerte”

Por estos hechos, los jueces del Tribunal Oral Roberto Falcone, Mario Portela y Néstor Parra emitieron un fallo por unanimidad en el que condenaron a prisión perpetua a los coroneles retirados Julio Tommasi y Roque Pappalardo y al suboficial José Luis Ojeda por la privación de la libertad, tormentos agravados y el homicidio del abogado. El fallo, sin embargo, fue un avance por otras varias razones. Los jueces condenaron por primera vez a dos civiles: los hermanos Emilio y Julio Méndez, que cedieron su chacra como centro clandestino, a quince y once años de prisión.

Julio Méndez, entonces, fue a prisión por primera vez. Él, que hasta meses antes era habitué de los lugares más selectos de la flor y nata pueblerina, el terrateniente y banquero que se creyó dueño del bien y del mal, en 2012 conoció la caída, aunque no la oscuridad. Siempre fue oscuro, solo que ahora caído en desgracia. Pero tipos como él, inconmovibles, saben que la justicia es una taba que gira en el aire. Y tranquilo, esperó. Un año después cumpliría setenta. Y llegado el momento, apeló a su salud y sus contactos, y logró lo que pocos en otras condiciones: la prisión domiciliaria. Un año en cana, y a casa. O a viajar, o a lo que se le cante, total hay viento a favor y vuelve la complicidad de los civiles en el horror y el silencio.

Y bajo ese sol tremendo del primer día de marzo, lo miré, y volví a mirarlo. Nunca lo había visto en persona pero la mirada de un asesino es como una marca en el orillo. Se ve más allá de lo que muestra. Se ve. Tres horas tuve de vacilación. Sería? Y si no era? Solo lo conocía por fotos de diarios y desde entonces pasaron seis años. Los ojos negros de Matías Moreno, el hijo de Carlos, un luchador de los derechos humanos, me conminaban a buscar la verdad. El tiempo, el páramo, la espera, y la tecnología me dieron la respuesta: le tomé fotos.

Cuando volví a Tandil las envié a la Justicia. Efectivamente, quien viajaba en el asiento 21 de la empresa El Cóndor-La Estrella que partió de Retiro el jueves 1 de marzo de 2018 a las 13:45 era Julio Méndez, acompañado de su esposa y un amigo. Quien tendría que estar preso, y goza de prisión domiciliaria, además viaja como un pasajero más, impune, libre, desafiante, oscuro. Compartiendo tiempo y espacio con decenas de personas que no saben que ese viejito del asiento de al lado es un criminal. Un asqueroso viaje en el tiempo que nadie quiere transitar, pero que vuelve. Un lobo suelto, mientras leo una nota acerca de un cordero atado.