por Julio Bulacio*

“Hemos pasado

de la lucha de clases a los sueldos

Y así pasando,

Hemos dejado atrás el porvenir

(…)

Aún quedan sueños

acorde con los años y los tiempos

Nos toca ser sensatos

Paxi Andión, “Melancolía”

La película: una experiencia excepcional como clave

El 21 de noviembre se proyectó la avant première de la película “Los 120, la brigada del café, cuando el amor entre los pueblos pudo más que la guerra.”

La presentación estuvo a cargo de uno de los mentores y protagonistas, quien destacó que en el año 2003, se habían encontrado la generación de los setenta y la del 2001, pero que por distintas vicisitudes la del 80, la de Malvinas, había quedado en el olvido, desvalorizada. La película, a través de una experiencia “micro” pero significativa pretendía comenzar a rescatar y revalorizar.

Tomando ese guante de repensar el lugar de esa generación, primero precisaré el concepto que utilizaré. Karl Mannheim definió como pertenecientes a una misma generación a quienes están insertos en un mismo período de tiempo y tienen “una potencial participación en sucesos y vivencias comunes y vinculadas”, es decir coincidencia de fechas de nacimiento pero también de ámbito socio histórico y participación activa en un destino común.

La película pretende reubicar entre esas dos generaciones, el itinerario de la de los ochenta, a través de una experiencia fuerte, la de 120 jóvenes que – cuentan – fueron, en 1985, a “cortar café” en solidaridad con La Revolución Sandinista (19 de julio de 1979), en un contexto adverso: la “contra”, financiada por EEUU, impulsaba la guerra para ahogar la revolución “Nica”, el alfonsinismo en el gobierno la miraba de forma negativa y la prensa nativa atacaba de forma macartista la apuesta.

El relato se construye en la superposición de dos tiempos: cuatro brigadistas que viajaron en el año 1985 y se reencuentran en el 2016, rememoran y deciden volver a Nicaragua, la tierra que los “parió de nuevo”, según nos dicen. Imágenes de aquella Brigada en el aeropuerto de Ezeiza, junto a sus familias, preocupadas todas y algunas orgullosas, en la despedida. Luego el arribo a Managua, tierra de revolución y poetas, el viaje en camión a Matagalpa, para luego ir superponiendo las imágenes del mismo recorrido que harán elles mismes 31 años después. Encuentros con sus antiguos referentes sandinistas en Managua, viaje en camión, el recorrido por la UPE (Unidad Productiva del Estado), ahora en manos privadas (francesas), la “covacha” que los albergó… Fotos, recuerdos, sensaciones, intercambios, alegrías, llantos… Y así el aporte para pensar la Historia de una generación “olvidada” será la experiencia vital de cuatro individues que estuvieron pero, que en el relato, no explicitan con claridad como parte de qué colectivo lo hicieron. A veces, hasta podría quedar la sensación de que fue por decisión individual o fortuita, o que resulta indistinto para entender(les). Se menciona que eran parte de una organización, aunque se debe inferir cuál es (¡sólo se la menciona al pasar!) y tampoco se sabe bien por qué la misma tomó tamaña decisión, en un contexto que muestran como tan altamente riesgosos para la organización y para elles.

Se superponen partes emotivas, con algunos datos de contexto como el frente antidictatorial del MoJuPo (Movimiento de Juventudes Políticas), el aún vigente poder militar, la lucha por los DDHH junto a reflexiones significativas pero que no son el eje de la película: el planteo de “Chicho” sobre el significado de la revolución sandinista en esa generación, la reflexión de un “Nica” acerca de la formación de los cuadros en lucha concreta contra el imperialismo, la importancia de la puesta a prueba del militante en la adversidad, casi como el refrán criollo “sostener con el cuero lo que se dice con el pico”… O el hermoso relato leído a cuatro voces sobre la montaña que los parió…

Sin embargo digamos – si de pensar a la generación del ochenta, desde una historia “micro” se trata – que en el ingreso de una generación a la Historia hay trayectos, hilos conductores que, al no mencionarse, corren el riesgo de quedar presos del presente inmediato o la memoria siempre selectiva de eses “jóvenes de ayer”.

En ese sentido me obligo a precisar el trayecto: les protagonistas de la película eran parte de esa generación “olvidada” pero, más precisa y acotadamente, eran miembres de la generación del ochenta de la Federación Juvenil Comunista (FJC), que tiene su propia historicidad dentro de aquel conjunto. De hecho, corresponde señalar, que el primer reconocimiento formal de su existencia fue en el año 1982 cuando sonó en un Luna Park repleto la voz potente de Patricio Echegaray diciéndole a la “Fede”: “somos la generación del Cordobazo y las Malvinas”. La presentó como síntesis a construir entre la experiencia de lucha de calles y clases junto a la novedad de un antimperialismo a flor de piel, dejado por la guerra. En su discurso consideraba que no se había producido una derrota estratégica con la Dictadura, sino un retroceso, un impasse, al que se retomaba en su punto más alto. Y esa caracterización fue recogida como legado.

La generación de El Cordobazo.

Somos de la gloriosa juventud Argentina /

la que hizo el cordobazo /

la que peleó en Malvinas/

A pesar de los golpes y nuestros caídos/

la tortura y el miedo, los desaparecidos/

No nos han vencido…

Agosti, sin desconocer la raíz clasista del problema, señalaba que “cada generación entra en una sociedad preexistente, en cuya elaboración no ha intervenido y que frecuentemente le es hostil”. Y por lo tanto llega a la Historia con sus propias preguntas y búsquedas.

Y así, cuando pensamos la generación de los setenta tomamos como referencia la “acumulación político cultural” de los sesenta, marcada por un proceso de reflexión y politización en donde el creciente antiliberalismo iba mutando en antimperialismo al calor del “deshielo” stalinista, los procesos de descolonización de Asia y África y la Cuba de Fidel y el Che.

El ciclo de la resistencia y el ascenso de masas fue transformando todo acto humano en político: el Cordobazo fue el punto más alto en el que hizo su aparición la generación del setenta. La represión y la cárcel marcando los cuerpos y las mentes. La política es totalizadora: la revolución es la libertad y las palabras en la acción (vía armada o no, siempre violenta) toman significado real: el imperialismo estaba expresado en la penetración de las multinacionales, la “oligarquía” en los dueños de la tierra, y la “solución”, sacarles el poder real: expropiación de las empresas, reforma agraria, estatización del comercio exterior y la Banca. No eran consignas, era un programa con enemigos a ser destruidos en sus bases. Y un sujeto, el pueblo, hegemonizado por la clase obrera: “El hombre del mameluco”.

Si Cuba puso en debate “el arma de la razón o la razón de las armas”, este era el momento. Pero esa generación fue fogueada, preparada en la lucha de calles, en la clandestinidad, en la cárcel como escuela de cuadros: la política era la totalidad y era un riesgo. Ergo, cabeza y corazón, porque se juega la vida. Tal vez de ahí un título “La voluntad”, no necesariamente voluntarismo. De la acumulación teórica de los sesenta al despliegue político de los setenta, que fue acción aunque también situó los debates en torno al peronismo, las vías, la dialéctica reforma /revolución pero que lo hizo siempre sosteniendo que la radicalización del programa era inevitable y el “desarrollismo” era la estrategia del enemigo, del imperialismo, como lo había denunciado el Che.

La crisis del sistema de dominación, fue resuelta con la “contrarrevolución preventiva” que se inició con el regreso de Perón, agudizó en el 74 para la ofensiva final en el 76: “el gran tajo”. De ese dolor y de aquella derrota – que aún no se vislumbraba como estratégica, insisto – junto a la Guerra, irrumpió la nueva generación, la de Malvinas, marcada por la revolución sandinista y la “oleada revolucionaria” que incendiaba a Centroamérica, el nacimiento del PT en Brasil, y en Argentina, por lo que cerraba y abría esa guerra que mostraba al imperialismo en “carne viva”. La resistencia a la dictadura, ya en 1981, mostró alguna recomposición tanto en el movimiento obrero, como barrial y estudiantil que se aceleró y condensó en la huelga de la CGT del 30 de marzo de 1982, para que finalmente la derrota militar en Malvinas marcara la apertura política de hecho. La dictadura se desintegraba, no era derrotada por las acciones de masas (no es un dato menor). Igual se vivía una fuerte voluntad de intervención en la realidad: la vuelta de la política como discusión sobre el tipo de sociedad a construir, para quién, con quienes y contra quién.

Pero esa generación también había sido “preformateada” por la Dictadura que no tuvo hacia la juventud una política reducida a la represión, sino también otra productiva, gestando un nuevo tipo de joven para que – como dijo Massera – no sean más necesarios los golpes de estado porque la nueva generación pensaría como ellos quisieron que pensaran. Y efectivamente esa generación nacía a la política encorsetada de posibilismo, de la democracia “sin adjetivos”, y a la que rápidamente se le fue subsumiendo el concepto pueblo por el de “la gente”.

Es en esa constelación que toma cuerpo la historicidad de la Fede de los ochenta que arribó a Malvinas como la principal fuerza juvenil de la izquierda marxista, que motorizó el antedicho MoJuPo, que estaba articulando protagónicamente los pro- centros de estudiantes universitarios y terciarios, que impulsó y ganó la presidencia de la naciente FES (Federación de Estudiantes Secundarios) pero también era el Partido que propugnó la “convergencia cívico militar” primero y el “perocomunismo” que concluyó en el apoyo electoral a la derecha expresada en Lúder, que propiciaba la amnistía de los militares, y a la Burocracia Sindical “moderada” para “recuperar” los sindicatos. En la práctica un giro a la derecha de su propio programa agrario y antimperialista, pero tal vez coherente con la alianza estratégica con la burguesía nacional y “acompañar la experiencia de las masas peronistas”.

El nacimiento de la generación de las Brigadas…

La política de DDHH del Partido Comunista sintetizada en el reclamo de “esclarecimiento de la situación de los desaparecidos”, junto al posicionamiento contra el ala “pinochetista” de las FFAA, diferenciándolos de los “moderados”, tensionará la conciencia de esa nueva generación de comunistas.

En esa situación, la iniciativa política de crear las Brigadas realizada por la dirección de la FJC apoyada por algunos miembros de la dirección del Partido tal vez deba ser leída como una apuesta no explicitada de dotar a la nueva generación comunista de una nueva identidad política que alivianara inicialmente aquella pesada mochila, permitiese una relectura de su propia historia y creara condiciones de posibilidad para una nueva subjetividad marcada por una revolución latinoamericana. Más aun, fueron las Brigadas junto al Acto de homenaje al Che en Rosario y la creación del Frente del Pueblo, parte de una decisión – claramente sopesada – que operó de bisagra hacia el viraje del XVI Congreso del PCA en 1986, en el marco del desprestigio de la vieja dirección partidaria, aquella Centroamérica revolucionarizada y la apertura que creaba la aún incierta Perestroika.

Es cierto – como dice Chicho – que la revolución Nica era “nuestra revolución”, como la Cubana lo había sido de la de los sesenta/setenta. Y posiblemente para la dirección de la FJC era también el parteaguas que podría dotar a la juventud comunista de una musculatura y voluntad de poder necesaria para combatir al posibilismo dominante e ingresar a la Historia por la puerta grande.

Honestamente considero que cualquier joven comunista no fue le misme antes, durante ni después de ese XVI Congreso, y que es con esa nueva subjetividad en construcción con la que marcharon a la tierra de Sandino: eso era también parte del nuevo nacimiento.

Esa generación comunista fue la que partió a tareas internacionalistas – no solamente solidarias -, despedida por Rodolfo Ghioldi y amadrinada por Fanny Edelman. El PC recuperaba así su propia Historia olvidada en los anales oficiales. Brigadista internacionalista y combatiente, el primero, en la Columna Prestes, y brigadista e internacionalista la segunda, en la República Española.

Sin pretender historizar aquí el XVI Congreso es claro que los pilares del mismo ya eran parte de un debate moderadamente abierto en la organización desde el año 1984.

En un sentido el relato de les cuatro brigadistas, formados por aquellas tensiones está velado en la historia narrada. Y más allá de la respetable decisión estética es importante registrar que por ser parte de esa Historia comunista, les brigadistas fueron golpeados de una manera especial por la “caída del muro” y de la URSS, junto a las diferentes fracturas que fueron desmembrando a la otrora organización monolítica. Este es el sentido de que elles, como miembros de esa generación, reivindiquen ese pasado y sigan apostando al “pensamiento crítico”, no se hayan “vendido al enemigo”, sean portadores de valores compartidos, personas para quienes las palabras igualdad, justicia siguen teniendo sentido y – sobre todo – sigan luchando por eso, no es poco. Es mucho, luego de la trituradora de conciencias que fue la derrota y la ofensiva del capital en los noventa.

Pero la tensión que vivió aquella generación comunista no está presente y aparece linealmente “saldada” en las definiciones presentes que no ocultan: un cuadro de Néstor Kirchner y Cristina Fernández los torna omnipresentes en el relato.

Por eso el presente encierra un balance del pasado y oscurece el aporte. La decisión política de la directora y guionista de reducir la historicidad a quienes marcharon en la Brigada, logra que hasta quede prácticamente negado uno de sus actores principales: la voz de quienes decidieron tamaña apuesta política. Athos Fava, Secretario General del PCA es visto en un discurso, y lo presentan en un escueto epígrafe; el Secretario General de la FJC e indudable impulsor de la iniciativa, Patricio Echegaray aparece en un reportaje “mudo”, no tiene siquiera un panel que de cuenta de quién era; el único nombre que está es el de Jorge Garra citado en un diario…

Uno de los relatos más logrados de la película es cuando les brigadistas afrontan una posibilidad de ataque real de la “Contra” a la UPE: los negros nubarrones nos transportan casi automáticamente a aquel himno de la guerra civil española “A las Barricadas” como parte de sus sensaciones, justos miedos, decisiones….

Ahora bien, la brigada y les brigadistas fueron parte de una apuesta estratégica de un partido en la formación de sus cuadros y de su proyecto, no solo un gesto “de amor entre los pueblos”. No se trataba de que – parafraseando a “Tango Feroz – “el amor fuese más fuerte que la guerra” sino de formar cuadros para la guerra, ponerlos “Cerca de la revolución” para, en definitiva, poder ser parte protagónica en la revolución social “por venir” y, para ello, era necesario ese Qué hacer (Lenin dixit). Por eso sorprende que en estos años cuando todo es público (para bien o para mal) se insista en la “batalla de la producción” y “fuimos a cortar café”, sin mencionar que desde esas Brigadas partieron a combatir a El Salvador, Marcelo Feito junto a 15 comunistas más, resulta cuando menos “lavado”.

Me da para pensar que esas amputaciones históricas en el relato y el rescate que realiza “Los 120…” tal vez nos aproxime a una explicación al por qué de esa generación “ausente”.

De generaciones…

El hecho más significativo que vivió esa generación de militantes y dirigentes comunistas – hasta el desmembramiento del “socialismo real” – fue indudablemente el XVI Congreso del PCA, en el año 1986. El mismo fue hegemonizado por un sector de la cuarta generación comunista, la del “Cordobazo” y tuvo como su sector más dinámico a la de “Malvinas”, apoyado indudablemente por un sector de la “vieja guardia” comunista.

No es el objetivo de este trabajo la Historia de dicho Congreso pero si resulta necesario plantear algunas claves para objetivar el significado (y no hago aquí juicio de valor sobre el mismo): primero, autocrítica pública respecto a la política frente a la dictadura militar (“desviacionismo oportunista de derecha”, se escribió), segundo, la metodología en el plano organizativo (denuncia del “ordeno y mando”), tercero y central la inviabilidad de trazar alianzas con fracciones de la burguesía nacional, pasando a caracterizar a la revolución necesaria (y por lo tanto posible) como antimperialista y anticapitalista ininterrumpida y, finalmente proponer una nueva herramienta a construir: la “unidad de los revolucionarios”, reconociendo como tales a las distintas vertientes de la tradición de izquierda marxista y dentro del peronismo únicamente al sector plebeyo y herético. Todo marcado a fuego por recuperar e instalar la voluntad de poder… “Luchando, creando poder popular” fue la consigna y el norte.

A esto se sumaron las lecturas que acercaba la naciente editorial “Antarca”, dirigida por Lozza, que publicaba libros como Atentado a Pinochet, habla el FPMR o Estrategia y táctica en Lenin, de la antes despreciada Marta Harnecker, y de la editorial “Dialéctica”, El Che y los Argentinos, de Claudia Korol, junto a una profusa difusión de la bibliografía sobre la revolución sandinista, salvadoreña, etc.

Además de desempolvar viejos faros ocultados y olvidados: contra cualquier “objetivismo a “espera de las condiciones objetivas” y para revalorizar al “factor subjetivo” apareció el Che. Para recuperar “el mito de la revolución” para que sea “creación heroica” y latinoamericana, Mariátegui. Para desanquilosar al marxismo preso del reduccionismo, del economicismo, y denunciar/autocriticar a las “vanguardias autoproclamadas”, Gramsci.

En ese sentido, pensemos el cimbronazo primero y la tensión después que vivió esa generación. Tuvo que reelaborar la visión de la revolución “etapista” democrática y antimperialista hacia el socialismo, a la revolución ininterrumpida; de la alianza con las fracciones de la burguesía “progresista” a su desprecio; del trotkismo como “enemigo” a la unidad de los revolucionarios; de la autodefensa de masas a prácticas insurreccionales y ofensiva en la lucha callejera; de las Escuelas en la URSS y Alemania Democrática a la participación en la escuela de cuadros que daba el Partido Comunista Cubano… Fue esa generación de comunistas la que abrazó con entusiasmo ese redespertar de la tensión revolucionaria y que se proponía hegemonizar, en un sentido gramsciano, a la de Malvinas, la del 80.

Pero la generación del 80 en aquel primer sentido que quiso imprimirle Patricio Echegaray en el discurso del Luna Park, no fue una nueva síntesis. Inicialmente ese mandato la transformó en nostalgiosa, cantando las mismas consignas de los predecesores, sin atisbar el carácter estratégico de la derrota sufrida: éra (mos) calco, no creación heroica (Mariátegui dixit). Luego, cuando el viraje aportó un nuevo marco teórico de referencia que permitiese comprender para transformar, llegó la ofensiva del capitalismo en su fase posfordista, neoliberal acompañado por el fracaso (o el éxito) de la Perestroika con la caída del “socialismo real”, la propia “desmalvinización” y concluye en la derrota electoral del FSLN en Nicaragua con “piñata” incluida. Todo agudizó, en aquella transición de subjetividades y apuestas, una crisis que irrumpió en variadas formas afuera y adentro de la organización.

La lectura de aquella experiencia que se hace en Los 120… resulta en ese sentido clarificadora: una parte de la generación del ochenta mutó en cínica, absorbida por el individualismo de los noventa (carrerismo de la realpolitik incluido) propugnado en su tiempo por el masserismo. Es claro que no fue el caso de les protagonistas, quienes en su despliegue adoptaron la tesitura de hacer lo posible (capitalismo serio, evitar sus rasgos más salvajes, discurso “inclusivo” etc.) como aporte para que la justicia real, lo necesario llegase luego. Por eso – ya en el proceso de diáspora – muchos consideraron justo ser parte de experiencias “antineoliberales” en distintas variantes como la del Frepaso, Frente Grande, Alianza, etc. hasta “coronar” en el Kirchnerismo. En un punto, habría que pensar si ese retorno a la vieja tradición comunista de la revolución por etapas, la democracia electoral como el camino para obtener las transformaciones, la relativización del estado como aparato burocrático militar del estado burgués, o aquel acercamiento al peronismo “tal cual es”, no dejó manca a esa generación comunista que ya no era parte del otrora potente aparato del PCA previraje ni pudo desplegar los aportes ciertamente novedosos para los tiempos que venían. Por eso tal vez no pudo ser un aporte significativo para la generación que estaba llamada a reconocerlos como “maestros, a no condenarlos al olvido.

Paréntesis sobre la generación del 2001

Cuando uno intenta aproximarse a la denominada generación del 2001, la analiza como una respuesta a la ofensiva capitalista: las transformaciones estructurales del posfordismo, el desmembramiento del entretejido social, el nuevo perfil social hedonista e individualista del “neoliberalismo”, y un mundo unipolar (La nueva roma, del Indio Solari). La resistencia a esa ofensiva fue fragmentaria y en la mayoría de los casos derrotada. Sin embargo, hubo pasos: la conformación del Congreso de Trabajadores Argentinos, la Plaza del No, el Santiagueñazo, hasta que tomó cuerpo el movimiento piquetero, las asambleas barriales o la denuncia a los genocidas libres. Todas fueron formas de acción colectiva que se caracterizaron por la participación asamblearia, la horizontalidad en la toma de decisiones y la acción directa (cortes de ruta, escarches a genocidas, etc.) e inicialmente con ciertas actitudes de desprecio por “la política tradicional” (que se vayan todos!) pero también por las estructuras organizativas y prácticas políticas de la “izquierda tradicional” hasta ese momento incuestionadas: el sectarismo, el hegemonismo y el dogmatismo fueron interpelados. Tampoco la militancia era concebida – paradójicamente – como un riesgo de vida ni de cárcel y la política no abarcaba la totalidad de esa vida: uno podía llegar a desdoblarse entre militancia, consumo y aspiraciones individuales, incluso materiales.

No toda generación logra ocupar su lugar en la Historia, muchas quedan truncas antes de la largada. La del 2001 está poniéndose a prueba. Junto a aquellos valores que recogen lo mejor de un “hilo rojo”, la cotidaneidad con las redes puede haber naturalizado relaciones de dominación – subterráneamente madurado en aquel individualismo de los noventa – que incluye la ansiedad “pequeñoburguesa”; su desprecio a la perspectiva de clase puede posibilitar la hegemonía cultural de la burguesía, sus referentes riques y exitoses, y hasta corruptes no siempre le producen dolor estomacal; la trituradora electoral les intenta acorralar en el pragmatismo. Pero es claro que quienes aún sueñan con la revolución se consideran “una generación sin maestres” e incluso ampliaron esos sueños a territorialidades antes impensados dentro de las transformaciones en las relaciones sociales, como la igualdad de género, o la propia lucha ecológica en tono muchas veces “anticapitalista” como estrategia.

De rojos y rosados

La del ochenta tal vez fue simplemente una generación comunista que sufrió en carne propia la terminación del “corto” siglo XX iniciado con la revolución rusa y a quienes los noventa los arrasó, dejando pocas huellas. O quizás la generación del ochenta fue finalmente absorbida por el sentido estructural de las “democracias de baja intensidad” que promovió y lograron los que mandan, cuyo proceso de concentración y extranjerización ininterrumpido los hizo mucho más poderosos ahora que cuando ella quiso abrazar la Historia. Quizá los noventa la reeducaron y luego de la crisis del 2001 adoptó – como les protagonistas de la película – una posición “realista” para hacer algo, buscar caminos posibles en un mundo claramente adverso…

O simplemente sea una generación fallida porque lo que aparecía como aportes sustantivos de un proyecto transformador, esa misma generación comunista de los 80 dejó de considerarlos como válidos y retomó aquellos valores hegemónicos en la denominada “transición democrática”, que en los ochenta había denunciado como “posibilistas” y para lo cual el viejo Partido Comunista los había preparado de la mano de ese gran educador “antiviraje” por cierto, que fue Oscar Arévalo.

El rojillo se hizo rosadito, naif. La Brigada del café José de San Martín en ese registro quedó descafeinada, inocente, no hace mal, no provoca dolor, sólo una sonrisa amable: un pasado sin rencor, con alegría afectiva, y reconocimiento pero como envoltorio ilustre, no como contenido en debate. La tensión de esa generación y sus decisiones quedaron ausentes. Podría pensarse que no aceptó lo que sí el Castelli de Andrés Rivera, para quien “La revolución es un sueño eterno”, pero para ello se debe aceptar que hay momentos en que se es “predicador en un desierto. Revolucionarios sin revolución”. Tal vez contentarse con relatos con sabor a nostalgia, replegar (nos) en nuestra actividad profesional o gremial con valores solidarios o hasta ser políticamente “progresistas”, parte del sentido común de la cultura “nacional y popular”, (no – como dice Gramsci – con capacidad de dirección en el bloque histórico), sea la explicación de una generación comunista cuyos aportes originales quedaron con razón o sin ella – en términos históricos – fallidos.

Fue una generación de sobrevivientes de un naufragio que llegó a la costa con lo que pudo, ató con alambre y trató de seguir. Pero cuando comprendió que aquella derrota había sido estratégica, y tuvo que afrontar la lenta tarea de un balance que llegase al hueso, reconstruir teorías y prácticas (¡la filosofía de la praxis!) que posibilitase transformar lo que lentamente se comenzaba a comprender, como indicaba la Tesis 11 de Feuerbach, resultó un alma inhábil para tamaña empresa.

La parcial y agradable mirada que la película transmite de esa fuerte experiencia generacional, por lo menos para la Fede, muestra la matriz teórica y política que dejó el balance de la mayoría de quienes protagonizaron esa Historia, con mayúscula. Y explica históricamente, parte de ese no lugar ocupado en el devenir: ni la voluntad y el sacrificio de los setenta, ni la radicalidad “antisistema” de Sydney.

Ninguna generación que aspira a que de “todes sea el pan y de todes las rosas” toma como “maestres” a quienes permitieron que sus teorías y prácticas se limiten a repetir los viejos esquemas que pretendieron superar para derrotar a las “democracias y capitalismos posibles”, paradigmas de la hegemonía burguesa en aquellos lejanos ochentas. Insisto, tal vez no fue una generación olvidada, sino esfumada, evaporada,…. Pasó, estuvo, existió, acompañó, intentó pero no pudo – lo que no es malo en sí mismo – dejar marcas originales. Hasta la “desmalvinización” le amputó los rasgos antiimperialistas explícitos, como política. Pero esa generación era parte dinámica de un Partido que – no casualmente – siguió el mismo itinerario que el de esa camada militante. Y en ese sentido el “olvido” en el recorrido generacional de la del 80 se explica también – pero solo en parte – por la trayectoria que adoptó la organización que los parió. Parafraseando a Trotsky se podría decir que el papel lo resiste todo, la Historia no.

*Fue Brigadista en Nicaragua en el año 1987 y es Profesor de Historia.

Fuente Revista Intersecciones