Por Carlos Resio

“¡Oiga don! ¿Quiere ganarse 200 pé? “… Parados en distintos lugares de la plaza 9 de julio de Posadas parecen ventrílocuos con cara de yo no fui cuando se los mira con desinterés después de su propuesta. Son reclutadores que ofrecen $200 a cambio de prestar su nombre para comprar dólares en la casa de cambio cercana para burlar la restricción que el gobierno nacional impuso el 28 de octubre último. La compra de los U$S100 se realiza a la cotización oficial y son vendidos en el paralelo o llevados ilegalmente a la vecina orilla paraguaya.

Nada nuevo bajo el sol. Con el corralito del período kirchnerista los “cambistas” depositaban pesos en la caja de ahorro del “socio reclutado” y extraían dólares a valor oficial (subsidiado) en Encarnación con su tarjeta de débito desde un cajero automático. No es más que una variedad del contrabando hormiga que desde siempre se da en nuestras fronteras.

El tráfico fronterizo, en ambos sentidos,  tiene múltiples caras y motivaciones. El descrito tráfico de divisas, las compras de productos de industria paraguaya y los que no, las drogas, las armas, la trata y hasta el tráfico de fauna. No es el mega contrabando que se describe en los grandes puertos. En algunos casos, además de violar la normativa que condena el contrabando, también cometen delitos graves y en todos los casos, los canales y mecanismos se confunden y lo mismo sirve para un televisor que para 10 kg. de marihuana.

La cultura fronteriza, desde hace siglos, encontró la forma de burlar los controles estatales y sirvió para que las poblaciones de ambos lados encontraran una forma de subsistencia. El tráfico de pacotilla que llevaba y traía productos de la tierra y de la rudimentaria industria regional entre Posadas y Encarnación se sigue realizando y aquellas “villenas” que solo transportaban pequeñas cantidades de verduras y alimentos como forma de subsistencia y para alimentar a sus hijos cometiendo pequeñas infracciones que merecían la vista gorda de los aduaneros se han convertido hoy en “paseras verdaderas”, “bagalleras”, “motoqueros”, “taxistas” y otras modalidades para el tráfico de variada mercadería según dijimos. En esta complejidad es que la consideración social naturaliza los mecanismos, generalmente corruptos, y parece no percibir las distintas implicancias de este tipo de procesos.

La coyuntura que impone el tipo de cambio determina el sentido del tráfico y produce filas de hasta 10 km para cruzar el puente hacia Encarnación o abarrota nuestros locales con compradores paraguayos. En esos momentos en que se produce un desequilibrio cambiario es cuando el comercio en un solo sentido perjudica a una u otra costa pero el contrabando y el comercio que provoca la salida de divisas no es un hecho natural que se produce inevitablemente sino que es parte de una idiosincrasia a veces auto destructiva. Los miles de calzados e indumentaria de fabricación brasileña, china o chilena que inundan los comercios cuasi informales de las “saladitas” de todo el país no solo perjudican a la industria local sino que ni siquiera tributan y estos pequeños comerciantes, a veces de subsistencia, alimentan un círculo vicioso que a la larga los perjudica.

Otro tema es el de quienes ambicionan acceder a productos tecnológicos sofisticados y de alto costo. En estos casos, compradores de todas las clases sociales utilizan los mecanismos descritos pagando a terceros para que realicen el cruce en la frontera. La diferencia de precio de uno y otro lado tienta y hace buscar auto justificaciones a que quienes optan por violar la norma y perjudicar a los comerciantes locales que pagan alquileres, sueldos e impuestos con los que el estado abona, muchas veces, sus propios salarios de empleado público “jerárquico”. “Si no lo traigo de otro lado no podría tener la tele de 40” me dice alguien con el mismo argumento de quien entra a una casa ajena para llevarse algo que de otra forma no podría tener.

Una larga cultura de frontera, controles venales, la falta de políticas efectivas y parte de una sociedad individualista y afecta a violar normas producen un fenómeno complejo que debería ocuparnos para separar la paja del trigo y lograr sociedades vecinas que se desarrollen armoniosamente, con provecho mutuo y sin ser instrumento para intereses contrarios a si mismas.