Por Sebastián Giménez*

Madera labrada en el centro cívico de Bariloche. Ciudad de artesanos, acuarela de la imaginación en la orilla de un lago de ensueños. Ciudad de juguete, ideal, casi principesca. Apartada como una efigie de los acontecimientos sociales. La pobreza, allá en los Altos de Bariloche que nadie ve. Ciudad juguete el centro cívico poblado de turistas y egresados. El aroma a chocolate caliente. El frío apenas templado por la primavera. El perro San Bernardo que contrasta con la fauna autóctona pero es tan funcional a los viajes de egresados. Ciudad de las fotos, de las postales que se guardan en álbumes familiares plagados de recuerdos y sonrisas. Y de repente, la cajita de cristal que se hace añicos.

El centro cívico ocupado por una manifestación. Caras cobrizas de los egresados de hace quinientos años de su propia tierra. Caras blancas que marchan también. Y  mestizas. Porque la solidaridad trasciende el color de la piel. La sangre es igual en todos. Y las ansias de verdad y justicia hermanan. No hay autopsias ni investigaciones que los convenzan que es una casualidad que los muertos siempre caen del mismo lado. Santiago Maldonado y Rafael Nahuel.

Pueblo mapuche en viaje de egresados de su propia tierra hace más de quinientos años. Egresados que luchan por volver. Rompiendo cajitas de cristal. De una ciudad que se cree blanca. Resistiendo la barbarie que algunos quieren llamar ley. Resurgiendo contra toda esperanza.  Por la tierra. Por la memoria. Por la verdad. Por la justicia.

*Lic. en Trabajo Social. Escritor