por Martín Kohan 

No diré aquí (no viene a cuento) cómo y por qué le fui tomando cariño a la calle Scalabrini Ortiz, no hablaré del Café de Hugo, no hablaré tampoco de Mill, no evocaré los paseos de compra con mi abuela, allá en la infancia, hilando negocios de lanas, esperando a que pasara el 15. Leí con admiración El hombre que está solo y espera; por eso y por mis impulsos de antiimperialismo, me complace que tenga el nombre que tiene: el de Raúl Scalabrini Ortiz.

Pero ese nombre, bien lo sabemos, fue puesto para tapar a otro: para tapar el de George Canning. Los viejos lo seguimos empleando (consta en “Las puertas del cielo”, de Julio Cortázar), y recordamos con nitidez las circunstancias del expeditivo reemplazo. La guerra de las Malvinas había pasado, y con derrota (una suerte, al fin de cuentas, porque así fue que la dictadura empezó a acabarse también). La estatua de George Canning, sita en plena Plaza Britania y a la vera de la Torre de los Ingleses, fue arrancada vehementemente y de cuajo; su nombre fue arrancado de igual modo, algo después, de la calle que lo evocaba. La plaza pasó a llamarse Fuerza Aérea Argentina. La calle, Scalabrini Ortiz. La Torre quedó en pie: quitarla habría sido un desperdicio.

La guerra de Malvinas, primero, y los goles de Maradona después (una épica cruenta y una épica incruenta, pero en definitiva dos épicas) afianzaron la identidad de un nosotros, no menos que la antinomia que la ratificaba en la adversión. Nosotros, los argentinos, los sucesores del gaucho Rivero; ellos, los piratas, los otros por definición (un héroe: el Rata Rattín, que atinó a limpiarse las manos con el banderín del imperio y osó sentarse, a continuación, en la alfombra de la reina nada menos; un traidor: Jorge Luis Borges, sus anglofilias, su cipayismo).

Lo que me atrae en la figura de Canning (de su estatua amputada en Retiro, de su nombre amputado de la calle y de las respectivas estaciones de subte) es que perturba y desestabiliza, que altera y desacomoda, ese reparto y ese corte: nosotros / ellos, que de por sí se quiere tan nítido, que se pretende tan manifiesto. Porque en el núcleo mismo de la constitución de un mito de origen para el nosotros de la identidad nacional (la Revolución de Mayo y las Guerras de la Independencia), ese otro por excelencia, los ingleses, no aparecen para nada como un otro, sino más bien como un aliado próximo, un respaldo o un sustento, casi integrado.

Una pirueta del relato (este relato, específicamente: el de la fábula de la identidad nacional) le suministra al “nosotros” esta memoria: la de haber tirado aceite hirviendo, la de haber lanzado baldazos de orina, al invasor inglés en 1806 y 1807. Pero ocurre que ese “nosotros” sería el “otro” de 1810, es decir, el dominio español, el imperio godo; como lo sería para José de San Martín y como lo sería todavía para la generación de 1837. Identidad y alteridad tanto se contraponen como se intersectan; fijan posiciones pero también se desplazan, mutan, se revierten, se reformulan. El principio de mismidad se carga así de alteridad; lo otro impregna y habita el nosotros, cuestionando sus ambiciones de esencia, horadando sus pretensiones de trascendencia inmutable.

Canning, nombre de calle y de estación, representa todo eso. Su borramiento urbano, en plena posguerra, algo tiene de abstracción territorial y algo tiene de alucinación cronológica: despojar de signos a un espacio, poner en otra frecuencia el tiempo (para una versión de abstracción territorial de las Malvinas, ver La construcciónde Carlos Godoy; para una versión de alucinación cronológica de la guerra, ver Mi pequeña guerra inútilde Pablo Farrés: dos librazos).

El retorno de ese nombre (en el sentido en que se habla del retorno de lo reprimido) o su persistencia en la ciudad, no pueden sino resultarnos decisivos, incluso sintomáticos. ¿A que me refiero? A la casa de “Electricidad Canning”, a la tintorería que no ha dejado de llamarse “Nueva Canning” o a la leyenda “Garage Canning” que perdura en la parte alta de un edificio que ya hace tiempo ha dejado de ser un garage. O a la reaparición del nombre “Canning” en la estación del subte B, agregado ahora a los de Malabia y Osvaldo Pugliese, en la recuperación del viejo azulejado que subyacía a los carteles plásticos.

Vuelve, claro, como nombre. Pero ya en 1812 era nombre: “Canning” se llamaba el buque que trajo hasta estas costas a José de San Martín.