por Sergio A. Rossi

 

«Maestras eran las de antes». Se trata de un lugar común cargado a veces de nostalgia, y otras de interés por desprestigiar la educación pública, para quitarle fondos e ir privatizando el sistema educativo.

Padres; abuelo y abuelas; tía; hermanos, hermanas, cuñadas, padres y tíos de mis abuelos, en mi familia muchos ejercieron la docencia en distintos niveles. El entorno familiar y de amistades ha sido pródigo en maestros, profesores y directoras de escuelas. Guardo yo mismo un recuerdo muy bueno y respetuoso de mis maestras de primaria. Muchas de ellas habían sido alumnas de mi abuelo en la Escuela Normal de Paraná, institución que ha proyectado su influjo en la ciudad desde fines del siglo XIX.

Tardé mucho en cuestionar la sabiduría infinita e inapelable de las maestras, y siempre desde casa se reafirmaba la autoridad docente.

Uno aprendía castellano y matemática, y el resto era complemento. Aquella escuela funcionaba bien para todo el mundo, y tenía el encanto de mezclar clases sociales, que tampoco se separaban tanto geográficamente.

Visto con la distancia que dan los años, no afirmaría que hayan sido tan buenos pedagogos, pero sí que el docente tenía prestigio, era respetado y se valoraba su tarea. Se la remuneraba bien. Al menos tan bien como para que se sintiera reconocido y no se le ocurriera reclamar aumento. A principios de los ’70 había quienes discutían, en la Asociación del Magisterio, que llamar a una huelga carecía de sentido porque aquella asociación no era un sindicato. Se pensaba la docencia como un apostolado, como algo mucho más elevado moralmente que un empleo. Debió pasar mucha agua bajo el puente y darse muchas discusiones hasta que se pudo hablar de trabajadores de la educación.

Remedando a Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió, entonces, la docencia?

Aquella gente empezó a cuestionarse cuando Onganía atropelló la educación, y hubo huelgas importantes cuando el tercer gobierno peronista. Allí se mezclaron valoraciones diferentes, desde posicionamientos político-gremiales desde la izquierda contra el gobierno, rechazos desde el antiperonismo clásico de derecha, y el deterioro económico. Mientras el clima político se enrarecía y caía como balde de agua fría el rodrigazo, licuando el valor del salario, el conflicto se extendió, pero quedó rápidamente sepultado por la clausura dictatorial.

Pero al mismo tiempo, como en un viejo sketch de aquella época, podríamos decir que a la docencia la mató la TV a color.

El sistema creado por la ley 1420 tuvo sus luces y sus sombras. Uno de sus grandes aciertos fue fomentar la alfabetización, tanto de los criollos pobres como de los enormes contingentes migratorios. A diferencia de otras oligarquías latinoamericanas, la nuestra, al calor del positivismo de moda, instauró este sistema que benefició a las multitudes. Había en aquellos hombres de la generación del ‘80 una gran convicción en que su triunfo sobre la barbarie federal era definitivo, que la ilustración aseguraría la preeminencia de la clase principal de la sociedad y proveería a la colonia de mano de obra culta y preparada. La escuela primaria alfabetizaba, y eso era bueno para las masas, pero al mismo tiempo era bueno para las élites, ya que se convertía en un dispositivo de control social, de adoctrinamiento político, un aparato ideológico del estado de aquellos de que hablaba Althusser.

El gasto en maestros se justificaba por esa misión, que impediría resurgir a la hidra de mil cabezas de la demagogia y los caudillos. Esa clase media bien pagada, reconocida como pilar del régimen, tenía su bien ganado prestigio, prestigio muy necesario para poder establecer su prédica eficazmente. Un poco como la Iglesia Católica que bien pinta Gramsci en Italia.

Buen sueldo y prestigio social para los miembros de una red de control social extendida, formada y uniformada nacionalmente desde las Escuelas Normales, y desplegada en las provincias.

Los medios masivos de comunicación y sobre todo la televisión, la televisión a color, la televisión de emisión continua de muchos canales, impactó en la docencia. Impactó porque la autoridad, antes unificada, como en la Trinidad, se fragmentó. Si la iglesia, la escuela y la familia formaban de un mismo modo y sin tribunal de apelación alguno ni disidencia posible, ahora su autoridad ya no es plena, pues hay saberes que circulan por tv y se entrometen en la casa. Sobre sexo, moral, geografía, historia y manera de hablar, el chico tiene muchos canales para enterarse de ciertas cosas, y por eso la autoridad no puede sostenerse sólo en transmitir información. La autoridad se debe construir y sostener con otros recursos, nuevos y mejores.

Por otra parte, el régimen cuenta con un mecanismo de control ideológico mucho más potente, uniforme y cómodo de manipular. Unos cuantos periodistas pasarán a contar con el prestigio consagratorio, necesario para pontificar y serán también investidos con el óleo sagrado de la neutralidad aparente, buena coartada para el contrabando doctrinario. Además esta nueva red resulta más barata. Mientras que un maestro construye durante un año una relación con treinta alumnos, un buen propagandista tiene una llegada a miles y miles de televidentes o escuchas. En términos de prestigio la autoridad de Mirta para enseñar a almorzar es mucho más poderosa que la de la maestra de sexto grado. Un feinmann es más pernicioso que cualquier vieja cizañera y correveidile de la comisión cooperadora, y dos leucos más chismosos que dos supervisores de zona. En términos económicos, el sueldo de un traficante de ideas televisivo es veinte, treinta y hasta cien veces el de un docente, pero su impacto resulta miles de veces mayor. Para la racionalidad productiva un majul conviene más que cien mil maestros.