La barraca entrevisto a Marcos Rosenzvaig, escritor de novelas y de obras de teatro, ensayista, Entre sus obras se encuentran Madres Fuck You, Qué difícil es decir te quiero El veneno de la vida, Tragedias familiares, El pecado del éxito, Niyinsky y Regreso a casa, entre otras.  Y tambien esta la trilogía a la que nos referimos en el reportaje. Es interesante comprender mejor a este tucumano que estudio en Bucarest, en Malaga, en Polonia, y en la Universidad de Tucumán. Aqui el intercambio,  y una invitación de nuestra revista a leer prolífico y excelente escritor.

 

La barraca: Cuál es la relación entre historia y la ficción en tu trilogía (Monteagudo, anatomía de una revolución, Cabeza de Tigre y Perder la cabeza). ¿Son ficciones en el contexto histórico, o la protagonista es la historia que se ofrece a través de una ficción?

Marcos Rosenzvaig:,La historia puede ser, o por lo menos para mí, un pergamino que me ofrece infinitas posibilidades de reinventar para hacer de él una escena teatral, viva, encendida, en donde lo histórico pasa a ser el mecanismo necesario para lanzar un satélite. Desde el espacio tendré todas las posibilidades, la libertad para gestar aquello que puede o no haber ocurrido en la vida.

Escribir una novela es siempre una búsqueda del ser. Creo que escribimos para conocernos hilvanando historias. La novela histórica «podría definirse como un acuerdo -quizá siempre violado- entre «verdad», que está del lado de la historia y «mentira», que está del lado de la ficción». La novela histórica es un oxímoron. Me baso en hechos históricos y ellos me sirven para entrelazar, crear amores, venganzas y todo aquello que  es común a los sentimientos humanos.

En síntesis, la escritura de la historia, ya sea en la novela o en un ensayo historiográfico, intenta entender el pasado para aprender de él y así comprender los procesos que contribuyeron a formar las sociedades actuales. Toda escritura y reescritura de la historia es subjetiva pero no neutral.

 

Lb: Como se rompe los estereotipos de “héroes” que el sistema nos presenta para “olvidar” sus mejores sueños, su humanidad en gloria y abismos.

MR: La verosimilitud es el camino y para llegar a ella se hace necesario el lenguaje, la belleza de la palabra, y por sobre todo las ambigüedades de los personajes, sus oscuridades, aquello que no hace a la historia sino más bien a las contradicciones, a las miserias de los hombres.

 

Lb: ¿Porque elegiste a Monteagudo, quizás el morenista que la versión oficial oculto o desdeño?

MR: Los personajes revolucionarios están inmersos en sueños, utopías, esa grandeza resulta inspiradora, no solo para quien escribe sino también para quien lee. Qué mejor que tener como guía a un revolucionario, no hay que olvidar que si Castelli fue el orador de la revolución, Monteagudo fue su escritor. La historia lo desdeñó y continúa en ese camino. Monteagudo, anatomía de una revoluciónsalió cuando se produjo un hecho que a todas luces resultaba memorable: los restos del zambo Monteagudo regresaban a Tucumán, su ciudad natal. Hecho que pasó casi desapercibido, solo para una foto política. No hay que olvidar que cuando hace 95 años llegaron a la morgue judicial de la calle Viamonte, recién inaugurada, fue bajo la idea de comprobar que en ellos no había rastro de negritud o de herencia aborigen.

Yo siempre estuve y continúo estando en las riberas de la marginalidad, me siento más cómodo. La figura del héroe revolucionario es necesaria, siempre y cuando sea verosímil.

 

Lb: En tu nuevo libro “Perder la Cabeza” elegís un contrapunto entre las historias de dos jóvenes, uno en medio de las luchas entre unitarios y federales, el otro de la generación del 70, porque elegís ese paralelismo.

MR: Ascender la escalera de las pasiones implica siempre la posibilidad de perder la cabeza. La novela se debate en un contrapunto, dos amores que la historia argentina no perdonó. Por un lado, el de Marco Avellaneda —condenado a muerte y degollado—, cuya cabeza ha sido colgada de un árbol  en la  plaza  de  la  Independencia de  Tucumán  en  el  contexto de  la  sangrienta epopeya  entre unitarios y federales.

Por otro,  el  de Pablo,  un  militante político  tucumano  en los  años  70 —símbolo  de  una generación  hoy humillada  en  cada  desaparecido—,  quien sufre  el  exilio y  sobrevive  para contarlo.  Ambos  relatos se van entrelazando  y  fortaleciendo mutuamente,  atravesados  por el  amor  como dimensión  esencial  de  la tragedia.  La  estructura narrativa a dos voces hace que  los acontecimientos  sean interdependientes para reivindicar la causalidad de ambos episodios, cruciales en la historia argentina.

No es que elija el paralelismo, simplemente se da a través de toda la historia Argentina. Quiero decir que no es una idea concebida a priori, nunca se termina de saber cómo llegan las ideas y encuentran territorio fértil en la novela.

Lb: En el joven Pablo, tucumano, exiliado en los 70, ¿estas vos, y tu propio recorrido personal?

Estoy escapando, está mi primo escapando, y están todas las huidas de una generación destrozada durante los años 70.  Siempre recuerdo la película de Robert Bressón “un condenado a muerte se escapa”. Un militante y un joven se fugan por los techos de la cárcel. Les lleva casi una noche atravesar los obstáculos para lograr

la libertad.  Cuando el más joven pega un salto, llega a la calle, lo mira al amigo y dice: “Si me viera mi madre”.