Por Juan Carlos Di Lullo

Pocos minutos pasaron entre el anuncio de la nómina de integrantes del nuevo gabinete nacional y los primeros disparos mediáticos en contra de todos los ministros que ni siquiera habían jurado en los cargos para los que habían sido designados. Los “periodistas independientes” no vacilaron en desempolvar viejas operaciones de prensa para empezar a horadar la imagen de cada uno de los nominados, y hasta hubo dirigentes que inventaron nuevas fantasías para destrozarlos (en este caso, contando con el mutismo cómplice de los entrevistadores, que han hecho un culto del silencio en lugar de enriquecer el reportaje con repreguntas).

Sobran los ejemplos. Sergio Lapegüe, en TN, lanzó una intencionada “reflexión” al mencionar la presencia de Juan Manzur y de Aníbal Fernández en el nuevo gabinete: “se volvieron a juntar los de las Qunitas”, dijo entre risitas que convocaban a la complicidad del público. Tal era la magnitud del desajuste con la realidad que el propio Adrián Ventura (insospechado de kirchnerismo, pero con un poco más de pudor que su colega) tuvo que corregirlo apuntándole que esa causa ya no existe (como no existe el delito que sugería el conductor). Lapegüe sólo contestó “ya sé, ya sé”. Y, si lo sabía, no debió decirlo. Claro que, a falta de información que subleve el ánimo del público, bienvenidas sean las falsas noticias.

La infaltable Elisa Carrió aportó su mentira nueva de cada día. Frente a un Morales Solá esculpido en mármol travertino, la exlegisladora embistió contra su enemigo predilecto: Aníbal Fernández. Sólo que, esta vez, no prestó su living para que un narcotraficante lo incriminara falsamente en un triple crimen; se limitó a declarar con tanta certeza como delirio que el flamante ministro de Seguridad tramó (en complicidad con su par bonaerense, Sergio Berni) “el asesinato de Alberto Nisman”. Mintió sobre la fecha de asunción de Fernández en aquel gabinete de Cristina Fernández, insistió con su alocada hipótesis del asesinato del fiscal y concluyó en una doble acusación gravísima sin que su interlocutor, al menos, elevara una ceja. Es que ambos saben que los hechos poco tienen que ver con el discurso. Y que todo es bienvenido a la hora de enojar a un público que no quiere informarse sino, justamente, enojarse.

En Tucumán se emite un programa matutino en simultáneo por radio y por televisión. En ausencia de su habitual conductor (Omar Nóblega, un ferviente opositor al gobierno nacional y al kirchnerismo) los periodistas remplazantes se encargaron de tergiversar los anuncios hechos, pocas horas antes, por la ministra Carla Vizzotti y el recién asumido Jefe de Gabinete, Juan Manzur. Contra el comprovinciano iban los cañones. Primero objetaron el anuncio de que volverá el público a las canchas de fútbol (desde el 1 de octubre) y calificaron de “apresurada” a la decisión. No soy un seguidor asiduo del programa, pero no lo recuerdo como un baluarte de defensa de las medidas de aislamiento dictadas durante los días más crudos de la pandemia. Y después, mintieron que la ministra le había dicho “adiós a los barbijos”, cuando el anuncio fue claramente el cese de la obligatoriedad en el uso de esos adminículos “en espacios abiertos y en soledad”. Todo esto para poder llegar a la conclusión deseada: “Manzur se equivoca si cree que con medidas demagógicas encontrarán los votos que están buscando”. En resumen: “palos porque bogas, y si no bogas, palos también”.

Los ejemplos llenarían libros enteros, porque los medios están literalmente colmados de estos agitadores del enojo personal y del mal humor social. Se multiplican por todo el país, se realimentan, porque el estímulo necesita ser cada vez más fuerte para producir, en lo posible, un malestar más intenso. La escalada parece no tener fin.

Un poema de Gohete, ilustrado musicalmente por Paul Dukas y popularizado en el legendario largometraje “Fantasía”, de Walt Disney (1940), cuenta las desventuras de un aprendiz de hechicero que busca imitar a su mentor. En ausencia del Gran Mago, el principiante pronuncia un ensalmo para que su escoba haga el trabajo de traer baldes de agua para limpiar los pisos. Pero no ha acertado con las palabras justas, la escoba se descontrola y el agua comienza a inundar la estancia. Desesperado, el aprendiz parte en dos al díscolo lampazo, pero el resultado es aún peor: cada una de las partes vuelve a dividirse, y las nuevas escobas repiten el trabajo. Finalmente, el Gran Mago llega para imponer orden y amonestar severamente al aprendiz de brujo, quien se retira avergonzado.

Estas cosas pasan en la literatura fantástica, pero pueden trazarse paralelos con la realidad: el desenfreno y la multiplicación de escobas se parecen al descontrol irresponsable que se esparce por los medios de comunicación y por las redes sociales, y las llenan de mentiras, de imprecisiones, de verdades a medias, sin que nadie pueda (o quiera) detener la vorágine. Ya sabemos que, en la realidad, no hay un Gran Mago que pueda llegar para poner orden y terminar con el desatino. Mucho menos, a amonestar al (a los) responsable(s). Y lo que es impensable es que estos últimos sean capaces de sentir el menor atisbo de vergüenza.