Por: Juan Carlos Di Lullo

¿Exactamente cuándo ocurrió que un espacio informativo se transformó en un show de noticias? ¿Por qué los conductores y las conductoras de esos espacios sintieron la necesidad de matizar con bromas, ocurrencias y humoradas (a veces inoportunas y forzadas) la presentación de las informaciones y de las noticias? ¿Cuáles fueron los motivos que determinaron que todo material presentado en un espacio informativo debe ser precedido o comentado posteriormente con una suerte de editorial improvisado (muchas veces reducido a una simple opinión personal)? ¿Qué provocó el uso de un lenguaje decididamente soez en muchos casos? ¿Se trató de un fenómeno aislado que surtió efecto sobre la audiencia y fue rápidamente imitado por los demás? ¿Fue un proceso de transformación y de evolución (¿involución?) lento pero persistente hasta la mutación casi total? Resulta muy difícil satisfacer estos interrogantes y posiblemente no exista una respuesta certera y basada en evidencia concreta y terminante. Pero la realidad es que la radio y la televisión nos han ofrecido, a la vuelta de unos pocos años, un cambio fundamental en la manera de presentar las noticias.

No se trata de renegar contra una búsqueda de modos desacartonados para producir una mayor cercanía con el espectador y para lograr climas más relajados y amenos, porque si bien recibir información clara y veraz es una necesidad (y un derecho) de todos los ciudadanos, de ninguna manera este proceso debe ser tedioso o aburrido, y mucho menos, solemne y envarado. Tampoco se puede ignorar que los tiempos y los ritmos en cualquier realización audiovisual han mutado vertiginosamente en poco tiempo, en gran medida al compás de las innovaciones tecnológicas que permiten efectos especiales, acceso casi inmediato a archivos e imágenes de apoyo y movimientos de cámaras inimaginables apenas unos años atrás. Los medios electrónicos dependen en gran medida de las posibilidades técnicas y están sujetos a una necesaria renovación porque el efecto de acostumbramiento en el público (con la inevitable dispersión de la atención que conlleva) los obliga a innovar y a reinventarse permanentemente.

Las costumbres y la modalidad de consumos audiovisuales han cambiado radicalmente en poco tiempo, al punto que los archivos fílmicos que muestran aquellos informativos con periodistas anclados a sus escritorios que presentaban una nota tras otra, sin alternativas, sin movimiento de cámaras, parecen venir no de unas pocas décadas atrás, sino de la prehistoria de la televisión. Y tal vez así sea.

Esa variación en la conducta del receptor de los mensajes no sólo induce cambios en los medios audiovisuales y en las plataformas multimedia. El periodismo gráfico también ha acompañado las transformaciones, en el intento de retardar todo lo posible lo que parece el inexorable ocaso de la vigencia excluyente que mantuvo durante largas décadas. Para apreciar el abismo que los separa, basta poner a la par y comparar un diario de mediados del siglo pasado (en blanco y negro, con escasas imágenes no siempre bien definidas en la impresión, con extensas columnas de texto) con uno actual (en color, salpicado de fotografías e ilustraciones de gran tamaño, con un diseño gráfico que se renueva visualmente en cada una de las páginas, textos más breves y tipografías variadas). Corresponden a épocas diferentes, en las que la percepción del tiempo por parte del lector se detecta radicalmente distinta.

Pretender hoy que alguien se siente a leer de punta a punta “Robo para la Corona” o “Hacer la Corte” (dos hitos del periodismo argentino de investigación que nos legó Horacio Verbitsky), suena utópico. Las citas al pie de página del autor son permanentes, e invariablemente remiten a documentación que respalda cada una de sus afirmaciones. Por cierto, esto hace que la lectura no sea ágil (es imposible que lo sea) pero se trata de investigaciones serias, densas, no de novelas de aventuras o cuentos de ciencia ficción. Exigen entonces un grado de atención por parte del lector que quizá a estas alturas esté severamente deteriorado (si no irremisiblemente perdido) por el ritmo que impone la cultura audiovisual, que marca diferencias insalvables con otros tiempos.

El vértigo se ha adueñado de las audiencias. Los medios responden a esa realidad y tratan de adecuar sus mensajes a las nuevas exigencias. Un ejemplo de esa ansiedad generalizada se puede detectar en la nueva habilidad de la aplicación Whatsapp, que permite escuchar los mensajes de voz con distintos grados de aceleración. Mucha información en poco tiempo, parece ser la consigna. Pero la velocidad y la premura suelen resentir la posibilidad de asimilar y decodificar exhaustivamente el mensaje por parte del receptor.

Tal vez allí esté la respuesta a los interrogantes que abren esta columna. Es posible que esa búsqueda del humor, de la cotidianidad y de la desestructuración por parte de periodistas y conductores intente facilitar a sus audiencias la asimilación del mensaje. Por cierto, todo lo que conduzca a una mejor calidad en la comunicación debe ser bienvenido. Siempre y cuando no se trate solamente de escenografías deslumbrantes, de la exhibición de una parafernalia técnica apabullante, de efectos especiales cada vez más sorprendentes.

Siempre y cuando no sea simplemente un cambio de envase. Los programas periodísticos dependen de su contenido. Cumplirán su cometido más eficientemente cuanto más se identifiquen como espacios de información, de investigación seria, de opinión responsable. Cuanto más lejos estén de ser, simplemente, un show de noticias.