Por Juan Carlos Di Lullo

La frase atribuida al emperador romano Julio César que expresa “La mujer del César no sólo debe ser honesta sino que debe parecerlo” ha atravesado los tiempos y se la usa para establecer una especie de exigencia moral hacia las personas que desempeñan alguna actividad pública con cierto grado de responsabilidad. Dejando de lado la intrínseca machirulez de la máxima (ya que sólo plantea requisitos “morales” a la mujer del César pero no dice absolutamente nada sobre el comportamiento de su marido), queda claro que no expresa otra cosa que una exhortación a mantener un comportamiento público acorde con el estricto cumplimiento de las disposiciones legales a todas las personas “políticamente expuestas”, como dicen ceremoniosamente los formularios de las declaraciones juradas en los bancos.

Al parecer, al menos en los últimos tiempos, los medios dominantes en la Argentina (aquellos que tienen una participación groseramente desproporcionada dentro del espectro informativo e influyen sobre las opiniones y las decisiones de una porción más que numerosa de la población), han invertido el sentido de la milenaria máxima latina y se comportan como si esta aconsejara “el déspota no sólo tiene que ser avieso y malintencionado en sus acciones sino que además, debe parecerlo”; o, mejor, demostrarlo sin dar lugar a la menor duda.

Al menos, esa idea parece haber guiado a los redactores de Clarín hace un par de días al declarar en el título central de la tapa del diario “Con la salida de Highton, el Gobierno pierde su único voto en la Corte”. El enunciado no es otra cosa que una confesión que naturaliza la degradación de uno de los tres poderes del Estado. Ante la novedad de la renuncia de uno de los Supremos, (una, en este caso, por tratarse de Elena Highton de Nolasco), el titular de Clarín afirma explícitamente que los votos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación tienen dueño; de los cinco, dice el diario, sólo uno “pertenecía” al Gobierno, y ahora sólo quedan cuatro que “no le pertenecen”. El diario lo menciona en tono triunfante, porque percibe (y amenaza con) que ningún fallo o pronunciamiento de esa Corte diezmada y desprestigiada favorecerá al Gobierno; como si el Tribunal no hubiera dado ya sobradas muestras de ineficacia, ineptitud y falta de imparcialidad, todos pecados mortales si se habla de quienes deben impartir justicia. La irregularidad se potencia si se tiene en cuenta que es precisamente el órgano encargado de ejercer el control de constitucionalidad dentro del esquema republicano de Gobierno. Es así como un grupo reducido (cada vez más reducido) de cortesanos prácticamente vitalicios tiene la potestad de dejar sin efecto leyes votadas por mayorías parlamentarias (con integrantes elegidos directamente en elecciones periódicas) o decretos emanados del Poder Ejecutivo (encabezado también por una figura electa por el pueblo y con mandato acotado). Si ese grupo de privilegiados no puede exhibir una trayectoria y un comportamiento acorde con la tremenda responsabilidad que la Constitución pone sobre sus espaldas, la democracia está en peligro.

Entonces:¿Qué es lo que revela el titular de Clarín? Que los votos de los Supremos tienen dueño. Y si se identifica el de la cortesana renunciante como el único que pertenece al Gobierno… ¿a quién pertenecen los otros cuatro? Por el tono triunfante de la información, es fácil deducir que esos votos responden a los mismos sectores que el diario representa y de los que forma parte.

Esta situación es incompatible con la vida democrática de cualquier comunidad, pero tampoco es una novedad que sorprenda a nadie. La portada de Clarín no hace otra cosa que explicitar hechos que gran parte de la población supone o intuye: la Corte Suprema muestra a través de sus decisiones (expresadas en los votos de los cortesanos, pero también en los silencios y las demoras inexplicables en las que a menudo incurren) que dista mucho de ser un organismo eficiente, confiable e imparcial.

Netflix tiene en su cartelera una película de 2014 titulada “Primicia mortal” (Nightcrawler) interpretada por Jake Gyllenhaal y Rene Russo en la que el protagonista se convierte casi por casualidad en un reportero gráfico de televisión que paulatinamente va escalando posiciones porque no tiene el menor escrúpulo a la hora de conseguir el material periodístico que vende a los canales de televisión. Progresa porque cumple con eficiencia el pedido que le hacen en las emisoras: cada vez más sangre, más violencia, más sensacionalismo.

Sin escrúpulos, sin dilemas morales: la gran mayoría de los medios argentinos se comportan como el personaje de Gyllenhaal. Y además, lejos están de hacer honor a la frase de Julio César. O bien, la reinterpretan así: “La mujer del César no tiene por qué ser honesta; debe hacer lo posible para no parecerlo”.