Por Juan Carlos Di Lullo

 La programación de Canal 13 no deja de caer en los números de audiencia; la emisora, que fuera líder durante muchos años, atraviesa uno de sus peores momentos si se ponderan las mediciones. Programas del 13 que lideraban en sus respectivas franjas horarias son hoy superados (a veces en proporciones que asombran) por las propuestas de otros canales.

Una de las “vedettes” de la emisora del grupo Clarín fue durante muchos años “Periodismo Para Todos”, a cargo de Jorge Lanata; el envío siempre se promocionó como un programa de investigación periodística seria y profesional. Hay que recordar que el conductor estrella, apoyado en su fama de periodista incisivo y sagaz, afirmó más de una vez que la información que proporcionaba su programa estaba siempre “hiper recontra chequeada” … Sucesivos fiascos dejaron en ridículo tal afirmación y fueron socavando la credibilidad del conductor, al menos entre los televidentes que de buena fe lo acompañaban en la sintonía.

Para no abundar en los recuerdos, basta con señalar la temeraria afirmación de que Máximo Kirchner y Nilda Garré tenían millonarias cuentas (en dólares) en un ignoto banco de EE. UU., finalmente desmentida por la propia entidad crediticia. O la promesa de mostrar las famosas “bóvedas” del entonces matrimonio presidencial, en las que teóricamente estaban guardados los dólares (y los euros) generados por “la corrupción”; como no encontró bóveda alguna, pretendió contentar a su audiencia mostrando una escenografía en los estudios del canal, por la que se paseaba señalando los estantes vacíos mientras pedía a los televidentes que imaginaran “acá, los bolsos con dólares, detrás de la puerta, los fardos de euros”. O aquella excursión a las islas Seychelles para confirmar que Cristina Fernández había forzado una escala del avión presidencial para depositar (otros) bolsos con dinero mal habido en ese paraíso fiscal; lo único que pudo mostrar fueron hermosos paisajes, magníficas playas y la entrevista a una conserje de hotel que declaró muy seriamente que ella “no sabía nada de ese tema”. Inventos, exageraciones, fantasías. Nada de información.

Después sobrevinieron cuatro años de significativo silencio sobre las acciones y sobre los integrantes del nuevo gobierno. Lanata se perdió de investigar muchos temas interesantes (Parques eólicos, autopistas, injerencia del Ejecutivo sobre el poder Judicial, responsabilidades por el hundimiento del submarino San Juan, negociaciones impropias alrededor del juicio por la quiebra del correo -empresa de la familia del entonces Presidente-, aportantes truchos en las campañas del partido gobernante, vacunas vencidas abandonadas en galpones, espías descontrolados que reportaban a la Casa Rosada), además del gran tema del gobierno de Juntos por el Cambio: la toma de la deuda más grande de la historia financiera del país y el incierto destino de los siderales fondos desembolsados en tiempo récord por el FMI.

El programa y su conductor tomaron nuevos bríos con el advenimiento de la pandemia de Covid 19. Siempre trabajando para erosionar al gobierno de Alberto Fernández, Lanata hizo todo lo posible para que fracasaran las medidas de aislamiento adoptadas desde la Casa Rosada y alentó (adoctrinó) a los grupos de insensatos que, reivindicando un peculiar concepto de “libertad”, se dedicaron a contravenir cuanta disposición de prevención se dictara desde el Gobierno. Bombardeó la credibilidad del público sobre la eficacia de las vacunas (a menos que fuera “la Fáizer”); no hay que olvidar que sugirió que la inoculación de “la Rusa” podía provocar el crecimiento de una joroba en el pecho y que, en ese caso, había que “ir a llorar a Moscú”. Con su estilo socarrón y ese aire de “estar de vuelta” siempre, depuso toda intención de informar para montar un show frívolo y procaz donde sólo le importa mostrarse como el porteño vivo que se las sabe todas y al que nadie puede engañar.

Es por toda esta historia previa, que la repentina preocupación de Jorge Lanata por el hecho de que la pandemia haya provocado en el país 100.000 muertes, que la inmensa mayoría de los argentinos lamentan, no puede leerse sino en clave de una inconmensurable hipocresía. El anuncio que lo muestra con gesto lúgubre sobre un fondo oscuro bajo el slogan “El país de los 100.000 muertos”, con sobrio saco negro (en lugar de los vodevilescos atuendos que suele lucir y que harían sonrojar al mismísimo Aníbal Pachano) no es otra cosa que la rúbrica final de la decadencia de quien hace no mucho tiempo era un paradigma para los principiantes en el oficio del periodismo. Y que hoy se desespera ante los números menguantes de un rating cada vez más esquivo.

Intentar obtener réditos personales y políticos montándose sobre una desgracia mayúscula (a la que se ha contribuido fríamente) sólo revela una tremenda dosis de hipocresía y, sobre todo, una indisimulable y mayúscula falta de empatía con todos aquellos que a lo largo de este año y medio han perdido a sus afectos, a sus amigos, a sus padres, a sus hijos. Y esto último es literalmente imperdonable.