Por Juan Carlos Di Lullo

Nadie puede dudar de que Joaquín Morales Solá se perfecciona en la difícil tarea de estar siempre en contra de todo lo que represente un avance de los sectores más rezagados de la población, de criticar casi irracionalmente cualquier medida que favorezca a los más vulnerables, o de elogiar y ensalzar todo lo que signifique la defensa de los intereses de las corporaciones. Su trabajo incluye la demonización de cualquier figura política capaz de llevar adelante (o de haberlas logrado) transformaciones sociales importantes y trascendentes. Por eso suele reservar su munición más pesada para disparar sobre Juan Perón, Eva Perón, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Sobre la vicepresidenta fue (otra vez) a raíz de la decisión de la Cámara que dispuso el sobreseimiento, por inexistencia de delito, de todos los acusados en la causa por la firma del Memorándum de Entendimiento con Irán, aquella lisérgica denuncia formulada a principios de 2015 por el entonces fiscal Alberto Nisman. Morales Solá se enfurece por esta lógica (y tardía) resolución judicial y elabora la teoría de una “Justicia VIP”, que sería (en su extraviada interpretación) la que está al servicio de la ex Presidenta. El editorialista usa el concepto de “creatividad” una decena de veces a lo largo de su escrito para señalar una inesperada complicidad entre los camaristas y los acusados, mientras rescata la labor del extinto juez Bonadío, que fue quien exhumó la causa (cuando ya había perdido toda posibilidad de avanzar) mediante mecanismos realmente creativos, según la definición del propio magistrado fallecido. De paso, Morales Solá afirma que “Nisman fue asesinado por presentar esta denuncia”, sumándose a quienes prefieren prescindir del sentido común en el análisis de la muerte del ex Fiscal y se abrazan desesperadamente a la creativa (acá sí que cabe el término) pericia impulsada por Patricia Bullrich (cuando era ministra de Seguridad) y perpetrada por Gendarmería con los resultados que el establishment requería y que Clarín adelantó en su tapa. El escriba, desde las páginas de “La Nación”, se ofusca porque el tribunal le permitió a Cristina realizar aquel memorable alegato (transmitido en una virtual cadena nacional) antes de pronunciar el fallo, sin reparar en que la Justicia (esa que va con mayúscula, no la habitual de Comodoro Py) siempre hace lugar a los pedidos que puedan ser significativos dentro de los que se consideran “derechos de defensa”. Para el columnista, es una prueba irrefutable de “Justicia VIP”.

Imposible saber qué adjetivos reserva Morales Solá a la justicia (en minúsculas) que permite a un fiscal denunciado por espionaje mantenerse meses en rebeldía y no presentarse a una simple indagatoria; a la que llena de privilegios a un ex presidente sospechado de espiar a los familiares de las víctimas de una tragedia naval y de haber participado de un envío irregular de armamento a un país vecino en pleno desarrollo de un golpe de Estado; a la que soporta que un ex parlamentario del Mercosur se permita burlar su propia palabra y decida evadir una indagatoria simplemente porque tiene miedo de sufrir en carne propia las injusticias y los atropellos que él mismo diseñó y ordenó mientras formaba parte de una insólita “mesa judicial” al amparo del poder. Imposible conocer esos adjetivos porque Morales Solá jamás escribirá una sola línea en tono crítico sobre estos temas, ni el diario para el que trabaja se ocupará de semejantes nimiedades.

Es que las reglas de juego del periodismo actual permiten un “vale todo” aterrador. Patricia Bullrich, presidenta del partido líder de la coalición que gobernó el país entre 2015 y 2019, se permite decir en un reportaje: “Vos podés achicar el peronismo a un partido que gane y pierda elecciones… pero para eso van a tener que matar al kirchnerismo…”. La dirigente se explaya en su metáfora fúnebre: “Se nota que (el kirchnerismo) está muerto porque ya no tiene jóvenes… pero no tenemos que dar la posibilidad de que reviva”. No se objeta lo que un político en campaña diga o sostenga; se espera un mínimo encuadre por parte de los entrevistadores, por más que se trate de una revista partidaria. En una radio tucumana (que se supone no partidaria), dos periodistas entrevistan a una candidata a diputada nacional por Juntos. Arman con sus preguntas la escenografía ideal para que la invitada se explaye, sin repregunta, sin pedido de precisión alguna y, al final, la despiden… augurándole el triunfo en las próximas elecciones. No le desean buena suerte, o una compulsa limpia y transparente; le expresan su deseo de que se quede con la banca en disputa.

Se usa la sigla VIP para identificar a alguien que pertenece a un grupo selecto, que goza de privilegios fuera del alcance del ciudadano común. En una abrumadora mayoría de casos, los periodistas reconocen también su sector VIP, reservado a los políticos y a los partidos que defienden los intereses de los sectores a los que pertenecen los medios en los que cumplen sus funciones. Y a sus propios intereses personales.