Por Juan Carlos Di Lullo

En los tiempos que corren es precisamente el tiempo el que corre con inusitada velocidad; lo pone en evidencia, por ejemplo, la incorporación del “2x” de Whatsapp, una inquietante función dentro de la aplicación de mensajes más usada. En efecto, la posibilidad de recurrir a una habilidad tecnológica para abreviar el tiempo de escucha de un mensaje de voz simboliza crudamente el apuro y la ansiedad que dominan nuestras vidas; y ni siquiera reparamos en tamaño fenómeno. No está ni bien ni mal; ocurre y, por lo tanto, merece nuestra atención.

Ese apuro y esa ansiedad que nos empujan a utilizar el “2x” se hacen presentes también en la acción de incorporar información. No tenemos tiempo de leer o de escuchar atentamente TODO lo que dijo determinado personaje público ni tampoco de certificar fehacientemente en qué condiciones habló, o cuál fue el contexto en el que se registró esa expresión. Queremos rápidamente una síntesis, buscamos la condensación de una o varias ideas en una frase o en un concepto simple y breve. Necesitamos lo que antaño el periodismo llamaba “un título”. La premura y la instantaneidad que piden las redes nos han acostumbrado a encontrar ese elemento en los “zócalos” televisivos o los “memes” que invaden nuestros dispositivos móviles.

Los zócalos y los memes son hijos del recorte periodístico. Inevitablemente, mucho queda en el camino cuando se resume una idea en apenas una frase (de una determinada cantidad de caracteres para que quepa en la pantalla) o en un par de conceptos apoyados en alguna imagen, buscando generalmente un efecto humorístico. Aun asumiendo buena fe y un enorme talento para la síntesis por parte de quienes proponen zócalos y memes, la información obtenida a través de estos elementos es forzosamente incompleta e insuficiente. Si entendemos que, además, hay siempre intencionalidad política en esos armados, queda claro que el receptor de los mensajes está obligado a completar su conocimiento del tema en cuestión por otras vías o estará condenado a incorporar información parcial y subjetiva. En lugar de adquirir elementos para pensar con más claridad, estará facilitando el camino para “ser pensado” por otros.

Con respecto a los zócalos, hay un peligro adicional. Abundan los televisores con el sonido anulado en distintos espacios públicos (salas de espera, bares, restaurantes, vidrieras de comercios, etc) y, en ellos, mucha gente sólo lee los letreros sin comprender del todo el tema sobre el que se está hablando, quién fue el autor del texto encomillado, o en qué contexto dijo lo que allí se consigna. Los canales, en general, aprovechan esa situación para sugerir sutilmente (o brutalmente, da lo mismo) segundas y terceras lecturas de lo originalmente expresado.

Finalmente, el apurado y ansioso consumidor de esos retazos de información elabora (casi subconscientemente) su propia versión de los hechos; peor aún, reacciona velozmente y sube a las redes una opinión fatalmente polarizada por los estímulos que acaba de recibir. Esas versiones serán recibidas como información por otros usuarios de las redes, quienes las unirán caprichosamente con otros datos recogidos por ahí para impulsar una vuelta más de la rueda de desinformación y de deformación de los hechos.

A una bajísima calidad en el material que alimenta la discusión, se agrega una dosis de violencia creciente atizada por la indignación a la que se siente impulsado el que participa en esta patética noria. No en todos los casos se repite este mecanismo, por cierto; pero debe señalarse que hay muchos “especialistas” en motorizar estos procesos con intenciones que poco tienen que ver con la información o las prácticas sanas del periodismo.

Mike Godwin expresó en 1990 un concepto que resume (ya que su vigencia parece mantenerse) la desmesura que generalmente gobierna estos encadenamientos de intercambios, desordenados y caóticos, tan propios de las redes. Godwin sostiene que a medida que una discusión en línea se alarga, la posibilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis se incrementa proporcionalmente. Y advierte que no sólo en las redes o en las conversaciones privadas se registra este fenómeno, sino también en los medios de comunicación tradicionales.

Estamos viviendo una campaña electoral tan pobre de ideas y de propuestas que este panorama desolador se manifiesta casi constantemente. Las referencias al nazismo, al fascismo, las banalizaciones del Holocausto a través de comparaciones descabelladas, las reivindicaciones del terrorismo de Estado y hasta las apelaciones a la interrupción del orden democrático ya no asombran ni escandalizan a nadie. Y todo esto se expresa en un tono de creciente crispación, enojo y violencia que va adquiriendo un volumen inusitado e inaceptable.