“…  todo es según el color del cristal con que se mira.”                                                                                                                                                                  Ramón de Campoamor

por Roberto Rapalo Blanco

– Tenemos que irnos porque de un momento a otro llega la tormenta – dijo mi madre – me quitó el libro que yo estaba leyendo y caminó hacia el fondo del salón de la Biblioteca Popular Esteban Echeverría para devolver el libro.  Mientras mi madre hablaba con la bibliotecaria,  yo me puse a ojear un ejemplar de  la revista En Guardia, impresa en colores sobre papel satinado en  EEUU. En ella se contaban hechos de la Segunda Guerra Mundial en la lejana China. Fue  una noche de verano de l948 en mi pueblo de Chacabuco, en la región más fértil de la pampa húmeda argentina. Yo estaba por cumplir 10 años. Recuerdo que me dejaron llevar la revista a mi casa, dado que yo me negué  a devolverla ya que en ese momento los camaradas de mi padre estaban luchando para tomar el poder en toda China, y si bien la revista mostraba imágenes de tres años atrás, las fotos de  colores  me permitían situarme por un momento en el lejano y misterioso país.

– Dejá que se la lleve, sino no nos vamos más  y se está por poner a llover muy fuerte – dijo mi madre a la bibliotecaria -cuando pare de llover viene a devolverla, aunque va a llover varios días seguidos porque se viene la sudestada.

En ese entonces, para mi, la capacidad de predecir los cambios de clima que tenían mi madre y mi abuela era un saber inútil. Un saber importante era el de mi padre que podía predecir lo que iba a pasar en el mundo porque  estaba conectado por medio de la onda corta de su radio marrón con el hombre más inteligente y sabio de la tierra, el mariscal José Stalin, que escribía los textos más importantes que luego leían los locutores de Radio Moscú.

Varias sudestadas después de aquella en que mi madre me quitó el libro de las manos, fuimos con mi padre al vecino pueblo de Junín.  Mao Tse Tung ya había pronunciado su célebre discurso del 10 de octubre de 1949  en Pekín anunciando la toma del poder, mi padre lo repetía una y otra vez y yo no me cansaba de escucharlo. Recuerdo que en la mitad de nuestro viaje a Junín paramos a comprar chorizos caseros en un almacén situado al borde del camino. A la salida del almacén mi padre prendió un cigarrillo, encendió el motor del coche, aspiró hondo el aroma de la mañana, me puso una mano en el hombro y me dijo: -Vas a vivir en un mundo maravilloso, cuando tengas mi edad  el mundo entero será comunista y  todos los hombres serán iguales.

Los recuerdos se fueron por donde quieren ellos y es otra la historia que quería contar, una historia que  no recuerdo ahora si la leí en un libro de historia, en una enciclopedia o en una revista, pero si recuerdo que la leí allí, en la Biblioteca Popular Esteban Echeverría un tiempo antes que en un ataque de furor sanitario, un Intendente peronista la clausurara por encontrarla llena de cucarachas lectoras.

La historia es esta: Después de la partida de Napoleón abandonando sus tropas en Egipto, unos soldados franceses se niegan a capitular  frente a los ingleses, asaltan un barco mercante inglés y se hacen a la mar. De regreso a Francia, los soldados  encuentran bloqueados por la flota inglesa todos los caminos posibles hacia los puertos franceses. Discuten que rumbo tomar. Unos quieren salir del mar Mediterráneo y  arribar al Atlántico, creyendo  que los amplios horizontes del mar abierto pueden ser más propicios para la feliz culminación de su aventura, otros quieren arriesgar la vida rompiendo el bloqueo ya. Mientras discuten llega una  tormenta que les obliga a cambiar el rumbo, finalmente, una clara mañana divisan un poblado costero de África del norte  y deciden entrar a puerto en  busca de descanso, agua fresca y pilotos expertos para darse de nuevo a la mar. Necesitados de recursos, los soldados franceses deciden vender las mercaderías encontradas en el buque. Unos mercaderes africanos compran las mercancías y les proponen asociarse en una empresa sumamente rentable, la captura de negros en las costas del África meridional, para venderlos como esclavos en América. Los soldados franceses abandonan su antiguo proyecto de regresar a la patria y se dedican con entusiasmo a la trata de esclavos. La historia me impresionó mucho, ¿los soldados napoleónicos que eran también los personajes de la novela del 93 de Víctor Hugo, idealistas como mi padre, portadores de las ideas de la revolución francesa, podían hacer una cosa tan inmunda, digna de mi tío Adolfo?

Cierro los ojos y veo con claridad la luz de una mañana de verano. Papá lee sentado en uno de los sillones del vestíbulo, me acerco a él y le pregunto:

– ¿Te puedo hablar?

-Si no es mucho, sí.

–Quiero hacerte una pregunta, leí una historia que me dejó preocupado.

-¿Qué historia?

-Unos soldados del ejército napoleónico, prisioneros en Egipto, capturan un barco inglés y se escapan,  luego reniegan de la revolución francesa y se dedican a la trata de esclavos africanos.

-¿Donde la leíste?

–En un libro que esta en la biblioteca Echeverría de los socialistas.

– Los socialistas son nuestros primos, a veces cercanos a veces lejanos. En España contra Franco y aquí contra Perón nos ponemos de acuerdo, en la Unión Soviética no.

-Yo te pregunté una cosa y vos  me contestás  algo que  no  te pregunté.

-En una buena biblioteca tiene que haber de todo. No se si esa historia será verdadera o no.

– Pero ¿se puede pasar de ser defensor de las grandes ideas a ser tratante de esclavos?

– Las derrotas son jodidas y en algunos casos sacan lo peor de la gente. Lo que pasó hace mucho en un solo lugar ya no importa. Lo que va a pasar de ahora en adelante en todo el mundo, eso es lo importante. Quédate tranquilo,  no va haber más derrotas – afirmó y siguió con su lectura. Heredé la manía, no me gusta que me interrumpan cuando estoy leyendo.

Por ese entonces  yo estaba convencido que los compañeros de mi padre, finalizada la revolución China, harían unas cuantas revoluciones más e implantarían el comunismo en toda la tierra.  Deseché la historia de los soldados napoleónicos puestos a tratantes de esclavos negros y me dediqué a leer otras cosas sabiendo que la inminente caída del capitalismo en todo el mundo era tan o más cierta que las afirmaciones de mamá y la abuela diciendo que al  húmedo viento sudeste portador de lluvia, siempre le sigue el viento del oeste que deja el cielo claro, fresco y luminoso.

Días más tarde de ese verano del 49, el padre de un amigo que era el molinero del molino Río de la Plata, nos permitió a varios chicos cumplir  un viejo sueño: subir a la torre más alta del molino,  encima de los enormes silos. Una vez que llegamos   arriba, después de ubicar la iglesia, la plaza, la municipalidad y el otro molino del pueblo, cada uno eligió un punto donde fijar la vista. Uno miró hacia el oeste donde estaba el campo de su abuelo, otro el corralón de materiales de su padre, otro la casa nueva que estaba construyendo su familia, yo decidí mirar al este, hacia el lugar por donde, en unos pocos años más, avanzarían las tropas chinas comandadas por el camarada Mao Tsé Tung.

Hoy miro al este, al oeste, al norte y al sur  y no me gusta lo que veo. Sigo buscando señales en la tierra, señales cercanas y lejanas de un tiempo mejor. Solo veo una que otra  una lucecita aquí, otra más allá y mucha oscuridad en todas partes. Aunque me cueste uno que otro pequeño sacrificio, procuro  subir lo mas seguido posible a una imaginaria torre y una vez arriba trato de relacionar y comparar todo lo que veo. Hoy han caído en el descrédito algunas o muchas, aunque no todas, las utopías de los antiguos compañeros de mi padre. En cuanto a la veracidad de la historia de los soldados franceses, la cantidad de historias semejantes que veo todos los días me hace pensar que ha sido verdadera. Mirar el mundo de hoy no siempre  me causa placer, el mundo no me devuelve  las imágenes que quisiera ver.


No se trata solo de quitarle color a los cristales, ahora, ya de viejo, trato de usar lentes incoloros y bifocales; la mitad de los cristales me ayuda a ver bien de cerca, la otra mitad a tratar de ver lejos, muy lejos en el tiempo futuro, lo más lejos posible con mis ojos de niño.
Fin