por Rosana Herrera

Jugaba  a la redoblona a escondidas de ella, su sombra, la que le prohibía tirar “la platita de la jubilación” en la sub agencia del Gordo Hugo, el de la esquina de La Rioja, de donde le traía los pálpitos la Nana Ana, cuando iba a comprar el pan en la Panadería del frente, (la de los hermanos de apellido difícil).

En la cuadra había dos almacenes, uno en cada esquina, en la Alberdi, el de don Miguel, (abuelo de Rafael, el de los patines azules) que siempre nos sacaba de apuro con el jamón crudo “sin nada de grasa” y las delicias en lata que nos olvidábamos de cargar en carro de Al Hogar Feliz.Y en la otra, el de Don Ale (padre de Hugo), que nos fascinaba convirtiendo (por la magia de sus dedos veloces para los famosos repulgues) el papel blanco brilloso de un lado y opaco del otro, en las fundas perfectas para los fideos choritos o macarones o moñitos que vendía sueltos junto con la yerba y con el azúcar. Y que guardaba en esos cajones profundos de madera pintada de gris, que se abrían constantemente ante los requerimientos de una cuchara de lata. La misma con la que llenaba los  platillos de la balanza roja que había sido de sus ancestros.

El viejo jugaba unos cuantos manguitos, pero la culpa que le generaba su pecado, era del tamaño de una gran fortuna y siempre creímos que disfrutaba imaginado que la dilapidaba comprando los Saratogas sueltos, (dos por día como le permitía su doctor) y llenándonos de esos billetes enormes (que empezaban con el número 5 y tenían la fragata estampada), que el viejo nos ponía debajo de la almohada a mi hermano y a mí. Él nos malcriaba tanto que decía que merecíamos recibirlo al ratón Pérez siempre, aún sin dientes. Poobre…nunca le dijimos que por aquellas épocas, era más fácil perder la dentadura completa  a que él ganara a la quiniela.

A veces, muy pocas veces, ganaba y la alegría lo delataba por la sonrisa eterna y por los guiños cómplices que nos hacía a cada rato. Y entonces empezaba el juego de a dos. De ellos dos. Ella “le daba la cana” y le pegaba con el diario en la cabeza y hacía como que lo perseguía con la silla de ruedas y él como que se escapaba corriendo por la larga galería.

Desde esa amorosa y tierna postal lúdica, en la que siempre terminaban abrazados, parecen saludarme todos los días cuando abro la ventana de mi dormitorio y el estallido de color de la Santa Rita me los acerca y me los presta un ratito. Sólo un ratito, para que mi rutina no los aplaste jamás. Y yo se los devuelvo al toque y los recupero cada mañana de sol, desde su partida, hace exactamente cincuenta años.

El abuelo a menudo elegía alejarse de sus “agobiantes tareas cotidianas”, (un infernal tramiterío que implicaba mentir que se iba a comprar cigarrillos, conversar con el quinielero, controlar sus jugadas, amargarse con los resultados la próxima vez no fallo…) y se disponía a encarar otras que siempre nos incluía a los dos únicos nietos, como por ejemplo, invitarnos a compartir la infaltable ceremonia literaria. Hacía que nos sentáramos enfrente de él, con los pies cruzados como buda mientras él se dirigía a la mecedora de mimbre del comedor “de diario”. Se acomodaba bien, se sacaba la boina, la depositaba en la mesita donde estaba la lámpara que trajo la abuela de Bellagioy donde leía las novelas de Agatha Christie que luego le contaba a ella, casi gritándole a su prematura sordera.

Los cuentos del abuelo Gustavo tenían un encanto tan particular, que jamás pudo el paso del tiempo desteñirlos ni por un instante. Porque a través de sus relatos supimos que Caperucita, con la complicidad de Cenicienta, entretenía a Hansel cuando lloraba de aburrido porque Gretel se había dormido, esperando que Pulgarcito viniera a despertarla para ir a jugar.

Y nos enteramos que en realidad fue el lobo quien le robó el zapatito de cristal a Blancanieves para regalárselo a Clarabella, porque la pobre no tenía zapatos. Y para que pudiese irse a pasear con el Gato con Botas, que la presumía. Y que mientras los Tres Chanchitos felicitaban a Gulliver porque nunca quiso tirarse en la tina de billetes de Rico Mc Pato, Minnie tiraba miguitas para que la siguiera el sapo de quien se había enamorado, porque sabía que era Tribilín, hechizado por Cachavacha.

Y nos íbamos a dormir con las fantasías entreveradas con los deseos y con el misterio ¿y si el abuelo tenía razón? ¿y si Tribilín era el novio de Minnie? ¿y si era verdad que no había ningún horno, ni ninguna bruja mala, ni ningún lobo feroz? ¿y si caperucita no corría peligro? ¿y si la abuela le hacía al lobo esos scones de limón que tanto le gustaban?…

Con los años supe que el abuelo nunca fantaseaba, que él veía la vida así, con los anteojos de la ilusión, los que se olvidaba siempre en la mesita donde estaba la lámpara que trajo la abuela de Bellagio.

Y con los años entendí que fue esa mirada la que me permitió edificar mis utopías y soñar con que la magia nos toque con su varita a todos por igual, sin distingos. Y lucho y peleo y milito por un mundo más justo, con menos asimetrías, tratando de no morir en el intento. Tal vez como una forma de honrar su memoria y la de sus relatos sin príncipes y mendigos, sin castillos y chozas, sin carruajes  y calabazas. Sin odios y sin maleficios.

Entonces sueño que con mis sueños, le rindo homenaje.

Un 24 de julio, el abuelo se acostó a dormir y nunca despertó. Ella, su sombra, (la abuela Ugolina de nacimiento, Isolina por adopción e Ina para todos), había decidido marcharse quince días antes y mis pocos años fueron testigos de su promesa con voz firme y sin sollozos: esperame, vieja, enseguida estoy con vos…

Y yo, mañana, como todos los días, los esperaré a los dos, en mi ventana…