Por Fernando Basso

Los argentinos tenemos una relación tortuosa (e histórica) con los empréstitos. Esa palabra que quedó en desuso es lo que hoy denominamos “Deuda Externa”, y no es otra cosa que aquel viejo fantasma que nos recorre casi desde el mismo momento de nuestra conformación nacional.

Reubicarlos en el centro de nuestras preocupaciones y llamarlos con su justo término, quizá, nos anime a pensar de manera certera lo que siempre significan,a los fines de poder superar definitivamente el estrago social que la acompaña inevitablemente y quitarnos el yugo social que implica afrontar su pago “entre todos”, especialmente hoy cuando, otra vez,un nuevo grito popular enmascara su abordaje y tratamiento con alguna remozada súplica al pedir para ella una nueva ¿condonación?¿renegociación? ¿quita? o ¿Default?

Apoyadas en una variedad de argumentos que enraízan o redundan en su ilegitimidad (permítaseme dudar de todas ellas), son soluciones a medias que vuelven a brotar desde el vocabulario de nuestros compañeros para tratar de imponer alguna con por la fuerza de opinión popular y dotarla por ello del influjo de alguna fórmula chamánica para, de una vez por todas y a más de 30 años de sostener una continuidad democrática imperfecta, encontrar la fórmula para su remisión o cura espontánea.

Como en el caso de toda invocación mágica, ello no va a suceder y, peor aún, más temprano que tarde volveremos a caer en sus garras por una nueva “inevitabilidad”. Y dicho sea de paso, “vox populi, vox dei”, tampoco aplica para el caso de pretender resolver la deuda por la vía del “no quiero pagar porque es injusto” o por la razón que fuera.

A contramano de ello, se impone descartar de plano el uso de esa herramienta económica contraria al desarrollo armónico de todas las fuerzas productivas argentinas.

Está claro que, por un lado, debemos identificar quiénes, cómo y porqué una, y otra, y otra vez,las instituciones y la representación política nos llevan hacia ella, lo cual nos puede dar la solución para intentar despojarnos de la oprobiosa deuda que ya pesa y afecta significativamente nuestra vida social.

Pero también, debemos restablecer, de la mano de toda nuestra inteligencia, un plan estratégico estatal que estudie las relaciones económicas internacionales y sus reglas no escritas, con la mirada puesta en el devenir y en todo lo que somos capaces de hacer sin necesidad de recurrir a ella, conforme nuestra experiencia histórica cercana y todas las posibilidades materiales y culturales con que contamos.

Creo que ya es hora de entender y pensar sin interferencias, que el motivo fundamental de su recurrencia es el déficit crónico de divisas (eufemismo que encubre a la falta constante de dólares estadounidenses en nuestra economía), problema económico conocido como “restricción externa” y que ella es el resultado de nuestra forma de hacer comercio exterior, más que por la propensión irracional a ahorrar en dólares de los argentinos.

Esta situación se registra muy especialmente desde la imposición de la política económica de la última dictadura cívico militar eclesiástica y su sostenimiento es el hecho de haber perdido la batalla cultural que en ese tiempo se instaló en nuestra subjetividad y perdura como una certeza infundada.

Deberíamos obligarnos a preguntarnos no solamente “para qué” nos endeudamos, sino cómo podemos pagar los compromisos que asumimos o, mejor, determinar quiénes o cuáles sectores o prácticas económicas son las que deberían responsabilizarse desde su ejercicio profesional por el cumplimiento de sus compromisos, sobre todo cuando analizamos la brutal concentración que exhibe el entramado societario transnacional que explica el 80% de nuestras exportaciones y concentra el 7 manos la comercialización de los productos de 256.000 explotaciones agropecuarias o, recordamos que desde hace 30 años permitimos que las mineras se lleven nuestros recursos minerales a simple declaración jurada, o lo que es lo mismo, sin el control aduanero que le aplicamos al resto de nuestras exportaciones o importaciones.

Para ello, existe sólo una respuesta correcta: logrando un superávit constante de nuestra balanza comercial y el sector externo de nuestra economía debe ser la encargada de responder por el conjunto social, por la vía del pago de la máxima alícuota posible por los derechos de exportación consagrados en nuestra CN.

Sabemos que el resultado de la 2da G.M. ubicó a los EEUU como el actor dominante en la política internacional. Pero tenemos claro que desde ese momento su moneda soberana se instaló como el instrumento de pago fundamental y prácticamente inevitable de las transacciones comerciales internacionales.

Pero dudo mucho de que sepamos que eso pervive por influjo de las herramientas de adoctrinamiento político y de control comercial nacidas de los acuerdos de Bretton Woods. Allí se estableció el orden económico internacional que aún perdura, de la mano del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT por sus siglas en inglés, hoy Organización Mundial de Comercio –OMC) y el abandono del patrón oro y su reemplazo por el patrón dólar para establecer la convertibilidad de la emisión monetaria de parte de los bancos centrales de los países.

En cuanto se aborda esta problemática, caemos de inmediato en la cuenta de que existe entre nosotros otra relación social complicada y que la misma carece de la notoria negatividad que pesa sobre los empréstitos: el comercio internacional argentino.

Nuestra forma de hacer comercio exterior y su resultante,así como lo que pensamos sobre los impuestos que recaen sobre esa actividady sobre todo, la forma para la determinación de la relación de convertibilidad entre nuestra moneda y el dólar estadounidense, permanecen ocultas y casi desconocidas por la opinión pública en general.

Así, no caeríamos en la trampa semántica que llama por ejemplo “retenciones” a los “derechos de exportación” o dejaríamos de identificar erróneamente a los productores agropecuarios como exportadores de materias primas, lo cual sería, me imagino, un muy buen catalizador para el espurio enfrentamiento social “Campo Vs. Ciudad”.

Todos los argentinos somos “socios” de los exportadores, puesto que con el resto de nuestros impuestos construimos las rutas nacionales y los ferrocarriles, aportamos la infraestructura portuaria, mantenemos transitables las vías navegables, subvencionamos servicios públicos esenciales, Etc. Sin todo lo cual no podrían vender en el exterior lo que le compran a los productores agropecuarios.

Y además, debemos entender también sin medias tintas que una parte de esa comercialización internacional digitada y manejada casi exclusivamente por compañías transnacionales que anidan exclusivamente en las cuevas mal llamadas “paraísos fiscales”, le corresponde a todos los argentinos y se hace acreedor por vía impositiva, porque ponemos el “subsuelo” en todas y cada una de las explotaciones.

Eso nos recuerda que nos debemos un profundo “debate agropecuario” como sostiene incansablemente desde hace muchos años el esclarecido dirigente Pedro Peretti.

Y deberíamos iniciarlo de inmediato, si es que queremos seguir llamándonos racionales, porque por un lado reclamamos una parte dineraria de esa actividad, pero por otra invertimos cuantiosas sumas en la investigación contra las enfermedades que ella provoca y hacemos la vista gorda ante el demencial desastre ambiental que ello provoca.

Pero también, al estudiar de cerca a nuestro comercio internacional, nos daremos cuenta de que nos debemos una reconfiguración de nuestras relaciones productivas en base a ello.

Como sostengo más arriba, en 1976 los argentinos rompimos y desechamos, en estricta obediencia a los deseos imperiales que aún nos someten de manera cultural, comercial y financieramente, la mejor estrategia que alguna vez tuvimos los argentinos para lograr un crecimiento sostenido durante décadas además del desarrollo social integral para casi la totalidad de los argentinos, la “Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), que se inició cerca de 1943 y perduró hasta 1976 arrojando resultados notables y únicos en toda nuestra historia socio-económica.

Debemos saber que la ISI fue tanto resultado de nuestro “pensamiento económico nacional (patriótico, podría decirse sin temor a equivocarme) como de las condiciones mundiales imperantes y derivadas de la segunda Guerra Mundial.

Los números no mienten. Véase la siguiente síntesis realizada en base al trabajo del economista Carlos Leyba:

1943                      Comienza la ISI (en ese momento la Argentina carecía de “Deuda Externa” exigible) =

  • 32 años aumento constante del PIB = 80% (equivalente al 2,06% x Habitante), 4% de pobreza;

1976                      Apertura importadora indiscriminada + estatización de deuda empresarial fraudulenta (comienzo del ciclo de endeudamiento externo demencial)=

  • 45 años aumento promedio del PIB = 32% (equivalente en 0.58% x habitante), 23% de pobreza;

2015/2019           Apertura total de las importaciones, no obligatoriedad de ingreso de divisas, Deuda Externa descontrolada=

  • 35% Pobreza + Deuda externa 100% PIB + 300% Devaluación peso/dólar

Durante los treinta y dos años que imperó la lógica de la ISI, nuestra sociedad asistió, figurativamente, a una explosión en el desarrollo de todas las ramas de la ciencia, la técnica, la vivienda, los servicios públicos, el transporte terrestre y marítimo, vivienda, salud pública, previsión social, etc.

Hoy, las condiciones mundiales se vuelven parecidas al del periodo de entre guerras. De hecho, existe una “guerra comercial” entre las dos mayores superpotencias (EEUU y la República Popular China).

¿No será el momento para cambiar el rumbo y, de paso, releer las Memorias del Consulado de 1794 de don Manuel Belgrano en el año de su recuerdo?

El superávit comercial es una relación de términos matemáticos. Y se puede lograr no solamente aumentando las exportaciones sino, también, disminuyendo las importaciones lo cual, conforme nuestra experiencia histórica, es lo correcto y la razón para nunca volver a pisar la senda de los empréstitos.