por Miguel Núñez Cortés

Como un anexo, solo como un anexo de todo lo acontecido en el  “paro internacional de mujeres” del 8 de marzo, permítase un comentario que tuvo su origen en una estación de subterráneo.

 Partió allí la humilde inspiración de recordar fundamentalmente a dos mujeres, pero chiquitas, que murieron violadas y asesinadas hace casi 30 años. Jimena Hernández en 1989 y Nair Mostafá en 1990, de 11 y 9 años de vida, fueron muertas en la ciudad de Buenos Aires y en Tres Arroyos, respectivamente. Y también a Soledad Morales, ya más grandecita, en aquellos años (la prensa informó que algunos de sus asesinos fueron condenados).

 ¿Jimena y Nair, murieron para que otros vivan o murieron sin que otros pudieran vivir? Hubo – también – quienes  “vivieron” a costa de sus muertes. Miles de horas de televisión y ríos de tinta en periódicos y revistas. Policías, investigadores, abogados mediáticos y entrevistadores sin pudor ni vergüenza. Nunca se supo nada. Pasó al olvido, algo tan frecuente.

De no ser asesinadas ¿qué serían de adultas? Operarias calificadas, graduadas universitarias, investigadoras, artistas en cualquiera de sus ramas, amas de casa, diplomáticas ¿quién lo sabe? Y a su vez quizás podrían haber tenido hijas o hijos. Hoy, plenos de incertidumbres,  tampoco puede atinarse a definir qué futuro les aguardaba a los hijos de esos hijos.

Estos son los misterios de la vida y de la muerte. Son momentos en que los grandes  asuelan a los chicos. Los fuertes a los débiles. Es tan monstruosa la crueldad que en los espíritus de esos cegadores de vida no cabe ningún desasosiego.  Los que tronchan vidas de niñas como estas, no los asalta el más mínimo sentimiento de culpa. Es singular las edades de Jimena y de Nair: 11 y 9 años.

 Es un deber memorar a estas pequeñas mujercitas, esas que siendo, no fueron. Estas niñas salieron del anonimato oscuro, silencioso y triste, por haber tomado estado público la acción de los asesinos. Se encontraron sus cadáveres… ¡cuántas “mujeres chiquitas” habrá sin que se sepa nunca su lamentable final!

¿por qué hoy volvemos sobre estos crímenes atroces? El filósofo alemán Hermann Ebbinghaus (1850-1909) habló de la naturaleza del olvido:  “intentó explicar por qué se producía el olvido proponiendo varias teorías. La primera afirmaba que las huellas de memoria se deterioraban por el paso del tiempo por erosión, como le ocurre a una montaña, de forma que “las imágenes persistentes sufren cambios que afectan cada vez más a su naturaleza”, es la conocida como teoría del decaimiento de la huella.  

“Otra posible explicación sería la teoría de la interferencia, según la cual “las imágenes anteriores están cada vez más superpuestas, por así decir, y cubiertas por las posteriores”.

 Vaya si en eso no lleva responsabilidades el periodismo.

Y ahora, corresponde mencionar a  la fuente inspiradora de este sencillo artículo. En la Estación Dorrego del subterráneo de la “línea B” -en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires- existe un mural de cerámica horneada, obra de D. Edgar Ibarra Grasso, dedicado a Jimena Hernández, Nair Mostafá.  Incluye a Soledad Morales, esa joven que casi adulta fue deshonrada por varones violentos, convertidos en monstruosos asesinos.

El mural, está la vista; se ignoran los motivos del autor, aunque se entiende que habrán sido variados y complejos. Precisamente se lo rescata aquí con el objetivo de evitar el cumplimiento de la teoría del decaimiento de la huella; tiene la particularidad no solo de recordar a las tres pequeñas mujercitas, sino que, hablándole al oído a la Patria, le relata en un idioma originario, la letra del “himno nacional argentino” en jeroglíficos “quichuas o quechuas”, escritos en 1847 precisamente por “niños indígenas”, cuyo pueblo estaba dominado por los incas y aimaras, en esa época.

Estos niños “ab origine” escaparon de otras acechanzas, pero no fueron asesinados. Quizás hoy, correrían distintas suertes. Los “incivilizados quechuas”, por medio de sus chiquitos, pudieron dejar una obra de singular importancia que los ha trascendido. Simplemente a ellos y a ellas los dejaron Ser.