Por Juan Carlos Di Lullo

Han pasado más de once meses desde que la última de las pantallas de los cines argentinos quedó a oscuras. Casi un año de plateas vacías, de butacas desocupadas. La prohibición de llevar a cabo espectáculos públicos que impuso la pandemia de Covid 19 paralizó completamente al sector.

La lenta recuperación de distintas actividades sociales y la perspectiva favorable que abre la vacunación contra la enfermedad hizo que, paulatinamente, se fuera produciendo la apertura de algunas salas de exhibición. En enero de 2021 comenzaron a funcionar cines en provincias como Córdoba, Santiago del Estero, Mendoza o Jujuy, mientras que en otras se prolongaba la inactividad.

Sobre la última semana de febrero se levantó la prohibición en CABA y en Buenos Aires. Hay diferencias de funcionamiento entre ambos distritos: en el primero, la posibilidad de ocupar butacas con público se fijó en un 30% de la capacidad mientras que en la provincia la habilitación trepa al 50% de las plazas disponibles. En todos los casos, se establecieron protocolos de distanciamiento, desinfección y ventilación de las instalaciones y se dispuso la obligación de usar barbijos durante toda la función.

Han sido meses extraños para los aficionados al cine. La inactividad de las salas obligó a utilizar medios alternativos para disfrutar de los espectáculos, con lo que el auge de las plataformas con contenidos on demand creció exponencialmente. Y, por cierto, se fijaron nuevos hábitos de consumo entre los espectadores: las series acapararon las preferencias de los usuarios, se hicieron frecuentes las «maratones» para visualizar varias temporadas en pocos días, se hizo costumbre ver «en paralelo» dos o más propuestas. Las plataformas compitieron durante estos meses para ofrecer novedades; muchos estrenos de películas internacionales que tenían fecha de exhibición para mediados de 2020 terminaron lanzándose (algunas con mucho éxito) a través de Netflix, Amazon, Acorn, Cine.Ar y muchas otras.

El tiempo despejará la incógnita acerca de las preferencias de los consumidores. ¿Se impondrá la comodidad de ver en la propia casa el título elegido, a la hora que más nos conviene, con la posibilidad de repetir un par de escenas perdidas porque en ese momento sonó el teléfono, con la alternativa de suspender la proyección y reanudarla cuando nos venga bien?¿Las plataformas on demand marcarán una tendencia definitiva hacia la oferta (a veces agobiante) de títulos, que excede largamente a la de una cartelera tradicional, por nutrida que ésta sea? O prevalecerá el encanto de programar una salida y entrar a la sala a la hora indicada para compartir la proyección de una película a oscuras, en pantalla gigante y con sistemas de sonido fuera del alcance de un reproductor hogareño?.

¿Será ésta una etapa en la que buena parte del público se lanzará a sacar su entrada para superar el «síndrome de abstinencia» provocado por casi un año de ausencia de las salas de exhibición? O serán más los que todavía no confían en que los protocolos fijados son completamente eficaces a la hora de evitar contagios y decidan postergar por un tiempo la incursión por las salas?

Sólo se pueden aventurar hipótesis.

Lo cierto es que a medida que transcurren los días se van sumando pantallas a la exhibición y la vuelta a una cierta «normalidad» se percibe más cercana. Igualmente cierto es que en algunas provincias (como Tucumán, por ejemplo) todavía no se ha fijado fecha para la reapertura de las salas y los protocolos de seguridad aún están en estudio. Pero todo parece indicar que pronto la mayor parte de los cines habrá vuelto a la actividad.

Como la pandemia paralizó también las producciones, las carteleras estarán forzosamente pobladas (por el momento) con títulos filmados antes del cese de los rodajes. Algunos «tanques» hollywoodenses ya saltaron al ruedo, mientras que hay producciones nacionales que intentan ganar un lugar en las grillas de programación. Tal es el caso de «La noche mágica», filme dirigido por Gastón Portal y protagonizado por Natalia Oreiro y Diego Peretti, que debió lanzarse a mediados de 2020 y que recién el pasado 25 de febrero lo logró, convirtiéndose en el primer estreno de cine argentino desde que la pandemia cerró las salas.

Los clásicos tampoco pueden estar ausentes en la vuelta a la actividad: «Ocho y medio», título fundamental en la filmografía del eterno Federico Fellini se exhibe desde esta primera semana de marzo en varias salas de todo el país. La versión ha sido remasterizada y restaurada para brindar al espectador un producto a la altura de los estándares técnicos de calidad que la evolución de la tecnología ha aportado al cine desde que el realizador italiano la estrenara, allá por 1963.

Por fin, la reapertura de las salas aporta uno de los eslabones centrales en la larga cadena de la industria cinematográfica. En nuestro país, es de esperar que los organismos desde los que el Estado promueve (o debería promover) la actividad estén a la altura del desafío que entraña reactivar la producción de una industria cultural gracias a la cual Argentina ha descollado a nivel internacional; una actividad que, en el último lustro, sufrió especialmente los efectos nefastos de políticas de ninguna manera orientadas a fomentar la producción local, rematados por la parálisis impuesta por la expansión de una enfermedad para la cual, finalmente, la humanidad parece haber encontrado herramientas de combate que permiten avizorar un final en el tiempo.