La columna del director

Por Alejandro Mosquera

El establishment, el poder real, o como cada uno quiera llamarlo intenta encajonar el debate sobre las alternativas para el país en las dos variantes que respetan sus intereses estratégicos: neoliberalismo de derecha o neoliberalismo progresista. Tratan de pensar Argentina como un espejo de los sucesos políticos de EE.UU. y Europa. Piensan que el presidente norteamericano Joe Biden expresa el reemplazo de un neoliberalismo de carácter conservador, racista y violento por otro neoliberalismo que llaman “progresista”,  que atiende parte de los problemas de las minorías pero que sostiene su alineamiento con Wall Street, es decir con el capitalismo financiero y los intereses de los supermillonarios del capitalismo de vigilancia.

Les interesa que en Argentina existan dos coaliciones o polos que disputen “el centro”, dos polos que respeten los intereses de los grandes grupos concentrados de la economía y su alineamiento geoestratégico con los EEUU. Y buscan que el país se olvide de los años de resistencia, de luchas, de experiencia en derrotar los tres ciclos neoliberales que sembraron la catástrofe que vive el país.

Una parte de Juntos para el Cambio aprovecha la situación tratando de mostrar que ellos son mejores gestionando si de lo que se trata es de administrar la desigualdad y las políticas neoliberales. “Somos el mejor centro” les dicen a sus vecinos de enfrente y utilizan a su ala ultraderechista para mostrarle al electorado que ellos son los moderados, los que pueden disputar electoralmente contra el populismo.

También en la coalición oficialista hay sectores que abrevan en estas ideas de la disputa por el centro. Por un lado, las consultoras explican esas ideas como si fueran independientes gurúes del futuro argentino y no jugadores políticos rentados y por el otro, también lo replican algunos dirigentes sosteniendo una y otra vez que la correlación de fuerzas actual no permite saltarse los límites que impone esa misma correlación. Una forma elegante de disfrazar el corrimiento hacia el centro derecha.

Testarudo y memorioso

Sin embargo, la realidad y nuestro pueblo son testarudos. Crece el descontento y la desilusión por algunas políticas del gobierno. Se debate sobre la necesidad de contar con un programa, se reclaman medidas para recuperar soberanía, se exige que funcionen los funcionarios o que se busquen otro trabajo si tienen miedo. Se abre paso la conciencia de que ello no es ser funcional a la derecha y se rechaza la verticalización a un discurso único. Se exige espacio para protagonizar y que se atiendan los dolores de nuestro pueblo como la mejor manera de fortalecer el FdT y dar batalla a la derecha.

Los que pregonan la idea de correrse al centro para ser efectivos electoralmente sostienen en la práctica una pérdida de la pluralidad del Frente que es justamente su riqueza y su potencia.

Alentar esta idea es un error estratégico. Por un lado, le haría perder al gobierno su sustento social y por el otro profundizará al corrimiento al centro porque lo que se cercenaría es al pensamiento transformador.

Viejas ideas reaparecen en este contexto. El poder real más concentrado promociona la idea de la gobernabilidad como la esencia misma del buen gobierno. Cuando uno bucea en el concepto, gobernabilidad, para ese poder, significa aceptar su programa para el país, es decir, atender sus intereses de maximización de su ganancia aún a costa de la pobreza de los argentinos.

Aplauden los giros ortodoxos del gobierno, detestan a Cristina y denigran y censuran a todos los que proponemos una alternativa transformadora de la desigualdad.

Con ese telón de fondo se transita una parte clave de la negociación con el FMI sobre una deuda externa que fue contraída violentado la propia normativa del organismo y por decisión de Trump para que Macri ganara las elecciones. Mega deuda que no fue auditada, los fugadores siguen impunes, y los que la contrajeron y permitieron que vaciaran el Banco Central, están igualmente impunes.  Sabiendo todo eso, siendo evidente la experiencia del país y de otros países con el FMI, se habla del Fondo como si fuera un prestamista de última instancia y no uno de los instrumentos de dominación de las grandes potencias, ya sea por táctica negociadora, por ingenuidad, o por convicción, esa visión nos puede hacer un profundo daño.

Mientras, la inflación en especial en los alimentos, hace estragos en las capas medias, en los trabajadores y en los pobres del país.  Hay quienes quieren ignorar que es una forma de distribución regresiva del ingreso, quieren ignorar la responsabilidad de los grandes jugadores de la economía como formadores de precios. Igualan la responsabilidad del aumento descontrolado de los precios entre las grandes corporaciones y un kiosquero o con nosotros que compramos.

El programa de las patronales agropecuarias y de la corporación exportadora

En un país con tantas desigualdades como el nuestro, las formas de transformación presuponen un importante conflicto entre intereses contrapuestos.  Las patronales agropecuarias y las grandes corporaciones exportadoras sólo tienen interés en seguir aumentando  sus grandes ganancias en un mundo que reclama alimentos, sus propuestas no están dirigidas a sostener el mercado interno ni a proteger los alimentos de los argentinos. Por el contrario, cada vez que triunfaron fue a costa del desarrollo del país.

No quieren que el estado regule y controle, quieren pagar menos impuestos y que la AFIP los deje eludir, evadir y seguir fugando divisas. Pretenden reducir los derechos de los trabajadores, el salario real, que el estado baje el gasto público y si la gente protesta, que los ponga en “caja” con su aparato represivo. 

La moderación en las formas, el diálogo como método de transitar el conflicto no pueden confundirse con asumir su programa o “creer en su palabra” como si no estuviera claro cuáles son sus objetivos políticos, económicos y financieros.

No hay que asustarse por el debate

El debate en el frente de todos, su pluralidad, es su riqueza. Salir del neoliberalismo, construir un país más igualitario, convertir en realidad el nunca más al lawfare, la libertad de los presos políticos, transformar la justicia, garantizar una mejor distribución de la riqueza y el poder, exige la decisión y la templanza de los dirigentes, y sobre todo el protagonismo de las organizaciones populares, de les trabajadores, de les estudiantes y de los partidos.

La democracia real se conquista sin pedir permiso.