Por Eugenia Douek

Tarumba nunca te olvides
Tarumba lo que te aclaro
Ningún niño nace feo
Ni nace malo, ni nace malo

Teresa Parodi

 

Estábamos viajando hacia Oberá, Provincia de Misiones, recorriendo centros de salud y hospitales a fin de supervisar la aplicación del Programa Remediar del Ministerio de Salud de la Nación.

El paisaje parecía pintarse a nuestro paso en rojos y verdes de diferentes tonalidades y el intenso calor se iba desvaneciendo de a poco tras la brisa. El sol quemaba sobre la piel y también quemaba el alma cuando los niños descalzos se dejaban ver jugando o trabajando en ese escenario indignado de pobreza.

A mitad del camino o, mejor dicho, a mitad de la jornada, paramos en un lugar para almorzar. El sitio, un tanto elegante para la ocasión, se erguía arrogante en medio del despojo de las viviendas cercanas.

A la entrada, sobre un tronco estaba EL NIÑO sentado, vestido con unos andrajos. Sus piernitas flacas se hamacaban dejando ver sus pies descalzos.   Su sonrisa franca abría la ventanita de sus dientes de leche que el ratón Pérez ya se habría llevado, seguramente sin pagarle un centavo. Sus seis o siete años quedaban a la vista.   Sin nada, pero con mucho, su sonrisa de oreja a oreja y sus buenos días al vernos ingresar.

Los enormes ventanales del bodegón nos permitían seguir disfrutando del paisaje y ser espectadores de los movimientos de ese escenario de tierra colorada.

Un camión enorme aparcó a orillas del restaurante, traía enormes bolsas de carbón. El niño se acercó corriendo. El hombre no tardó mucho en cargar una sobre su pequeña espalda para que la llevara a destino. Y así fueron muchos recorridos de ida y vuelta corriendo. Su espalda y sus piernitas se iban doblando cada vez más, pero él resistió hasta el final. Cuando terminaron de descargar, el hombre ingresó al local para recibir su pago y el niño volvió al tronco talado y esperó sentado, literalmente “esperó sentado”.

Cuando salimos del lugar y habiendo observado lo sucedido, le preguntamos, ¿te pagó? Y el niño, que como todo niño, siempre piensa que el mundo es bueno, con una sonrisa, dejando ver su simpática ventanita respondió “no, porque no tenía cambio, otro día me va a pagar”.

Me da vergüenza decir que le dejamos unos pesos, y me da vergüenza porque se trata de una limosna injusta, como injusto era todo lo que había sucedido.

No sirve debatirse en controversias filosóficas; si está bien dar limosna o propinas, si no hay que fomentar la idea de que los que tienen dinero son buenos, si hay que profundizar las contradicciones. Todo eso se desintegra al momento de tener frente a nuestra mirada este cuadro de situación.

¿Me pregunto, de qué niñez hablamos cuando decimos que los primeros años son fundantes para la formación humana? A qué niño/a nos referimos cuando celebramos el día del niño/a? ¿A quién le decimos que deje los zapatos para que los reyes dejen regalos? Estamos incluyendo en nuestro imaginario a niños/as con los pies descalzos? ¿O a los que cargan carbón sobre su espalda con la esperanza de poder llevar unas monedas a su casa para el pan del día? ¿O al que queda en casa cuidando de sus hermanitos más pequeños? ¿O a los que duermen debajo de un puente con miedo a la oscuridad de la noche? ¿O a los que ven derrumbada su infancia por los abusos sufridos? ¿De qué hablamos cuando hablamos de infancia?

Es trillada la frase “Los niños de hoy serán los argentinos de mañana” Perdón, pero no estoy de acuerdo, LOS NIÑOS SON HOY y claro que mañana también. Porque los adultos no dejamos al niño en el baúl de los recuerdos para seguir la vida.

Vamos sumando cada vez más y cuando la carga va pesada sobre la espalda, se doblan las piernas y se endurece el alma.