Tucumán siempre se destacó por ser la cuna de grandes mujeres y de grandes hombres. Mujeres y hombres que nos enorgullecen a todxs los tucumanxs por sus talentos y sus obras. Mujeres y hombres que, logrando trascender los límites de la geografía, se instalaron en el patrimonio nacional. Y desde hace apenas 48 horas, otra mujer tucumana forma parte de esa galería interminable: Cecilia Ousset, “la doctora”.

Cecilia se dio maña en apenas 42 años, para estudiar medicina en la UNT, hacer la residencia en Tocoginecología en Mendoza, volver al pago, casarse, tener cuatro hijos, militar en el campo nacional y popular y ejercer la solidaridad y la ternura, toooodo al mismo tiempo. Ah! casi me olvido… y en los ratos libres andar ututeando en las redes sociales para compartir su preocupación por los destinos de la Patria y para escribir textos tan valientes como el que publicara en su muro de facebook y que ya lleva millares de reproducciones.

No es frecuente leer el testimonio de alguien que con un lenguaje preciso y contundente, amalgame sus sentimientos, sus creencias religiosas y sus convicciones, con los aspectos técnicos de la salud pública. Y menos frecuente aún es que logre conmocionar tanto a sus lectorxs. Muchísimo menos abordando una problemática tan compleja como es la legalización del aborto que propone el proyecto de Ley que se está debatiendo en diputados y que tiene a la población dividida y enfrentada.

Ella, en su texto, hace un excelente diagnóstico de la situación por la que atraviesan las mujeres que abortan (tanto en el subsector público como en el privado) y desnuda junto a la hipocresía, los preconceptos y los mitos que atraviesan transversalmente a la sociedad; su propia mirada sobre lo que significa la igualdad de oportunidades.

Su grito aturde tanto a esos seres oscuros que se esconden en el anonimato o se envalentonan por chat, que despierta los peores agravios, pero se escucha con una claridad meridiana en un enorme puñado de ciudadanxs que hicieron, (como ella) del amor a la vida, una bandera. “muchas gracias por sus palabras, mientras ustedes me mandan amor, otros me mandan exorcismos por Messenger”

Imposible no oír su alarido. Imposible no sentir su coraje y su sensibilidad. Imposible no pensar y repensarnos después de leerla.

Imposible ser neutral.

 

NO SOY NEUTRAL

Mi nombre es Cecilia Ousset. Soy católica, médica, especialista en tocoginecología, madre de cuatros hijos. Trabajo actualmente en el Sistema de Salud privado, aunque me formé y trabajé en el Sistema Público en la Ciudad de Mendoza.
Nunca estuve y tal vez no estaré de acuerdo con el aborto en sí; es por esa razón que nunca me hice un aborto y tampoco se lo hice a nadie; a pesar de conocer la técnica perfectamente y ser muy buena (perdón por no ser modesta), en la realización de legrados.
Muchísimas veces tuve que hacer legrados en el Hospital para “terminar” abortos clandestinos. Mi récord personal son dieciocho legrados en una guardia.
Vi morir mujeres (a veces madres de varios chicos), que pasaron lamentablemente sus últimos minutos lúcidas conmigo y una policía preguntándole “quién le había realizado el aborto porque era un delito”. Sinceramente, nunca jamás escuché a alguna decir el nombre del que o la que había cobrado por sus inexpertos servicios.
Recuerdo esas guardias donde armábamos las partes fetales en la mesita quirúrgica para asegurarnos de que no le quede nada adentro a la madre. Siempre la parte más difícil de sacar del útero era la cabeza, porque al ser redonda, rodaba cada vez que la quería “atrapar” con la pinza. Estas mujeres se enteraban tarde del embarazo e intentaban el aborto con más de doce semanas de gestación.
Muchas veces esas chicas estaban en mal estado clínico y con el útero o el intestino destrozado.
Esas mujeres que ingresaban mintiendo que “habían levantado un fuentón con la ropa de los chicos” y habían empezado a sangrar, eran para mí y mis compañeros de guardia , el inicio de una jornada violenta, y la suma de esas jornadas deben haber herido mi alma profundamente: Abortos con perejil, con agujas de tejer, con permanganato de potasio, con Oxaprost en cantidades insuficientes. Todos servicios pagados en la medida de las paupérrimas posibilidades al inexperto o inexperta del barrio. La mayoría eran mujeres jóvenes, pobres, algunas con otros hijos; que llevaron el dolor, la fiebre, el olor a podrido y el secreto del nombre del “abortero” hasta la tumba.
Estoy segura que es la primera vez que me expreso sobre todo esto. Creo que algunas veces lloré en la intimidad de mi casa y en los brazos de mi esposo. Pero no por el dolor de esas chicas, sino por la impresión que me había dejado el hecho de haber terminado esos “trabajos” con la mayor objetividad y pericia posible.
Esas chicas fueron objeto. En todo momento fueron deshumanizadas y juzgadas.
Como lo que habían hecho era ilegal, eran repudiadas desde que entraban al hospital hasta que se iban (vivas, muertas o con una causa judicial).
Estoy tan arrepentida de no haberlas comprendido, de no haberlas amado, de no haberlas acompañado amorosamente en un momento tan terrible!. Estoy tan arrepentida de haber tenido mi cerebro y mi alma tan limitada decidiendo quién tenía más o menos moral y quién merecía más o menos mi respeto!. Estoy tan arrepentida que siento que las palabras para expresarme todavía no se inventaron.
Después comencé mi práctica privada. Y ahí empecé a ver la otra cara de la moneda.
Las chicas que me pedían un aborto “porque mi mamá me va a matar”, “porque quiero terminar mis estudios”, “porque se borró mi novio”, “ porque me van a correr del trabajo y mi marido se fue de la casa”, “porque soy catequista y esto es inadmisible…”.
Siempre intenté con la palabra y el respeto de que sigan con su embarazo, buscando alguna salida. Porque muchísimas veces después de un aborto, hay arrepentimiento y dolor. Pero claro, cada uno tiene sus momentos de desesperación y sencillamente se iban (y se siguen yendo), a cualquier otro médico que les practique un aborto seguro en una clínica que les permite después seguir vivas para llorar, confesarse, y tener más hijos con una pareja continente o en una mejor situación emocional o económica.
Lo sé porque a esos partos yo misma los asisto.
Lo sé porque vuelven conmigo a los controles porque aprendí a no juzgar sino a acompañar.
Por todo eso, por dieciocho años en la práctica ginecológica , por mujer, por católica, por trabajar permanentemente mi interior para lograr la coherencia y abandonar en la mayor medida posible la hipocresía, digo: QUIERO ABORTO LEGAL, SEGURO Y GRATUITO para todas las mujeres que se encuentren en una situación desesperante e íntima.
Me repugna un país donde después de un aborto las ricas se confiesen y las pobres se mueran, donde las ricas sigan estudiando y las pobres queden con una bolsa de colostomía, donde las ricas hayan tapado la vergüenza de su embarazo en una clínica y las pobres queden expuestas en un prontuario policial.
La discusión no es aborto sí o aborto no. Eso lo dejemos para las discusiones de los creyentes y para tomar nuestras decisiones personales.
La discusión en el Congreso de la Nación es si esta sociedad desea que entre las mujeres que indefectiblemente se van a practicar un aborto, se pueden lograr las mismas seguridades clínicas para hacerlo. Para que las pobres no sean mujeres de segunda o tercera categoría. Para que las pobres también sigan vivas para arrepentirse, confesarse, tener un hijo con una pareja continente o en una mejor situación económica o emocional. Para que la sociedad sea menos hipócrita y haya en la realidad de la muerte, un poco más de amor.