Por Gaspar Russo

Al fin y al cabo el calendario nos marca como fechas importantes, aquellas que establecen patrones de consumo que buscan incentivar las ventas. Así, el festejo del día del amigo o del padre o de la madre o del niño –entre otros–, son instancias para potenciar el comercio; en especial, en épocas donde la recesión se hace presente, porque el mercado interno no encuentra un adecuado desahogo; y porque quienes no pueden consumir productos relacionados a esta fecha, destinan sus ingresos al consumo básico, es decir a alimentos y bebidas. Reconocemos otras festividades impuestas por el marketing y que ni siquiera forman parte de nuestras tradiciones argentinas, pero la mercantilización es así: lo impone y muchos gastan sin chistar. Sin embargo, hay una fecha que crece en importancia por el grado de concientización que las sociedades fueron adquiriendo y es el 8 de marzo, día internacional de la mujer. Aquí, el marketing debería apartarse de su lugar ya que nada tendrá que aportar, porque no se trata de vender algún concepto u objeto o promoción a ellas –aunque intentará de todos modos frivolizar la fecha para su provecho–, a no ser que su difusión se utilice como medio para sembrar conciencia y así conquistar, para las mujeres, los derechos que aún esta sociedad patriarcal les debe.

Pensemos en todos aquellos derechos que están peleando: el derecho al aborto legal, seguro y gratuito; a estar protegidas por un Estado que en todas sus esferas aún se muestra incapaz de poner fin al horror que viven, al seguir siendo víctimas de un femicidio cada 23 horas; a tener trabajos dignos y no precarizados y por los cuales sufren la desigualdad salarial; a tener acceso a los mismos empleos que los hombres y no por medio de una absurda división sexual del trabajo; a demandar un verdadero desmantelamiento de las redes de trata de personas y tráfico sexual. Estos derechos son apenas una muestra de todo lo que falta batallar para lograr una verdadera simetría de género. Porque, digámoslo con todas las letras, la humanidad vive una asimetría entre géneros y esto debiera analizarse como efecto de las relaciones desiguales de poder.

Me detengo, de todos ellos, a pensar en la desigualdad salarial por ser un grave problema que fomenta la dependencia de la mujer hacia el hombre y porque en la mayoría de los casos esta situación le asigna automáticamente las labores domésticas como eje central de su tarea principal y por el cual girará toda su vida. Recordemos que la forma en que comenzó a gestarse el patriarcado fue por medio del sometimiento y la misoginia a la mujer; y así poder asegurar la paternidad como forma de perpetuar la propiedad privada del individuo hacia sus hijos. La manera de materializarlo fue a través de las grandes religiones monoteístas como la judía, la cristiana y la musulmana las que dieron justificación mitológica a la misoginia, convirtiendo a la mujer en la culpable de todos los males. La impura, la que había que controlar y vigilar; además de reducirla al papel de dar placer, de reproducir y a dedicarse la las tareas domésticas. Dicho esto, ¿por dónde encarar este problema?

Visualizo tres esferas por donde articular el problema planteado: una está en el mundo académico y la otra en el mundo empresarial. Una es consecuencia de la otra. Una tercera, la política ¿Cómo se articulan entre si?

Es en el mundo académico donde primero se capacitan los profesionales que luego trabajarán para las distintas empresas que operan en el mercado comercial, conjuntamente con otros empleados que no siempre provienen del ámbito universitario. Es desde ese espacio donde se deben generar cambios significativos en los contenidos de los planes de estudios, porque muchos de ellos aún egresan con una formación ortodoxa al mundo laboral; como por ejemplo en las ciencias económicas de la universidad pública donde aún predomina la enseñanza clásica y liberal. El papel de la educación como herramienta de transformación social siempre debe estar en sintonía con un proyecto de país inclusivo, porque contribuye a planificar qué clase de profesionales necesita una Nación para que este objetivo se lleve a cabo, de lo contrario, suele servir al interés de pequeñas minorías, su finalidad. Estos trabajadores acceden al empleo producto de la demanda laboral del empresario, en cuanto a la capacidad, experiencia y conocimiento que el cargo requiere. Todas estas características están resumidas en lo que conocemos por perfil laboral. Es desde este documento donde debiéramos trabajar para generar una ruptura con el modelo clásico y así lograr el fin de una de las tantas desigualdades estructurales inherentes del capitalismo socio-solidario del patriarcado tal como lo planteamos. ¿De qué manera?

Los responsables de las gerencias de Recursos Humanos (término este que merece todo un párrafo aparte), son los encargados de confeccionar el perfil laboral de cada uno de los puestos de trabajo que conforma el organigrama de las organizaciones y por el cual tanto las empresas como las consultoras especializadas buscan cubrir los puestos demandados. Un perfil laboral debe detallar –entre otras características– las habilidades, conocimientos previos, tareas, riesgos y responsabilidades que necesita tener el puesto laboral. Luego, un analista ligado a esta función valorizará en términos económicos la posición, asignándole un salario. La primera pregunta que asoma con fuerza es: ¿existe alguna tarea que hoy ejercen los varones y que no pueda ser llevada a cabo por una mujer? Pensemos. Afirmo que no. Todas las tareas laborales pueden desenvolverse perfectamente por cualquiera de los géneros humanos; y esto es un hecho que no debiera remitirnos a duda alguna. Significa, que, al perfil laboral, debiéramos eliminarle de cuajo el ítem “Género” ya que toda labor aplica perfectamente a lo dicho; y en cuanto al salario, una vez determinado, tendrá que igualarse (por obvia razón) al del varón.

¿Es todo lo que debe hacerse y pensarse al respecto? Sería ingenuo suponer que el empresariado, alertado del estado de concientización creciente que hoy existe en el país y en la región y en el mundo de esta problemática, decida entregar su rentabilidad tan fácilmente. ¿Por qué hablamos de rentabilidad en estos casos? Porque al nivelar la masa salarial hacia arriba, se estaría apropiando de menos ingresos económicos o, visto, por el contrario, sus gastos generales (en términos contables) se incrementaría teniendo un impacto negativo en su propio patrimonio. De todas formas, esto sería un simple maquillaje a todo lo hablado, porque estaríamos omitiendo la verdadera causa en disputa y es discutir el poder de la mujer. Acaso, ¿cuántas de ellas ocupan lugares preponderantes en los sindicatos o en la justicia o en los distintos ámbitos de decisión?

Por lo tanto, aquí ingresa la tercera esfera en acción: la política. Esta nueva modalidad de ejercer la distribución económica al interior de una organización (y que damos por seguro que no será del agrado del empresariado en general) necesita para su materialización de un Estado que propugne mediante leyes y mediante el control de su efectiva aplicación, la consagración real de estos nuevos paradigmas que los tiempos imponen.

De esta manera se estarían articulando las tres esferas planteadas para continuar por el camino de la lucha que juntos debemos recorrer y alcanzar. Afortunadamente, las mujeres del mundo –y desde hace un largo tiempo– comenzaron a transitarlo. Son cada vez más y con más fuerza, entusiasmo y convicción. Y ya ha quedado demostrado que (como grita la calle) cuando las mujeres paran y se manifiestan por un objetivo noble, se para el mundo.