Mientras criábamos a nuestrxs hijxs y hasta que se hicieron grandes jugamos, al volver del colegio, a que cada unx empezaba a decir una palabra buena (amor, paz, hogar, Patria, hermano, recreo, etc, etc) y lxs otrxs seguíamos, sin parar, a la vuelta de la mesa familiar con la catarata de buenas palabras. Perdía el/la que se demoraba y entonces la ronda volvía a empezar al revés, esta vez con una mala palabra (odio, violencia, traición, castigo, mentira, etc,etc).

Seguramente la idea era que ellxs fueran absorbiendo (consciente e inconscientemente) la forma de pensar y de sentir de sus papás, no sólo a través de nuestros ejemplos, sino también a través del uso de las palabras, de las buenas y de las malas, no lo sé (ni creo que me importe demasiado) porque nunca analizábamos cada cosa que hacíamos con ellxs, más bien nos dejábamos llevar por la intuición. Una anécdota del Leo de esos años, se nos grabó para siempre en la memoria. Tendría 4 o 5 años este niño, el muy menor de cuatro hermanxs, el que era el bebote de Camila, quién ejercía «la» mayorazgo con sus, por entonces, 18 o 19 a cuestas, y la que ese día estaba sentada a su siniestra cuando le tocó a él el turno de lanzar una de las malas. El caso fue que, desobedeciendo a la prohibición de los nombres propios y, probablemente por miedo a perder el juego al demorar en responder, despertó las carcajadas y los interminables aplausos de pie de todo el auditorio, ante su gritito tembloroso: 

«eeehhhh….¡¡Bussi!!»

Muchos años más tarde, ya con lxs hijxs adultxs con su vocabulario propio y sin nuestra intervención cotidiana, me estremece escuchar todas esas malas palabras pronunciadas con tanto odio por otrxs hijxs  y por otrxs padres, quienes mordiendo los dientes y con los ojos desorbitados, las escupen sobre quiénes respetamos tanto su valor. Y lo peor…en muchos casos, salen de bocas de algunxs que, hasta el 21 de noviembre de 2015, aparentaban que, como para nosotrxs, la Patria era el/la Otrx. 

Resulta muy triste descubrir, entre esxs lanzadorxs de palabras feas, sucias y malas, a muchxs a quienes, erróneamente, imaginamos disfrutando también de amorosas tertulias en familia, disfrazadas de almuerzos, disimuladas entre cenas y parecidas a meriendas. Y es cuando advertimos que no basta compartir los orígenes para sentir que caminamos juntxs, a la par.

Cambió la ronda, ahora te toca a vos…