Por Mariano Pinedo

Si hay algo que puede definir o caracterizar el rumbo de un proceso peronista, inmerso en el devenir del movimiento nacional, es la marcada vocación protagónica de los sectores populares; el rol de las orgánicas del pueblo en la configuración comunitaria y en la decisión política propiamente dicha. Cuando desde las usinas antiperonistas, de concepción elitista, comenzaron a definir al movimiento como aluvión zoológico, encontramos en su mirada crítica, si se quiere con pretensión despectiva, nuestra mejor definición. Lo que se intentó presentar como imagen negativa, mostruosa, atemorizante, lo abrazamos como una potencia propia, real, auténtica, popular y lo convertimos en un nosotros político. El aluvión, lo vital, lo creativo, lo incontrolable, lo profundamente americano, lo transformador, lo que Rodolfo Kusch llamaba “una metafísica vegetal”, pasó a ser, a constituirse, en una identidad arraigada del movimiento peronista. Allí encontró su fuerza arrolladora, propiciando siempre el protagonismo libre de las fuerzas telúricas que procuran sacarse el yugo de un supuesto orden que garantiza el statu quo.

Esa, digamos, actitud y disposición a que el pueblo protagonice la política, como hecho social,  orgánico, vital de los seres humanos que buscan siempre constituirse en comunidad, identifica fuertemente no una idea sino un modo de ser propio del movimiento nacional. Somos y debemos ser eso. Cualquier situación que impida que ocurra ese proceso y que pretenda ahogarlo, minimizarlo, despreciarlo o burocratizarlo es, al decir de Evita, oligárquico. Toda construcción excluyente, de círculo cerrado, de funcionariado dirigencial celoso de su propio protagonismo personal, es contraria, como método, a la expresión genuina del poder popular. ¿Pero cuál es la consecuencia de eso? ¿Es acaso un principio que enunciamos para colocarnos en el cómodo lugar de desperonizar a alguno y tildarlo bajo un mote descalificador? No, eso no tiene la menor importancia. El problema de eso es que le quitamos vitalidad a los procesos. Impedimos su potencia. Desaprovechamos su riqueza, su diversidad, su verdad. Esa verdad que, al decir de Karl Jaspers, “se percibe y escucha mutuamente” y solo pueda ser observada y expresada en en una “profunda comprensión recíproca” entre miradas de diversos orígenes que transitan históricamente distintos caminos. Tomar posición en favor del protagonismo popular, con todo lo que eso tiene de aceptación de la diversidad, nos permite ver y decidir desde el lado de la comunidad. Valorar mas los lazos de vinculación que las grandes ideas y verdades. En todo caso, identificar mas a la verdad como aquello que nos liga -también Jaspers- y nos permite ser, estar y actuar sobre la realidad, en lugar de buscarla en el terreno de las opiniones o sistemas ideológicos.

Ahora bien, aun sabiendo que esa es nuestra génesis y allí se encuentra el ADN de la potencia política del peronismo, lo que lo convierte en cultura, lo que lo hace transformador pero a la vez le permite transitar e intuir los tiempos y los ritmos populares, reconocemos que allí puede radicar también el peligro de su supervivencia. Fundamentalmente por la distancia evidente que existe entre ese proceso profundamente democrático (vital y libre) y ciertos aspectos de la institucionalidad del derecho positivo, diseñada e implementada desde parámetros y criterios demo-liberales, estrictamente acotados al principio de representatividad formal ysustentadosen las relaciones de poder existentes al momento de su instauración legal. Es posible que dicho sistema institucional haya sido o pretendido ser, originariamente, el principio creador de una forma de pensar la República Argentina, tal como la imaginaban las clases dirigentes de entonces. Podemos o no discutir esa mirada o esa intención. Pero lo cierto es que ahora funcionan “para entumecer y conservar como el hielo”, como “principio de estabilización y momificación de una cultura declinante”(dice Karl Jaspers en el Origen y Meta de la Historia), impidiendo el acceso a los ámbitos de decisión aesa Argentina invisible de la que hablaba Mallea, a esa Argentina actuante, inserta en la cotidiana tarea de construir comunidades. La Argentinaexcluida de la posibilidad de decidir en el sistema institucional imperante, no es solo la definida como sectores trabajadores o sectores marginados, sino toda la Argentina que no forma parte del centralismo burocratizado, “rosquero”, portuario, financiero y atado a los intereses globalizantes. La Argentina de la producción, del trabajo y de la vida cotidiana en los territorios.

Es por eso que sin quitarle valor al “gregarismo”, al movimiento vital, libre y democrático, capaz de incorporar diversidad, federalismo, tradición y modernidad que, como decía Perón, fue y es “el factor decisivo en la promoción de los movimientos revolucionarios”, debemos tambien comprender que “es menester pensar que su consolidación en el tiempo sólo puede realizarse a través de una organización”, accionando hacia una institucionalización que le déa la Nación una capacidad de decidir de manera mas orgánica. Ello nos exige pensar en un nuevo sistema institucionalque permita una activa y decisiva participación del pueblo en la toma de decisiones del gobierno, en el marco de la articulación con sus organizaciones libres. Las formas de decisión en las cuales la sensibilidad de los pueblos esté ausente, debilita enormemente a la naciones en cuanto tales y también a los gobernantes,que pierden la necesaria referencia con el pulso de los tiempos, con la dimensión de las metas y con el alcance de las objetivos que se definan. La nueva institucionalidad no debe acotarse a sistemas elitistas, endogámicos, de microclima politiquero. Muy por el contrario, debe encontrar la forma de construir la decisión política con la mayor amplitud de miras en el momento de ver, apreciar y planificar, armonizando los distintos enfoques y ámbitos de impacto, para que cada uno de los miembros de la comunidad tengan su rol en la realización victoriosa de la obra política definida como objetivo: “los padres en los hogares; los maestros y profesores en lasaulas; las fuerzas armadas en buques y cuarteles; los gobernantes y legisladoresmediante su obra de gobierno; los intelectuales y pensadores en sus publicaciones; elcine, el teatro y la radio con su obra educadora y publicitaria. Y, finalmente, cada hombreen la formación de su autoeducación” (Juan Domingo Perón – Significado de la Defensa Nacional).

El momento que vive el mundo es de una extrema complejidad. Un futuro post pandemia, que necesariamente debe orientarse a una mayor armonía y justicia social, con menos desigualdad entre los seres humanos y con mayor responsabilidad en el cuidado de la casa común, depende como nunca de la inteligencia y la amplitud con que sean tomadas las decisiones. La globalización es una realidad. Negarla no resuelve nada. Como tampoco resuelve nada allanarse a los caminos de uniformización y resignación. Configurar un nuevo sistema mundial, aunque parezca muy ambicioso, es posible a partir de micro procesos con raigambre territorial, con esquemas de mayor vinculación solidaria y orgánicas sociales fundadas mas en el amor que en dinero. Porque los modelos productivos, aún siendo parte de las normas naturales de la economía, también pueden y deben tener un enfoque humanista, que busque caminos de organización orientados a satisfacer necesidades del conjunto. Los actores locales, en las comunidades, tanto gubernamentales como del sector privado, son clave en el diseño de una nueva institucionalidad y un nuevo marco metodológico en la toma de decisiones. 

El globalismo uniformante, que se presentó como un camino irreversible que venía a hacer desaparecer las identidades culturales, las naciones y las particularidades de cada cultura, choca en tiempos de pandemia con un reflotar de los nacionalismos, que pareciera proponer como solución el cierre de las fronteras y el aislamiento de los países, en una suerte de sálvese quien pueda, cada uno con lo propio. La alternativa a esa disyuntiva, como siempre desde la mirada de una tercera posición justicialista, es una organización político institucional que brinde mas herramientas a la organización comunitaria y gubernamental local, desde donde se puede pensar, planificar y ejecutar políticas que involucren el compromiso y los lazos de vinculación entre los actores de cada territorio. Eso puede generar, sin dudas, una política mas realista, tal vez menos ideológica, menos apegada a la opinión y consecuentemente con mayor vocación por la unidad, que es lo que los hombres y las mujeres hacen cuando identifican objetivos comunes y se disponen a cumplirlos solidariamente y para el beneficio común.

Decía Perón, en noviembre de 1972, que “debemos empezar a pensar en la tierra que es la que nos comprende, nos alimenta y nos sostiene a todos. Y si esa evolución ha de producirse, es indispensable que nuestras comunidades vayan también adaptándose a esa necesidad y vayamos evolucionando en lo económico, en lo social y en lo político, para poder enfrentar el terrible problema que, como asechanza, nos está esperando en el año dos mil.”