Por Jimena Néspolo 

Entre mayo y julio de 1866 William Perkins, un canadiense aventurero radicado en Rosario unos años antes, realiza su Expedición al Chaco[1], adentrándose en las regiones más salvajes y desconocidas del norte argentino. Su objetivo es claro: realizar un informe de la fauna y flora existentes, de la riqueza de los recursos de la zona para fomentar la inmigración básicamente anglosajona e incorporar estos territorios a la provincia de Santa Fe.

Directa o indirectamente, participan de su expedición todos aquellos sujetos pertenecientes a la esfera pública y privada que tienen serios intereses en que, sucedida la exploración, se continúe una etapa de rotunda explotación: agentes de gobierno, baquianos, indios convertidos, patriotas y no tanto, inmigrantes y pioneers se suman a la aventura. Ya como secretario de la Comisión de Inmigración de Rosario, Perkins publica su informe en 1867 junto a un curioso mapa “Para los Inmigrantes”, realizado por él mismo, donde ofrece una imagen atractiva de un interior que se apropia del gran Chaco y lo vuelve apto para el afincamiento de colonias agrícolas.

Como una historia contada en dos tiempos, el informe y el mapa muestran el presente exorbitante y desmesurado de una naturaleza generosa y las posibilidades ciertas de su aprovechamiento. Por ejemplo, en las páginas en que se dedica a consignar todas las especies de árboles existentes en la zona, se toma el trabajo de apuntar, también, cuáles son sus características y posibles usos industriales. Así es como informa que el ñandubay es bueno para “postes de corrales, umbrales de puerta y para objetos de construcción sujetos a la humedad” y que además sirve “para mesas y otros muebles sólidos o tallados”; que de un solo tronco de timbó se puede realizar una canoa donde “caben entre treinta y cuarenta hombres”; que la madera del virapitá es blanca y fácil de elaborar y que la del tala se usa para mangos de herramientas; que el coronillo es un árbol de madera fuerte, que “es  muy coposo y produce un jugo venenoso que los indios Tobas hacen uso para sus lanzas y flechas”.

A este exuberante repertorio vegetal, le suma la paleta variopinta de su fauna y, en el mismo nivel de reflexión, algunas características de las comunidades originarias que considera graciosas, por ejemplo el de considerar como sagrados a algunos animales y evitar cazarlos –animales hoy casi extintos–. Perkins enfatiza la existencia de estas tierras vírgenes de toda colonización, donde conviven osos hormigueros, jaguares, antas, pumas, venados y carpinchos, junto a dos clases de indios que expeditivamente agrupa en: los “reducidos” y los “montaraces” –a unos su expedición los arrea, a los otros les teme.

El informe de Perkins es ejemplar al menos en dos sentidos: muestra el rol protagónico que tuvo para el Estado argentino el inmigrante después de la batalla de Caseros y la manera en que el modelo civilizatorio capitalista se enfrentó –¡se enfrenta!– a la naturaleza con premisas eminentemente extractivistas.

En efecto, después de Caseros la figura del “inmigrante” encarna los más altos valores de la civilización occidental;son años donde el magisterio y los debates tramados por las obras de Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento sobre las bondades de la colonización y las virtudes de ciertas “razas” comienzan a cuajar en leyes: la Constitución de 1853 y, especialmente, la ley de inmigración y colonización de 1876 que definirá a quién se consideraba inmigrante y qué clase de derechos y beneficios ofrece el Estado argentino. Así, todo extranjero que llegase en buques de vapor o vela para afincarse en el país, si había viajado en la segunda o la tercera clase del navío (a los de primera se los consideraba simples viajeros), era tenido por “inmigrante” y podía acceder de inmediato a los programas de colonización, alojamiento y transporte gratuito que ofrecía el Estado.

Bajo estos supuestos, y pensando particularmente en el bando de los vencidos en la Guerra de Secesión estadounidense (1961-1865) prontos a movilizarse en busca de nuevas oportunidades, es que Perkins elabora su informe y pergeña su mapa destacando con color rosa las colonias ya existentes, y las potencialidades de circulación de gente y mercaderías, por vía fluvial a través del río Paraná (destacado en azul), y de manera terrestre a través de las vías del Ferrocarril Central Argentino (en amarillo).  

Ciento cincuenta años han pasado desde entonces: en Santa Fe y el gran Chaco se multiplicaron las colonias gringas que tomaron posesión de las tierras como si nadie allí las habitara; sueños y fantasías de progreso que se desvanecen hoy frente a las imágenes satelitales de grandes bosques saqueados en pos del monocultivo y la maxi-ganancia. Curiosamente Chaco es, también, una de las provincias más flageladas por el Coronavirus. Quizá sea el momento de observar elvínculo existente entreextractivismo, pandemia y deforestación y, asimismo, imaginar otro mundo posible, donde las alertas apocalípticas sobre los desastres climáticos y el asedio virósico propiciado por multimillonarios negocios agroindustriales sean tristes episodios que la humanidad deje atrás. 

Es que en contra de lo que podría suponerse, la deforestación del Norte argentino creció durante el primer semestre de 2020, a pesar de la pandemia y el parate general de la economía: como si el foco virulento del SARS-COV2 estuviera allí mismo, manejando las feroces topadoras que a diario arremeten contra los guayabos, algarrobos y demás especies naturales del monte. Así lo indica un informe de Greenpeace, dado a conocer en estos días: 38.852 hectáreas de bosques nativos fueron arrasadas durante el primer semestre de 2020 (2.000 hectáreas más que en el primer semestre de 2019). Los números desagregados en provincias no son menos alarmantes:Santiago del Estero (15.157 hectáreas deforestadas), Salta (9.241 hectáreas), Formosa (8.842 hectáreas) y Chaco (5.612 hectáreas) concentran el 80% de los desmontes del país, por el avance de la frontera agropecuaria para soja y ganadería industrial.

La organización ambientalista reclama a los gobernadores de Santiago del Estero (Gerardo Zamora), Salta (Gustavo Sáenz), Formosa (Gildo Insfrán) y Chaco (Jorge Capitanich) que decreten la emergencia forestal y prohíban los desmontes que, sólo en los últimos doce años,acumulan la pérdida de 2,8 millones de hectáreas de bosques nativos. Protegidos por la Ley de Bosques (sancionada en 2007), “las multas no son suficientes para desalentar la deforestación en zonas protegidas y que, salvo unas pocas excepciones, no se reforestaron los bosques desmontados ilegalmente. Por otra parte, en muchos casos es clara la complicidad de los funcionarios en la violación de la normativa”–sostiene Hernán Giardini, coordinador de la campaña de bosques de Greenpeace [2].

Es que el modelo extractivista, que ha desencadenado la gran crisis sanitaria actual, está en los orígenes mismos de la constitución de los estados modernos, que siguen prohijando estas prácticas a sabiendas de que los daños ecológicos, medio-abientales y climáticos generados a gran escala ya son irreversibles. El hecho no menor de que los desmontes, así y todo, continúen da cuenta de que los intereses en juego son realmente siderales. ¿Tan suicidas seremos: incapaces de aprender a vivir en la Tierra de otro modo? ¿Tan ineptos seremos que no podemos articular los medios que pongan coto a quienes atentan contra la vida de todos en pos del beneficio de unos pocos? 

[1] Este informe, junto a la edición facsimilar del mapa que lo acompañaba, acaba de ser rescatado por la Universidad Nacional de Entre Ríos: Perkins, Guillermo (1827-1893). Expedición al Chaco. Presentación y notas de Silvia Dócola. Paraná, Universidad Nacional de Entre Ríos, UNER, 2019.

[2] Ver: “Ni la pandemia frena el desmonte: más desforestación que el año pasado” en: La voz del Chaco, 10/7/2020 [http://www.diariolavozdelchaco.com/notix/noticia/121493_ni-la-pandemia-frena-el-desmonte-mas-deforestacion-que-el-ano-pasado.htm.htm]