por Rosana Herrera

Ayer conmemoramos una de las fiestas patrias más importantes que tenemos lxs argentinxs y para la que cada unx de nosotrxs reviste seguramente alguna consideración muy especial. Porque a estas fechas, cada unx las vive de una manera distinta, sobre todo si la memoria y los recuerdos se  complotan hasta lograr que las basuritas se metan en los ojos. Y qué decir por estos tiempos aciagos adonde a la Patria se la viene lastimando tan fiero desde hace casi cuatro años. Y cuando a los feriados se los vive con la mente puesta en  viejas imágenes de plazas llenas de pueblo y en anhelos de que en octubre termine este exterminio.

Por ahí, para darle marco a estas reflexiones iniciales debería aclarar que en mi caso, les diría apenas desde entrados los sesenta pirulos, la falta de hormonas se viene compensando con el exceso de llanto, aunque la verdad…no creo que haga mucha falta tanta aclaración porque tampoco creo que me pasen sólo a mí estos fenómenos endocrino-patriótico-emocionales.

Cuando yo era niña (porque alguna vez lo fui) todos los feriados, sobre todo en los que había actos a los que asistir, a mi hermano menor  y a mí nos hacían estrenar ropa. Mi mamá, que era una prestigiosa pedagoga, palabra indiscutida y especialista en legislación escolar, (muy respetada hasta por sus adversarixs) que llegó a ser la máxima autoridad provincial en la materia, no delegó sus obligaciones familiares, jamás dejó de estar presente en nuestras vidas o se dio maña para que no lo notáramos. El caso es que por su inevitable exposición pública, porque era infaltable en todos los desfiles y por su especial necesidad de compartir con nosotros su notoriedad,le indicaba a la nana Ana que nos vistiera de punta en blanco (con la ropa y el calzado que ella personalmente nos llevaba a elegir) y para ocupar siempre el mismo lugar de lxs familiares en las tribunas, en cuanta celebración se hiciera por estas comarcas.

Por esa época, los 29 de setiembre en que se celebra el día de San Miguel, Patrono de la ciudad capital, también eran feriados y  ese  invierno de 1969 acabábamos de mudarnos al barrio que supo compartirnos sus veredas y sus naranjos apenas bajamos los bolsos de la estanciera colorada del tío Julio. No sé porque me vino a la memoria ese día, escuchando sobre el 9 de julio que quebró a Cristina mientras giraba conmovida el sillón en ese escenario de living de un Merlo colmado de militancia. Pero lo cierto es que oírla me transportó ahí, al barrio en el que transcurrí parte de mi niñez y toda mi adolescencia

Ese amado barrio sur de casas chatas de zaguán y de balcón. Zaguán cómplice de las tiradas diarias del gacetero Rubén y balcón que sólo se abría de par en par cuando había fiesta en el living comedor, muy de vez en cuando. Ocasiones muy celebradas por mamá (y resistidas por papá) en que se sacaban del aparador (y del resguardo de la naftalina) los manteles y la cristalería «de salir», tan importantes como las visitas que, por ajenas a lo cotidiano, no podían comer en el comedor de diario.

Ese día 29 había un acto en la escuela especial Díaz Vélez, que era una de las que la mamá había acariciado en sueños y a la que luego se dio el lujo de crear durante su gestión como Presidenta del ex Consejo Provincial de Educación. Y lo recuerdo muy especialmente por Rafa, el nieto de Don Miguel.

En el barrio había un almacén en cada esquina, el de Don Ale, el turco de los fideos sueltos, abuelo de Huguito y el de Don Miguel, el gallego que traía jamón crudo y era el abuelo de Rafael. Ese feriado estábamos saliendo los cuatro, (la nana Ana incluida) cuando se apareció el Rafa, a bordo de sus flamantes patines azules, diciendo que la ciudad estaba de fiesta porque era el día de su abuelo Miguel y que como ése era su segundo nombre, le habían regalado los patines que él siempre quiso.

Mientras chupaba un helado palito (¿les conté que Don Miguel también vendía helados?) nos miraba despectivamente los zapatos impecablemente lustrados de mi hermano y míos y nos mostraba sus destrezas en un solo pie. Nos fuimos sin dejar de mirar por la ventanilla del taxi cómo se quedaba patinando burlón, abusando de sus destrezas y haciendo piruetas con firuletes que maravillaban al hijo del zapatero de media cuadra, el mudo Carlitos.

Nunca supimos si era verdad lo de su segundo nombre ni lo del regalo, sólo sé que ese día no disfrutamos del malambo de los alumnos de sexto grado ni de la mesa llena de sanguchitos (esos llenos de mayonesa y flojitos de paleta y queso), ni siquiera de los paragüitas que repartían a los chicos las maestras anfitrionas, porque las mentes de los dos, «los de la casa verde» quedaron fijas en el azul de los patines nuevos del nieto de Don Miguel.

Adonde quiera que estén todxs hoy, (sin dudas en el mismo paraíso), no dudo de que estarán recordando entre sonrisas ese feriado. Por estos lados sólo quedo yo para volverlos inmortales con mi repentina nostalgia.