por Carlos Caruso

Benito Winston Mangiaterra Blacksoul fue detenido por la policía uruguaya, a pedido de Interpol, en el Departamento de Canelones, Uruguay, mientras jugaba a las bochas. Había huido de Buenos Aires y permanecido prófugo durante más de tres años. Éste ex juez se había hecho millonario de una manera muy sencilla y sosegada: fallaba siempre a favor de los “accidentados” (reales o imaginarios) que litigaban en contra de los Ferrocarriles del Estado Argentino. Cobraba un importante porcentaje de los abultados montos que otorgaba como indemnización, asociado con los abogados querellantes y los de Asuntos Legales de Ferrocarriles. Digno hijo de dos prestigiosas estirpes europeas de inmigrantes que poblaron nuestro país, aportando su sapiencia, cultura y estilo diligente: la italiana, por parte de su padre, y la inglesa por parte de su madre. Esto quedó plasmado en su nombre: Benito, por Mussolini y Winston en honor de Churchill.

Su padre, Giovanni Mangiaterra, había llegado a Buenos Aires en 1946, con la última gran ola inmigratoria italiana que huía de la destrucción causada por la Segunda Guerra Mundial, buscando un porvenir de paz y progreso. Pero no era ése el caso de Giovanni, que, en realidad, fugándose hacia aquí evitó que la policía italiana diera con él, luego que una investigación iniciada por los Aliados lo identificara como un activo participante de los “Fasci Italiani di Combattimento”. Como miembro de esa organización creada por Benito Mussolini había incendiado varias sedes del Partido Socialista, propinado cientos de palizas y forzado a tragar litros de aceite de ricino a opositores al régimen fascista y hasta se comentaba de alguna que otra muerte. Ingresó al país, como tantos otros de su condición, gracias a un pasaporte falso otorgado por el Vaticano. Esa práctica fue una manera que tuvo la Iglesia de retribuirle a Mussolini por la firma del Pacto de Letrán en 1929, que le concedió la independencia y soberanía de la Santa Sede y la Ciudad del Vaticano, más una compensación financiera “por las pérdidas sufridas en 1870” (alusión a que luego de la campaña de Garibaldi, los Estados Pontificios pasaron a unificarse con el territorio de Italia). ¡Pensar que Mussolini había prometido: “Voy a colgar al último militar con las tripas del último cura”!

Cuando era niño, por disposición de su padre, el futuro juez concurrió a una de las sedes que el Dopolavoro tenía en Buenos Aires. La “Opera Nazionale del Dopolavoro” pretendía plasmar el “uomo nuovo” (¡sí, el hombre nuevo!) ofreciendo actividades deportivas, recreativas y turísticas a los trabajadores de los sindicatos fascistas en sus horas de ocio. Era también una manera de uniformarlos ideológicamente, detectar desvíos y sondear los estados de ánimo de la población para controlarla mejor. También por mandato paterno concurrió a colegio de curas, “de varones”, tanto en estudios primarios como secundarios. Cuando hubo de comenzar sus estudios universitarios, luego de un malogrado año en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, donde no aprobó ninguna materia (quería ser Contador para ganar mucha plata), su padre decidió que estudie Derecho en la Universidad Católica Argentina (UCA). Si bien la primera era gratuita, “era muy exigente” (según apreciación de su hijo) y así parecía demostrarlo el desastroso resultado de su primer año de estudio. La UCA, en cambio era muy cara, pero “donde uno paga exige” y nadie quiere perder un cliente así porque sí, fácilmente. Siempre se puede tener una segunda o tercera oportunidad. La UCA, fundada en 1910, fue  la primer universidad privada argentina, y… ¿a que no saben cuál fue la primer Facultad que inauguró en 1912?… ¡Sí, Derecho! Benito Winston no se distinguió como alumno brillante: tardó casi diez años en graduarse y algunas materias debió rendirlas en más de dos oportunidades. Pese a ello, su padre consiguió que ingresara como meritorio en un Juzgado de la Capital, gracias a contactos influyentes con los que se codeó en su trabajo. Fue así como comenzó su “carrera judicial”, llegando primero a secretario y unos años después a juez.

Don Giovanni ya había logrado una posición importante en la empresa Techint, con un buen sueldo que le permitió costear holgadamente los estudios de Benito Winston. Techint Argentina fue fundada precisamente en 1946 por Agostino Rocca, que también fue “depurado” de Italia por colaborar con el régimen fascista y se exilió en Argentina. Esas similitudes circunstanciales facilitaron el ingreso y posterior ascenso de Giovanni en la empresa, aunque las historias previas fueran bien distintas. Rocca pasó primero por la academia militar de Turín, egresando como subteniente. Luego se graduó en el Politécnico de Milán como ingeniero. Con un muy buen espíritu previsor aseguró su futuro casándose con una heredera de accionistas del Banco Comercial Italiano y fue inmediatamente contratado por la empresa Dalmine, que “casualmente” estaba controlada financieramente por ése Banco. A los treinta y cinco años ya asumió la vicepresidencia. Dalmine producía tubos de acero sin costura, que es lo que luego Rocca fabricaría en Argentina, entre otras muchas cosas. Para la misma época fue designado director general del “Instituto para la Reconstrucción Industrial”, un ente creado por el Estado fascista para hacerse cargo de diversas empresas siderúrgicas al borde de la quiebra. O sea que trabajó y produjo tanto para el gobierno de Mussolini como posteriormente para los nazis alemanes, cuando éstos crearon la República de Saló, en el norte de Italia.

La madre de Benito Winston, Mary Blacksoul, dueña de un fino humor como el de su padre, nació en Argentina, en la Patagonia. Hija única de John Blacksoul, que se desempeñó como administrador de una estancia en Chubut, cuyos dueños eran ingleses. John, era un hombre de carácter jovial, y siempre le repetía risueño a su hija: “¡Qué hubiera sido de nosotros si no hubieran existido los españoles! Primero los esperábamos en alta mar y cuando, después de hacer todo el trabajo sucio, con los nativos esclavizados en las minas, llevaban el oro ya hecho lingotes, los pirateábamos y se lo sacábamos. Cuando exterminaron a todos los millones de nativos, comenzamos a venderles esclavos africanos. ¡Doble ganancia fácil! Hacíamos excursiones por África, cazábamos negros con redes y se los ofrecíamos a buen precio. Cuando los españoles se fundieron les ofrecimos financiamiento con buen interés. ¡Les prestábamos el mismo oro que les habíamos robado! ¡Triple ganancia fácil! ¡El Imperio Británico no hubiera nacido sin los españoles, hija!” También, a menudo hacía referencia a la gran generosidad de los argentinos, que vendían fácilmente y sin trabas grandes porciones de su territorio en la Patagonia, donde los ingleses habían podido establecer sus estancias sin problemas y él había podido trabajar y hacerse de un buen pasar.

John era un gran admirador de Sir Winston Churchill y transmitió esa admiración a su hija. Churchill, famoso por prometer “Sangre, sudor y lágrimas” a su pueblo, como primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, dijo que “la más importante misión de mi vida es destruir a Adolf Hitler y el Nacionalsocialismo”. Sin embargo, tardó dos años en abrir un segundo frente de guerra en el Este, esperanzado en que Hitler destrozara a los comunistas rusos. O sea, para Churchill era más importante la desaparición de los comunistas que la de los nazis. Y, bien mirado, es lógico que así fuera ya que anteriormente había elogiado considerablemente tanto a Hitler como a Mussolini, cuando era evidente y no se podía ignorar el autoritarismo de sus programas de gobierno. En una oportunidad afirmó que “si fuera italiano, sería fascista” y en 1938: “Si Inglaterra se encontrara en un estado de postración como el que estaba Alemania en 1933, rogaría porque mi país encontrara a su propio Hitler.”

Giovanni y Mary se conocieron en una recepción ofrecida por la empresa Techint al festejar la inauguración del gasoducto Comodoro Rivadavia – Buenos Aires, ella como parte de una de las familias notables de la zona y él como funcionario de la empresa que proveyó los tubos sin costura. Hasta ese momento el gas se eliminaba al aire (se “venteaba”) y simultáneamente se importaba gas de carbón de hulla comprado en Inglaterra a un precio oneroso. ¡Cosa de locos! El gasoducto, inaugurado en 1949, en su momento fue uno de los más extensos del mundo: 1605 km.

Hicieron bromas sobre el apellido inglés de ella, la pérdida de la venta de gas de carbón de hulla por parte de Inglaterra y la participación de él en ése daño económico para la corona británica. Entre copas y bailes, finalmente descubrieron la mutua afinidad por Mussolini, Hitler y la diferencia evidente entre unos seres humanos y otros: por ejemplo, entre negros y blancos, entre los nativos y los europeos, entre los que naturalmente tenían aptitud de mando y los dóciles, etc., etc.  Quedaron mutuamente encantados y con la promesa de reencontrarse cuando ella se trasladara a la brevedad a Buenos Aires, ya que su padre se jubilaba. Al poco tiempo se casaron y luego tuvieron a su único hijo, Benito Winston que con el tiempo, y como buen abogado que se precie de tal, llevaría orgulloso un segundo apellido: Blacksoul, de origen inglés, ¡no cualquiera!

Mucho quedó en el futuro juez de esa rica cultura, de ése espíritu emprendedor que le fueron transmitiendo sus padres y que hizo grandes y prósperas a las naciones europeas. En vez de esperar a los galeones españoles en alta mar para arrebatarles el oro trabajosamente conseguido, él sólo firmaba sentencias “favoreciendo” a los “accidentados” y sus abogados, (colegas suyos por otro lado). Lo hacía sin violencias, sin eliminar vidas, imperturbable, que para algo sirve el estudio. ¡Y progresar, progresó! Incluso ganó prestigio entre sus pares jueces e integró la Asociación de Magistrados.

Quiso el destino, que con un cambio de gobierno arribara al Departamento de Asuntos Legales de Ferrocarriles un tipo honesto con quien no hubo manera “arreglar”. Incluso un viejo amigo de su padre, encargado de “persuadirlo” o sacarlo de escena, falló en el intento, lo que agravó las cosas. Gracias al oportuno aviso de un colega de otro juzgado pudo huir a tiempo. Hasta que lo encontraron tres años después en Uruguay.

Debajo de la inscripción “Palacio de Justicia” habría que poner otro cartel, en letras de oro: “¡Lasciate ogni speranza voi ch´entrate!”. Es lo que escribió Dante en la entrada al Infierno de su Divina Comedia: “Abandonen toda esperanza quienes entren.”