por Alejandro Mosquera

Hay una tendencia incluso de los que sostienen que el Macrismo logró desenganchar la situación económica del compartimiento electoral, que cuando quieren analizar el presente y las posibilidades hacia delante se refugian casi exclusivamente en los factibles resultados de las políticas económicas de Cambiemos.

Así para algunos el proyecto económico neoliberal es insustentable y por lo tanto en la ruta se encuentra un iceberg en el cual encallará el endeudamiento masivo, el achicamiento de la industria y una inflación que solo logran que no estalle sobre la base de tasas elevadísimas que mantienen fría a la economía nacional.

Otros acusan esa visión de repleta de deseos, pero distante de la realidad. Así el buen periodista del dipló José Natanson, se pregunta sobre ¿y si funciona? Seguidamente se responde:

Porque, además, y este último punto resulta crucial, no es verdad que el neoliberalismo, siempre, en todo tiempo y lugar, inevitablemente, fracase. El desastroso impacto en el largo plazo de las dos experiencias más conocidas de reforma neoliberal tiende a ocultar el hecho de que fueron, durante muchos años y por recurrir a su adjetivo favorito, exitosas: Ronald Reagan y Margaret Thatcher asumieron en un contexto de crisis del modelo estadocéntrico de la posguerra y tras una serie de decisiones draconianas consiguieron bajar la inflación, recuperar el crecimiento y, en una primera etapa, reducir el desempleo. La otra revolución conservadora emblemática, la chilena, habilitó dos décadas y media de crecimiento y una reducción de la pobreza. La conclusión es clara: aunque produce sociedades más desiguales, individualistas y excluyentes, menos solidarias y más egoístas, el neoliberalismo, con crecimiento y buenas políticas sociales, puede bajar la pobreza. Como sostiene Alejandro Grimson, la idea de que todo neoliberalismo termina en un 2001 es sencillamente falsa

Desde ya comparto la idea de Alejandro Grimson que Natanson cita al final del párrafo. Las simplificaciones no sirven para trazar ni la resistencia ni una estrategia de cambio del poder.

Pero mi atención se dirige al razonamiento expuesto en el pasaje. Dos cuestiones saltan a la vista, la primera de nuevo la determinación del éxito o fracaso basado en las medidas económicas; y la segunda está en el propio criterio de éxito.

El neoliberalismo y la revolución conservadora propuso que el éxito de su papel en la historia estuviera ligado a que el dogma del llamado consenso de Washington, libre mercado, concentración económica, privatizaciones, desregulación de la economía, baja de impuestos y descenso del costo laboral frenaran  la crisis económica social de occidente. Eso derivo en el arrasamiento del Estado de bienestar, las conquistas de los trabajadores y una desigualdad gigantesca y creciente. Afirmó el triunfo del capitalismo financiero y la pérdida de soberanía de los estados frente a un capítulo más de la globalización. Por otro lado, se propuso producir un rollback en la historia, que significaba la pérdida de influencia del comunismo en el mundo, la destrucción de la experiencia soviética, el descalabro de la socialdemocracia, el combate y derrota de los levantamientos rebeldes en el tercer mundo y especialmente de los gobiernos populares como el de Nicaragua y Granada y Angola entre otros, y respaldar a los tiranos en distintas partes del mundo de acuerdo con los intereses globales de EEUU y Gran Bretaña. Sus objetivos fueron cumplidos desde su criterio de éxito.

La humanidad retrocedió. Tanto del punto de vista económico, social, política, nació un mundo unipolar, más injusto, más violento, más allá de esconderse tras la necesidad de “exportar la democracia”, la democracia real y formal fue herida profundamente. Fue un fracaso de las sociedades en su conjunto incluidas los pueblos de EE. UU. y Gran Bretaña.

Volvamos a nuestra realidad, el criterio de éxito que nos ofrece el neoliberalismo actual en nuestro país (más allá de discursos y slogans) es que puede llevar adelante el programa histórico de las clases dominantes en su variante neoliberal sin que se afecte la gobernabilidad. Es decir, el programa de cambios económicos a favor del 1% y beneficiando al 10% y a la vez reestructurar la política argentina construyendo desde el poder un peronismo que acompañe la “modernización” y erradicando el populismo. El jefe de Gabinete Marcos Peña este último punto lo sostiene claramente en el reportaje que le hizo Jorge Fontevecchia para el diario Perfil, allí sostiene:

JF —Si hasta 2013 una de las hipótesis era aliarse con el peronismo no kirchnerista, y hay una superposición de votantes del peronismo no kirchnerista y Cambiemos, ¿cómo podría diferenciarse electoralmente en el futuro el peronismo no kirchnerista? 

MP —Hay dos cuestiones ahí. Por un lado, ese mito eterno de que, sin peronistas, no se podía gobernar. Eso quedó desterrado en estos dos años, algo que era muy necesario porque la idea de un monopolio de gobernabilidad era dañina para la alternancia. Por otro lado, al ser tan amplio el abanico del peronismo, no alcanza con los no kirchneristas para dividir en dos. Si uno habla con peronistas de distintos sectores, el desafío tiene que ver con esta cuestión temporal, la idea de modernidad, lo global, lo democrático en la práctica, no solo en la forma.

JF —Siendo parecidos a Cambiemos, ¿pueden construir una alternativa real? 

MPMe parece que sí. Hay espacio porque no hay una vocación hegemónica en la sociedad ni en Cambiemos. Y también es probable que persista una parte del pensamiento asociada al kirchnerismo, como un conjunto de valores.

El subrayado es mío. Por un lado, queda expuesto que el consenso para las reformas con los gobernadores, el llamado al dialogo a los opositores blandos, es solo para que garanticen su gobernabilidad. Y como otras tantas veces la derecha neoliberal sueña con un peronismo de la misma calaña. Llaman moderno a quien apoye el nuevo discurso único renombrado “consensos básicos”.  Y se ve el hilo histórico en los principales personajes macristas, por algo apoyaron al Menem presidente empezando por el presidente cuando llevaba adelante el programa neoliberal. Era el peronismo “moderno”.

Los criterios de éxito de la derecha no sirven para mirar éxitos, avances y retrocesos de nuestro pueblo. Tampoco que enfrente solo se exprese un catastrofismo determinista. Prefiero hablar de la sobredeterminación de los procesos políticos y sociales (mmm, aunque me pongo un poco Althusseriano). Una sociedad cruelmente más desigual, con argentinos y compatriotas de Latinoamérica que “sobren”, con una democracia débil, con estado gendarme, con control social exacerbado, censura y autocensura, con silencios y miedos es una peor sociedad, peor estado, peor democracia, peor república.

Mirando desde aquí, me atrevo a responder la pregunta de José Natanson, es posible que puedan en el corto y mediano plazo sus objetivos, sin aceptar que sus éxitos puedan ser de toda la sociedad por lo antedicho. Sin embargo, que no puedan destruir todo lo que devastan estas políticas neo-liberales, y cambiar el rumbo de la Argentina, aún en el largo plazo, no depende de que choquen el Titanic contra el iceberg. Cuanto peor mejor es falso, cuanto peor es peor para el pueblo. Depende de la experiencia que realice nuestra sociedad, sus actores sociales y políticos, que derrotemos culturalmente esta política disfrazada de anti-política. También de las élites opositoras (seguramente no les gusta que las llame así) que deben estar a la altura de recrear la utopía, el proyecto de un País más democrático, más igualitario, y que no hay posibilidad de volver atrás. Siempre el futuro se construye hacia delante.