Hoy nos complacemos en publicar dos poemas de Rubén Derlis. Es poeta, escritor y periodista. Nació en Chivilcoy en el 38. Aunque cuatro años mas tarde viaja a la Capital Federal con sus padres, desde ese origen se asume como un porteño Honoris Causa. Colaboró en «Hoy en la Cultura», «Barrilete» y «Propósitos» entre otras publicaciones.Integra la Secretaría de Redacción del periódico barrial «Desde Boedo» y colabora en la página güeb «Buenos Aires sos». Lleva editado algunos poemarios: «Cosas por su nombre», «Ordenar la vida», «El fuego compartido»,»Sin cable a tierra», «Cielo de Coghlan», etc, y dos volúmenes de artículos y ensayos breves sobre la ciudad: «Boedo y otras adicciones» y «Guía para vagabarrios». En 2015 fue nombrado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

En próximas ediciones seguiremos publicando sus escritos y poemas.

A los Poetas puros

No sirven los versitos a la luna
cuando están estaqueando a la Patria.

No es lícito cantarle al propio ombligo
mientras buitres foráneos y caranchos autóctonos
a picotazo y garra celebran su festín.

En tanto el poeta puro, mirando hacia otro lado,
cree que esto no le incumbe,
porque él debe seguir
buscando la palabra inconsútil,
etérea,
prístinamente alada
de “verdad metafísica”, que lo hará trascender.

¿Es acaso ignorante de la diaria injusticia,
del que muerde la nada como si fuera un pan?
¿Desconoce que hay pocos que viven de los muchos,
que su opulencia y boato es dolor de los más?

Nuestro poeta puro lo sabe –no le importa–
pues arrastra sus huesos entre tantos demás;
adjudica al destino lo que le pasa a otros,
y cubre sus miserias de individualidad.

¿Por qué no pone fuego en su poesía
y que las muchedumbres la vengan a templar?
¿Por qué no dice claro, con precisas palabras,
y al abismo de sombras tira su oscuridad?

Porque el poeta puro se siente “el elegido”,
el tocado por Dios,
el que debe salvar la esencia de lo bello,
la belleza esencial,
que es una copa helénica plena de eternidad.

Travestirá palabras, que no digan ni alerten,
apenas que sugieran lo intangible,
que esotéricas se abran
sólo a los que posean la llave liminar.
Por eso pontifica muy ufano y orondo
que la Poesía
elige a aquellos a quienes debe llegar.

¡Qué lejos está nuestro metafísico poeta
de la poesía original!
¡Qué insignificante se lo ve a nuestro poeta
entre los poetas de verdad!

El poeta puro es un montón de escombros,
de palabras vacías
sin tiempo ni lugar.
No le faltan alas para emprender el vuelo,
pero como nunca caminó junto a los hombres
jamás podrá volar.

 

 

 De un libro de lectura escolar

Seríamos los más, los siempre invictos,
París de América portadora de luz intelectual,
y la tierra derramaría
el alimento inagotable que nutriría al universo.
Los llamados a ser rivales del poderoso Norte
–no devenido imperio todavía–,
confrontando en músculo, creatividad, poder,
de igual a igual, y tal vez algunos pasos adelante…
No invento nada:
estaba escrito en mi libro de lectura,
el Manual del Alumno con gráficos y cifras así lo atestiguaba.

Los años devoraron almanaques,
fatigaron sueños,
las esperanzas diluyeron su verde (si en verdad fuera éste su color);
si hubo París de América se pagó con el precio
de no haber sido nunca la Argentina de América,
y si una vez saciamos hambrunas europeas
hoy no logramos mitigar el hambre de los nuestros.

¿Mintieron los libros escolares?
¿Los escribieron alucinados delirantes?
¿Hablaban de realidad palpable o rebosaban de exacerbada fantasía?
A más de medio siglo de aquellas lecturas escolares,
hojeo un cuaderno que aún conservo,
donde entre promesas incumplidas
quedó enterrada una nueva y gloriosa nación.