Por Carlos Caramello

“Eres cómplice de lo que te sucede:

la desgracia entra por la puerta que le has abierto.”

Alejandro Jodorowsky

 

Prefiero tener 10 por ciento más de pobres y no 100.000 muertos”. Lo dijo. Nadie puede negarlo. El que daba clases de Comunicación Política en España, lo dijo. Y ahora, la oposición (la “amiga”, la que él palmeaba, la que sigue ilusionándolo con una alternancia de centro derecha y centro izquierda) empieza a cobrárselo. Clarín -el diario de “Héctor”- ha comenzado a ponerlo en negro sobre blanco: los muertos son del Gobierno nacional.

Lo digo hoy (un ratito antes que el coro opositor) porque lo advertí en su momento -como lo hicieron muchos- y porque es evidente que tiene todos los condimentos para convertirse en uno de los ejes discursivos de la campaña que ya está lanzada. La apuesta es que el costo lo pague el Frente de Todos en las urnas. Al fin y al cabo, los oficialismos que han tenido que repechar elecciones en pandemia han resultado esquilmados.

Ahora bien: más allá de esta verdad traída de los pelos -que los medios concentrados parecen estar dispuestos convertir en revelación divina-, el pueblo argentino debería entender un par de cosas. La primera: los muertos por COVID no son de nadie… y son de todos. A la mayoría nos compete alguna responsabilidad. Todos (o casi todos) podríamos haber hecho un poco mejor las cosas seguramente.

Pero… pero, y a pesar de esa suerte de misa ecuménica por los fallecidos en Pandemia que ofició el Gobierno en Casa Rosada, (vaya a saber con qué fines aunque su resultado fue el de una flagrante auto incriminación), el verdadero culpable, al menos el más relevante, ha sido el centralismo siempre pedante, siempre ombliguista de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y sus habitantes.

La porteñidad, como lo ha hecho a lo largo y ancho de nuestra historia, en nombre de vaya a saber qué sagradas libertades republicanas y fogoneada por algunos dirigentes de la derecha urbana más reaccionaria, fue la encargada de proponer y encabezar todas las violaciones imaginables a aquellas medidas que se intentaron para tratar de frenar la cadena de muertes.

Cuando la mayoría de los argentinos se guardaba en sus casas intentando ralentizar la propagación inevitable, los porteños de los barrios ricos (los mismos que trajeron el virus al país desde el exterior) caceroleaban contra la cuarentena desde los balcones de sus departamentos de Recoleta; exigían horarios y espacios para el running (gentes que no habían corrido ni un colectivo en sus vidas); armaban dancings en vecinales en los paliers de sus edificios; acudían a apiñarse en virulentas protestas en la Plaza de la República y se negaban a toda precaución, incluida la de usar esos barbijos que quemaban para las cámaras de la TV como señal de desagrado por esta enfermedad que, según ellos, no existía.

El propio Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma, Horacio Rodríguez Larreta, se mostraba trotando junto a algunos amigos casi al mismo tiempo el presidente Fernández lo llamaba “amigo” y lo sentaba a su derecha en las conferencias de prensa en las que se anunciaban las medidas de control para tratar de paliar el desastre evidente.

CABA tenía cada vez menos camas para recibir a personas infectadas; los cuerpos médicos de clínicas, sanatorios y hospitales públicos y privados exhibían púdicamente su dolor y su agotamiento y, mientras algunos salían a aplaudir ese sacrificio otros se cagaban olímpicamente en la tapa del piano y desafiaban al “bicho” como si fuesen inmortales.

Cuando las vacunas dieron sus primeras señales, la provincia de Buenos Aires rápidamente comenzó a organizar vacunatorios, invitó a la inscripción on-line, estableció un orden de prioridades mientras la Ciudad Capital se mostraba muy ocupada en… obligar a las escuelas a retomar la presencialidad.

La lista de dislates, medidas contrarias al sentido común, desafíos propios de aquellos que quieren hacer de la muerte el eje de su campaña política, podría hacer de esta nota un choclo imposible de leer y menos de digerir. Sólo un detalle más: cuando el mundo mostraba que la segunda ola era un hecho y todo parecía indicar la necesidad de nuevos esfuerzos de confinamiento, la ministra de educación porteña y su par de salud impulsaron la apertura de los colegios con un sistema de burbujas que explotaron rápidamente, horizontalizando el contagio en las familias de los alumnos y matando a personal no docente, maestros y profesores.

Pero esta desidia, esta falta de respeto por lo humano que ha manifestado un grupo importante de la sociedad capitalina tuvo un correlato más desgraciado aún porque, al ser Buenos Aires una suerte de polo económico y productivos que irradia a todo el país, también esparció el contagio del virus con su lamentable costo en vidas humanas.

Culpa de los porteños, entonces. Del porteñismo oficialista en el Gobierno (mucho porteño atravesado por concepciones unitarias de la vida y la política) y de la porteñidad opositora (que a falta de propuestas que puedan enamorar al electorado, se preparan para montarse en la crítica por el mal manejo de la Pandemia).

Ahhh, me olvidaba: y culpa también de algunos gobernadores provinciales con aspiraciones de caudillos urbanos que, aunque critican los modales de la Ciudad, prohíjan en sus capitales similares objetivos centralistas y feudales con los que dicen gobernar en tono federal. Ellos, junto a millares de hombres y mujeres que viven de espaldas al país, imitando y reproduciendo lo peor de las prácticas políticas y sociales de la Gran Urbe, deben cargar con la responsabilidad por el número de muertos que el COVID 19 va a dejar en la Argentina.

Si cada uno de nosotros puede internalizar estos conceptos y logramos apreciar -a través de la trágica metáfora de la Pandemia-, todo el mal que Buenos Aires ha desparramado en el territorio de la patria durante los últimos 200 años, probablemente podamos, en poco tiempo más, despertar del hechizo de esas luces de led que arruinan la vista y de ese río color león que, insaciable, devora el futuro y los sueños de millones de argentinos.

Buenos Aires y la mayoría de los porteños son el problema, el resto deberíamos ser la solución… no la envidia.