Por Silvio Randazzo

No puedo jugarme por una generalización, pero puede que a muchxs de ustedes les haya sucedido algo similar. Escucharlo decir o proponerlo en análisis a partir de sus dichos. Cuando Macri ganó las presidenciales 2015, en el campo nacional y popular –funcionarios, militancia, intelectuales, periodistas, simpatizantes– se reconocía, se atisbaba a concluir sobre la derrota en la batalla cultural. La Cancha Rayada de Cristina y el proyecto que encabezaba. La derecha había sido más astuta, más inteligente, había camuflado su savia ante los ojos de cierto sector del electorado (aún en la desmesura de declamaciones tales como “pobreza cero”) y allí estaba, el 10 de diciembre de ese año y por más increíble que pareciera, Macri bailando en el balcón de la Rosada, blandiendo el bastón.

En mayo de 2019, merced a una estratagema que hice palidecer a ambas riberas de la grieta, Cristina anunciaba que el candidato presidencial de Todos era Alberto Fernández. “Volvemos para ser mejores” no tardó en convertirse en un híbrido entre promesa y máxima motivacional. Entre otras aristas, mejores que quienes otrora habían malogrado –pareciera ser– la batalla cultural.

Y llegamos al punto de esta nota.

El contrapunto entre una docente y un alumno (prontamente catalogadxs como K y macrista) alunizó en la opinión pública. La filmación primero y la viralización después provoca que, con muy poco, se mueva el amperímetro y que un canal, un diario, yo (modestamente) y un presidente inserten en sus preocupaciones y ocupaciones lo ocurrido en un salón de la Escuela Secundaria Técnica N°2 “María Eva Duarte” de Ciudad Evita. El video muestra cómo Laura Radetich, profesora de historia, reivindica el gobierno el rol actual del Estado, a partir de la gestión que encabeza Alberto Fernández, y, reglón seguido, denosta la gestión macrista 2015-2019. La docente emplea modos que, considero, la llevan a desperdiciar una oportunidad de generar un debate de mejor calidad, enriquecedor y abarcativo. Si usamos de guía únicamente el video viralizado, con muy poquito un alumno la desestabilizó, llevándola a que las malas formas disipen una posibilidad realmente “educativa” de la cuestión.

Cuando el video se mediatizó, dos cauces argumentativos se activaron sin pérdida alguna de tiempo; en lo particular, me ocupa y me preocupa, lamento podría decir, uno de esos dos cauces. Y es el cauce de la defensa de la docente (muy probablemente, la expresión “defensa” sea inconveniente en este caso, pero es una expresión que permitirá esclarecer las posturas antinómicas). Y sucede más o menos de la siguiente manera. Desde cada resquicio de oposición neoliberal al kirchnerismo, los señalamientos y las impugnaciones para Radetich cruzaron en vuelo jabalinero. Referentes partidarios, periodistas y/o trolls, votantes… desde todos los puntos, en algunos casos con expresiones isócronas, oscurecieron el firmamento con lanzas hirientes. Ahora bien: la premeditación y la alevosía de la derecha ya es (o debería serlo) asunto manyado para quienes le aborrecemos. Su desprejuicio para moralizar, impugnar y levantar banderas, todo con los pies en el fango más espeso y pestilente de la contradicción y sinsentido, a esta altura necesita de una administración más efectiva y funcional de parte del campo nacional y popular. La derecha juega al ring raje y el progresismo debe pulsear la agenda como si de profundas asonadas se tratara.   

Entonces, si ya sabemos de la irresponsable prédica que hace la derecha, en la facilidad de la disposición abrumante de medios para hacerlo, la calidad de la respuesta, ¡la mentada batalla cultural!, necesita de una concepción superadora, algo mejor que “¿y ustedes de qué se quejan si…?”. Querer comerte al caníbal te iguala a su condición.

Así sucedió, desde Alberto Fernández, actores mediáticos, consideraciones “intelectuales” y vecinos / vecinas. No tomen esto como una generalización. Cada cual en su medida, el campo nacional y popular se enfocó, primordialmente, en marcar la incoherencia, la falta de escrúpulos de las voces diestras que habían colmado pantallas, radios y papel hablando de “adoctrinamiento”, “la soberbia K”, “intolerancia” y epítetos por el estilo para caracterizar el modo de la docente aludida. La defensa ante eso, las coordenadas argumentativas para anteponer en la batalla cultural dada en esta coyuntura, repitió torpezas: aquello de “¿y ustedes de qué se quejan si…?”. Entonces, el discurso se atolondraba –en el mejor de los casos anteponiendo un mínimo reparo en alusión a los modos de Radetich– para no perder tiempo en vociferar que Macri le hizo repetir, en Rosario, su slogan de campaña a todo un alumnado; o que en la CABA “hay un director de colegio que defendía al proceso militar y nadie dedicó un reglón a ese hombre”; o que cómo puede ser que el neoliberalismo hable de ataque a la educación cuando llegó a pronunciarse en contra de construir universidades y mentar a la educación pública como una suerte de pozo donde se “cae”.

Considero que anteponer esa calidad de argumentos, entrar en ese juego, se parece mucho al niñx que agrede a otrx porque “él/ella me pegó primero”. Me dirán “¿hay que sumirse en el mutismo?”. Sería una pregunta retórica. ¡Claro que no! Pero es imperioso jerarquizar la estofa de la estrategia.

En el amparo que da el comportamiento hiriente y antipopular que ejerce la derecha (porque ninguna otra cosa le interesa y porque la impunidad, para ella, es miel), desde el campo nacional y popular –mandatarixs, periodistas, intelectuales, militantes, simpatizantes– se sale al toro con la lógica de “me pegó primero”. Lo vuelvo a decir: serán los menos, pero lo son. Y esto no es otra cosa que salir de Cancha Rayada y meterse en Waterloo.