Por Moira Goldenhörn

Las herramientas de exterminio para lograr un país para pocos millones de argentinos, “la liberación de las fuerzas productivas”, Martínez de Hoz, 1976

¿Acaso alguien, después de escuchar el siguiente  audio  de Rodríguez Larreta del mes de Abril de 2020 hablando en contra de la presencialidad educativa, puede creer que es genuino su repentino interés por el aprendizaje de los niños y niñas porteños en la temporada 2021? Porque, digamos todo, es el mismo Rodríguez Larreta que recortó el presupuesto para educación y que, además, escatimó fondos a la educación pública para aumentar subsidios a las escuelas privadas. Es el mismo Rodríguez Larreta en cuya gestión se derrumbaron escuelas públicas y los niños y niñas –también de escuelas públicas- recibieron viandas de comida en mal estado.

Entonces, si tenemos en cuenta esos datos, así como también la notable influencia en las nuevas derechas que trae la política carioca de estos tiempos, podremos hacer una humorada evocando el clásico el chiste “que parezca un accidente” pero de dimensiones magníficas: entonces, diríamos en chiste “que parezca una pandemia”. Como pasa en los pueblos fumigados en los que el negocio de pocos importantes vale más que la vida de muchos nadies. “Fue una triste fatalidad, una mera coincidencia, una tragedia inevitable…” o, para agregarle menos dudas al tema, se atribuye la muerte a la mera responsabilidad de quien fallece, por no haber hecho los méritos necesarios para sobrevivir; en síntesis, “que se mueran los que tengan que morir”.

Me parece importante hacer conscientes estos mecanismos de exterminio “sin responsables”, el genocidio difuso, el estrago biológico; así como la naturalización de las muertes de los pobres para salvar el negocio de los ricos: los muertos que tenían que morir. Porque hace meses viene circulando en las redes la idea de “pandemicidio” para referirse a la mala fe en las gestiones de gobierno negacionistas de la pandemia al estilo del país vecino y la ciudad del puerto, que provocan récord de muertes y secuelas graves al incitar al cese de los cuidados sanitarios o incluso a obligar a romper el aislamiento, como en el caso de los docentes, obligados a ir a trabajar aun cuando las muertes se suman día a día en el gremio y en el personal no docente. 

Pues bien, insisto en que no podemos creer candorosamente en la preocupación del gobierno porteño por “la educación de los chicos”. Porque poco han hecho históricamente por el mismo rubro en sus políticas públicas con criterio privatista. Por el contrario, mucho han hecho por empujar a los habitantes de los márgenes directamente al precipicio. Aunque ahora el planteo se ha refinado estéticamente y pretende ser más altruista, en lugar de hablar de “las libertades individuales ante la infectadura”, se esgrime “el derecho a la educación” por sobre el derecho a la vida. Se minimiza el riesgo de muerte y se la enaltece como causa heroica, para propagar los contagios entre quienes sobran en el modelo de país añorado por estas gentes que ejercen, una vez más, su caprichoso poder ilegítimamente, en contra de los intereses de la población y de los mandatos constitucionales. No es la educación de los pobres lo que se está salvaguardando aquí, ni el trabajo de los vendedores ambulantes o de las empleadas precarizadas.

Es que, en realidad, más allá de la nueva modalidad que presenta la pandemia, no hay nada nuevo bajo el sol de este otoño porteño; esto –el exterminio de los pobres que parece accidental u obedece únicamente a su responsabilidad personal por ser “vagos” y, por ende, no merecedores del confort del progreso- viene de largo tiempo atrás. Hace 4 años más que 4 décadas, Rodolfo Walsh nos hablaba de “la miseria planificada” con estas palabras: “Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o a Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales (…) al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”. ¿Algo nuevo en los 44 abriles que pasaron?

Pareciera que no, aunque en cierta forma, sí; porque podríamos decir, como la señora propagandista de las peores juntas que conoció este país y la economía genocida que impusieron, que “el público” es lo que se renueva.

Entonces, si hace décadas alertamos sobre el genocidio silencioso que es el hambre y nos hemos acostumbrado a contemplarlo, es el momento de hacer consciente el hecho innegable de la mortalidad de la pandemia. Que es una mortalidad evitable con la prevención individual y comunitaria. No faltará quien diga que no es la única enfermedad que mata. Claro que no, también mata la neumonía, la bronquiolitis, la meningitis, el sarampión, el cólera y la tuberculosis. Pero ¿qué tienen en común esas muertes? Que todas esas enfermedades afectan gravemente sólo a quienes menos recursos tienen para vivir y sobrevivirlas. Aún no tenemos estadísticas certeras sobre a quiénes está llevándose el coronavirus, a qué etnia pertenecían, cuáles eran los ingresos de su familia… Sólo conocemos su edad y sexo, y que la mayoría tenía alguna enfermedad preexistente específica, ligada a una alimentación inadecuada, deficitaria, y/o a problemas respiratorios.

Por eso, porque el público se renueva, debemos mantener en la conciencia del pueblo los diferentes métodos de exterminio de quienes sobran en el modelo de país y continente que proponen. Hay que contar a las nuevas generaciones lo que fueron las dictaduras, incluidos los hechos terribles como haber tenido escuadrones de la muerte en Brasil, y contrastarlos con las actuales prácticas de la necropolítica. Hay que mantener viva la memoria, para que el público esté siempre al tanto de la existencia de un circo que los tiene por monos, pero creyéndose espectadores en la platea.