Por Silvio Randazzo

En boca burguesa, la vida de millones de personas desposeídas y postergadas en el tramado social argentino es fácil. Incluso, la consideran asequible por deseo, por aspiración.

Eso pareciera insinuarse toda vez que las clases aposentadas y tantos tipos y tipas que se afiebran en el afán de pertenecer –y entonces hacen como que– describen a la pobreza como una suerte de construcción de una forma de vida ruin, dado que (siempre de acuerdo a esa boca burguesa) el pobre cobija esa condición para beneficiarse con dádivas del Estado. Podemos entrelinear en ese coro de observaciones amonestadoras que, quien es pobre trabaja de pobre.

¿Vale que ahora dedique unos cuantos párrafos –síntesis después de todo– a lo dañino de la pobreza? Daño, groseramente obvio, corroedor de aquello que define la dignidad en la esencialidad de una vida en este sistema imperante; daño (frustración) ante el imperativo que la maquinaria de sentido común escupe a diario en su conclusión sobre quién pertenece y quién no.

Advertir que se te imposibilita pertenecer a los paraísos sintetizados en los laboratorios capitalistas produce un daño también, dado que lo que termina instaurándose como buen vivir (y hablo de bueno porque se nos dice que debemos encarnar la distinción frente a quienes no saben vivir) se carga sobre la espalda del espíritu como otra postergación. Porque hete aquí la perversión del status quo: imposibilita el acceso a la artificialidad que él mismo genera, a la que instaura como imprescindible ya no sólo para valerse de un presunto beneficio material (por caso, usar un desodorante para oler de otra manera), sino para consagrarnos en términos existenciales (“ser”, “pertenecer”).  El sistema es perverso, pero no es gil –y mucho menos se avergüenza–. Si así le va fenómeno.

Quienes viven holgadamente en la exención de las penurias materiales (todo lo que no sea estados de ánimo, que no siempre cabalgan al compás del galope monetario), con el respaldo de coreutas en efervescencia aspiracional, aseguran que mujeres y hombres, niñas y niños, nativxs y extranjerxs, se valen de la pobreza como un ardid para obtener sustento de parte del Estado. ¿Qué dan a cambio? Tonterías, si aplicamos la horma de razonamiento de la decencia protestante: “Se embarazan para tener un plan”, “no trabajan porque saben que les dan un plan”, “van a los actos del gobierno por un plan”. Plan, la palabra y sus connotaciones, ese baño de nafta en su hoguera personal. Su retórica es vertebrada por el odio y exuda una variante de sentimiento de injusticia. Ellos y ellas –decentes, esforzados, de méritos hasta el tuétano– conciben a la pobreza y su calamidad como un…plan de holgazanería que se sazona con la corruptela de un Estado “populista” (ergo, peronista o derivados respetuosos).

La clase aposentada y ese sector de la clase media que es su banda tributo condenan la asistencia estatal (aprovecho y clarifico: no es ésta una nota que la festeje) porque la consideran injusta. No reparan jamás en si acaso no ha de tratarse del mismo Estado que les genera –quizá de una manera un poco menos visible– las condiciones para su prosperidad. Asimilan como un robo el pago de impuestos, por la cifra, pero también porque el Estado progresista destina ese dinero a financiar programas de asistencia, asignaciones, IFEs y políticas afines. Ellas y ellos hicieron las cosas bien, hicieron carreras, hicieron méritos. Su rol es el de hacedores y hacedoras, tienen la iniciativa, relucen de actividad. El pobrerío, bacán como es, se dedica a recibir, le dan (una pasividad provechosa) y así se regodea de su tramoya.

Entonces surge la pregunta, sustancial: Si la tramoya del pobrerío es tan transparente, tan viable, tan exitosa, tan impune, ¿por qué no la intentan las clases acomodadas y sus divisiones inferiores? ¿Por qué no proyectar para sí esa envidiable magra vida, de opacidad en el horizonte, y abandonar por fin las inclemencias de la vida burguesa? Al menos alguien, uno que pruebe. Y luego le cuente al resto. Por ahí, ¿quién te dice?