Por  Eugenia Douek

Buenos Aires 1975 – 1976; la niñez y la adolescencia se encontraban supuestamente protegidas por la ley de Patronato o ley Agote número10903, sancionada el 21 de Octubre de 1919, que imponía, en cabeza de los jueces la protección de los MENORES, atendiendo a su salud, seguridad, educación moral e intelectual del MENOR, proveyendo a su tutela.

Ellos no eran sujetos de derechos, sino una suerte de propiedad privada, de padres algunas veces, o de jueces, otras.

Pongo resaltada la palabra MENORES porque en ese tiempo era sinónimo de “niño pobre”. La pobreza se judicializaba, porque ser pobre era un delito. Como era un delito caminar solo o con amigos por la calle porque, en ese caso, la figura legal era “vagancia” y por esa sola razón, merecían ser adentrados de prepo en un patrullero para ser trasladados a un “Instituto de Menores”. En esos casos, clasificados como de recepción y clasificación, como podría ser nombrada la línea de producción de una fábrica.

También era delito ser niño y vender pastillas en los medios de transporte o flores en los lugares donde cenaban las parejas enamoradas, porque “el trabajo infantil estaba prohibido”. Eran castigados por querer ganarse honestamente el pan para su familia.

Son los mismos que hoy son acusados de vagos porque “No quieren agarrar una pala”. Diferentes modos de excluir, de dejar afuera, de transformarlos en delincuentes, feos, sucios y malos.

Y aquí se me cuela hablar del tiempo, eso que los humanos medimos por segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y AÑOS. Esos años representados por números, transformados en velas sobre una torta. Esos años que aparecen en los relatos de historias personales a modo de eslabones que unifican la historia. “Yo en ese entonces debía tener unos diez años”, “Mi primer novio lo tuve a los …”, que mide cuándo termina la infancia y comienza la adolescencia, que marca la edad para ingresar a la escuela o para jubilarnos. Necesitamos esos eslabones que unen el tiempo dentro del tiempo.

Y dentro del tiempo aparece el barrio, Parque Chacabuco, un edificio de casi una manzana, la entrada con dos gigantes puertas estáticas como los granaderos de la casa de gobierno, cerradas de noche y abiertas durante el día, dejando ver un gran espacio que llevaba a una segunda puerta custodiada por un guardia.

Afuera, en la calle, el escenario no era estático pero sí rutinario, cada tanto un patrullero se detenía para bajar niños de seis a catorce años que habían sido detenidos bajo las circunstancias ya mencionadas. O que, habiendo escapado, porque algunos trepaban muros como arañas, eran nuevamente capturados y reingresados al ¿correccional de menores?”.

Pero un día, mejor dicho, una noche se rompió la rutina y también se rompió la rigidez de las puertas externas, cuando tres pequeños de seis años de edad, llegaron desde lejos a la gran ciudad, y sin saber cómo lo habían logrado, localizaron lo que para ellos encerraba una promesa de felicidad a la que nunca habían tenido acceso.

Alcanzar el timbre significó un “dame un pié” porque el tiempo aun no les permitía llegar a esa altura. Para sorpresa del entorno, esos niños pedían ser alojados. Diversos argumentos se iban entrelazando para justificar los motivos de semejante aventura infantil. El más sensato para esas mentes fue “cómo será la familia, para que quieran estar acá!!!

Dando cuenta en esta frase que el lugar era casi un infierno, una escuela del delito, donde se entraba como vendedor de pastillas y se salía diplomado en robos y hurtos. Al día siguiente la Trabajadora Social tomó las tres carpetas, nuevitas todas, de esas que tienen olor a “mis primeros pasos en el Patronato”, los formularios de ingreso completados con prolijidad y en el ítem motivo de ingreso: “presentación espontánea”. Los comentarios se iban sumando, insistiendo en que había familias con realidades mucho más crueles que las del instituto.

Para poder elaborar el informe de ingreso y poder armar un abordaje acorde a la situación, la Trabajadora Social solicitó la presencia de los tres niños.

Y allí se monta la escena, el salón enorme, oscuro y frío, varios puestos de trabajo, cada uno con su correspondiente escritorio, éstos eran todos antiguos y gigantes, el piso de grandes mosaicos por el cual se pudo ver cómo, a veces, arrastraban a los que se resistían a quedarse en ese lugar. En definitiva, nada más lejos de la privacidad y la calidez que merece un encuentro con tres niños que deben hablar de cosas importantes para ellos.

Dispuesta a generar un acercamiento, ella trataba de adelantarse volcando mitad de cuerpo sobre la madera de la tapa del escritorio, de modo de poder acercarse a las tres miradas. Ellos apenas superaban la altura del majestuoso mueble, sus manitos y sus dedos regordetes, transición entre cuerpo de bebé y de niño, jugueteaban con los objetos del escritorio. Al comienzo, los ojos grandes de asombro, luego, la mirada hacia abajo. La ternura, la ingenuidad y la convicción de que el mundo es bueno, se les escapaba del cuerpo por todos los costados.

Dijeron su nombre, sus años, el barrio donde vivían, confesaron que se habían escapado de sus casas y que habían estado viajando todo un día. Y cuando la TS les preguntó porqué lo habían hecho, fueron el TIEMPO, o el deseo de estar dentro del TIEMPO y de la historia, o ambos a la vez, quienes se encargaron de arrojar la respuesta. “Es que unos chicos nos dijeron que acá se festejan los cumpleaños”.

PD: La Ley 26061 en concordancia con la Convención Internacional de los Derechos del Niño, significó un cambio de paradigma en la protección de los niños y niñas de la Argentina. … La norma fue sancionada el 28 de Septiembre de 2005 y permitió la derogación de la Ley 10903, conocida como Ley de Patronato del Estado o ley Agote. Desde ese momento niños, niñas y adolescentes dejaron de ser discriminados como MENORES y pasaron a ser considerados SUJETOS DE DERECHOS.