Por Marta Valoy

El inventario de los atropellos y actos ilícitos del gobierno de Mauricio Macri, que  por lejos fue el peor que registremos en tiempos de democracia, abarca desde  la aplicación salvaje del menú neoliberal de ajuste, recesión, desocupación, abandono de las responsabilidades del estado, endeudamiento con la banca internacional, espionaje ilegal y persecución política, hasta  la corrupción estructural que se expandió en todas las áreas del estado, convertidas en cotos de caza para el saqueo más descarado y obsceno que se recuerde.

Cuando creíamos que habían cometido todos los delitos que se pueden perpetrar desde el poder, en la gestión del nuevo gobierno se desnudó un plus tenebroso que excede todos los límites morales. Estos que llamamos actos gratuitos, aparentemente sin ningún rédito político ni económico y que se pueden leer sólo en la dimensión de lo perverso. Aquí se encuadran el abandono de unidades hospitalarias que estaban listas para ser inauguradas, la suspensión del programa “Conectar igualdad”, arrumbando las notebooks que había adquirido el gobierno anterior, los fardos de vacunas que se vencieron sin ser entregadas a las provincias, impidiendo que millones de niños accedieran a protegerse de enfermedades que se habían controlado en las campañas de vacunación anuales que se llevaban a cabo durante el gobierno anterior, la interrupción de redes de agua pocos metros antes de llegar a algunos barrios humildes y que cuya finalización significaba una mínima inversión.

¿Cómo se explican estas conductas fuera de toda lógica?

Solo ganamos asombro y el profundo alivio de que las urnas les hayan dado salida antes de la pandemia. Por autoprotección, a menudo, eludimos imaginar nuestro destino como sociedad frente a los riesgos de la pandemia con Macri en el gobierno nacional. Seguramente. se parecería mucho a las imágenes dantescas de Brasil o de Ecuador, con fosas comunes y gente muriendo en la puerta de los hospitales.

Hasta aquí, todavía estábamos lejos de saber de lo que era capaz el gobierno de Cambiemos. Faltaba, según se develó últimamente, el daño hacia un país hermano exportando muerte y destrucción.

Hace pocos días nos en enteramos, a través de un funcionario del gobierno de Bolivia, que en la gestión de  Mauricio Macrí se había prestado colaboración al gobierno golpista de Janine Añez para  que reprimiera a quienes se manifestaban en contra del golpe de estado y llevara adelante graves violaciones a los derechos humanos. Subrayó además que la ayuda del gobierno argentino sucedió el 13 de noviembre, apenas dos días antes de que ocurriera la masacre de Sacaba ( Cochabamba) y a menos de una semana de la masacre de Senkata ( El Alto)  que están siendo investigadas por el Poder Judicial boliviano y  por las que hay militares golpistas investigados.

El contexto nacional y regional en el que se han venido produciendo estos fenómenos puede explicarse por el avance de conocidos y viejos discursos autoritarios, corruptos y mafiosos, resucitados por el neoliberalismo que recorre Europa y el Cono Sur como la peor de las pestes, casi tan peligrosa como la que hoy espanta al mundo.

Pandemia que, entre otras cuestiones, vino a poner en la agenda mundial, sin excusas, el profundo fracaso de este modelo de hambre, exclusión y muerte y la aviesa intención de reinstalar en la región una nueva versión del Plan Cóndor con gobiernos mafiosos y fascistas como el de Juntos por el Cambio.

Las masacres de Sacaba y Senkata constituyen la expresión más tenebrosa de la ferocidad del gobierno de facto que instaló en el gobierno Janine Añez quien, a pocos días de su autoproclamación, firmó un decreto con el que autorizaba a los militares a usar «todos sus medios disponibles» para neutralizar las masivas manifestaciones en contra del golpe. Así investidas de poder absoluto y de impunidad, estas fuerzas se lanzaron contra de grupos de manifestantes que reclamaban la vuelta a la constitucionalidad y el cese de las hostilidades en contra del pueblo, en especial de la población indígena, contra quien se  había desatado una campaña atroz de agresiones y de humillación.

En la zona de El Alto y de Cochabamba, mediante un operativo de pinzas entre ejército y fuerzas de seguridad, se llevó a cabo una represión sin límites, donde se disparó a jóvenes indefensos en una clara actitud criminal. Los relatos de estos sucesos son estremecedores, refieren que en los pocos centros de salud a donde eran trasladados los heridos por compañeros y familiares, en un acto de ferocidad increíble, se los torturaba y se los dejaba abandonados a su suerte sin que se le prestara auxilio o directamente se los asesinaba ahí mismo. Estos operativos, dejaron como saldo 28 muertos, y más de 80 heridos.

De esta iniquidad, hoy deben hacerse cargo Mauricio Macri y los funcionarios que actuaron en el envió ilegal de armas a Bolivia para que se perpetraran estas masacres. Esas balas y esos gases tienen marca argentina y responsables con nombre y apellido. Han segado la vida de hermanos.

La escena de una madre que en la masacre de Sacaba encontró a su hijo muerto debajo de una manta mientras le gritaba “Despierta papito”, recorrió el mundo, provocando un intenso estremecimiento en el corazón de millones de personas. En su homenaje y a todas las madres a quienes la dictadura de Bolivia les asesinó los hijos; este poema:

Hijo, despierta

Médanos de cenizas esparcidas

en el lugar preciso del grito,

el zarpazo feroz en la carne del alma.

Grito desgarrado y súplica sin puente ni orilla.

Madre pobre, madre, paridora de valientes

pagaste el alto precio de los invisibles.

Ahora, velarás todos los días 

el tizne de la tristeza en la morada insondable

del recuerdo, en el vértigo del vacío,

de la preñez de cardo enmudecido

¿Cómo es el consuelo en ese naufragio atroz,

en ese alud de lavas sólidas de odio

que arrastran para siempre la alegría?

Tu grito convocará el miedo

en la piel de la “Pacha”,

destejiendo la piedad

en ese suelo anegado de maldad

Marta Ofelia Valoy – Noviembre 2019