Por Rosana Forgas

Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee.

Miguel de Unamuno

Estaba pensando que para los escridistas -expresión que suelo usar para referirme a los que la remamos en el ámbito del periodismo y de la escritura literaria al mismo tiempo- no existe por estos tiempos el temor a la hoja en blanco. Es prácticamente imposible -en medio de un escenario internacional tan frenético y complejo- que la inspiración no nos acose aún “en dormidos”.

Porque a la inversa de lo que puede pasarle a un poeta o a un compositor, es tanta la cantidad de información, de análisis y de comentarios que queremos compartir con nuestros lectores, que lo que se nos hace siempre difícil es la selección de los temas a abordar viernes a viernes. Sobre todo, cuando tenemos una columna en una revista de actualidad como La Barraca. Créanme que, definitivamente, definirnos por una determinada problemática es lo que nos prologa las vigilias.

Esta vez me decidí por un tema por demás recurrente, pero abordándolo de forma más tangencial: la construcción del discurso público. Fundamentalmente en los temas que hacen al bienestar de las poblaciones vulnerables que, desde luego, -desde los albores de 2020-, es toda la población mundial.

Aunque no quiero ser reiterativa y que mi deformación profesional me lleve a insistir siempre con la obligación que tenemos todos aquellos que tenemos la suerte de tener una tribuna como ésta, de ser extremadamente cuidadosos con el lenguaje que utilizamos. Los que tenemos voz, los que tenemos la responsabilidad de informar, aunque parezca una verdad de perogrullo, debemos exigirnos más rigor a la hora de trasmitir una noticia que aquel que simplemente putea y hace catarsis en un muro de facebook. Porque la información oportuna y veraz empodera, cuanto más, en situaciones catastróficas como la crisis en la que seguimos inmersos.

Y más allá de lo que podríamos diagnosticar -si esta nota se tratara de un análisis político o sociológico- como una realidad social extremadamente convulsionada a raíz de una pandemia, no podemos dejar de advertir gestos por demás preocupantes en lo concerniente a la difusión y a la transmisión de las noticias por parte de los distintos actores públicos.  Gestos que trascienden lo meramente referido a los desajustes emergentes de un atroz panorama epidemiológico mundial y que, por ello, nos obligan a focalizarnos en las estrategias comunicacionales y/o en el déficit de ellas. En su incapacidad para acentuar los lazos, en su intención desestabilizadora, no sólo de la institucionalidad -porque esto sería objeto de otra columna- sino en la pulverización de los vínculos sociales “abonando” con cada noticia, con cada número, con cada dato, la división que existe entre los argentinos desde hace muchísimo tiempo y que, desde luego, tiene -y así debe ser reconocido y tratado- profundas raíces ideológicas.

Con pavor observamos que en las manos (y en la boca) de esta salvaje y canalla oposición, cualquier palabra adquiere especial relevancia, justamente por la inmoralidad con que son pronunciadas; la misma inmoralidad de quien las piensa cuasi artesanalmente para generar justamente lo que generan: odio, cada vez más creciente y alarmante, idéntico al que caracteriza a la derecha en el mundo y que en nuestro país está en todo su esplendor a partir de la aparición de las redes sociales y del recrudecimiento de la derecha más violenta y necrófila que representa el macrismo.  

El de la comunicación masiva es un territorio en el que aún el movimiento nacional y popular no puede ganar, seguramente porque ellos nos llevan muchísimas ventajas. Puestos a analizar, una de las fortalezas más importantes, a estos fines, parece ser la falta de lectura y de pensamiento crítico de la gran mayoría de sus seguidores. Un déficit que los disciplina y que los convierte en obedientes repetidores seriales. Conforman un segmento del que tienen pleno conocimiento quienes diseñan sus estrategias publicitarias: mensajes cortos, sin contenido, con frases reiteradas y slogans marketineros, al estilo de lo que sucede conviene.

La alquimia que se logra entre el odio que contagian, la impunidad de la que gozan -por el colosal blindaje mediático- y la torpeza de algunas operetas -sumados a la inmediatez y simultaneidad que nos regala Internet- hacen que todas sus trapisondas puedan ser detectadas más rápidamente que en épocas anteriores –inclusive que aquellas cercanas en las que Lanata cobraba muy bien buscando pebeies enterrados en la Patagonia-

Los especialistas en la conducta humana -individual y colectiva- aseveran que una tragedia de estas dimensiones sólo acentúa características que nos son propias y que no genera, en la mayoría de los casos, cambios conductuales ni actitudinales que sorprendan. Es lo que estamos notando con los aspectos que resultan indiscutidos, como las medidas adoptadas por el Gobierno Nacional siguiendo los consejos de un equipo de científicos asesores, y consensuados con todos -o casi todos- los gobernadores, a las que los sinestros personajes de siempre se encargan de denostar a dosis diarias.

Somos una sociedad fragmentada que, en el caso de las grandes masas populares que militan por la reducción de las obscenas desigualdades, está atravesada por la política. En sus antípodas se sitúa ese histórico 25-30 % de argentinos y argentinas al que las estrategias discursivas deliberadamente despolitizadoras, amnésicas y cuasi fundamentalistas que ofrece el neoliberalismo, seducen, enajenan e incitan incluso a atentar contra su propia vida.

Tenemos un gran desafío por delante, este es un año electoral por lo que, aunque se trate de una lucha muy despareja, nuestra militancia periodística –si cupiera el término- debe enfocarse en gran parte a sostener a los más desvalidos, a aquellos a los que sus propias limitaciones invalidan y, a veces alejándose de toda racionalidad, sucumben a las mentiras infames de abyectos de la talla de los Kambourianes y los Perettas, que se pasean por todos los canales desparramando terror y vaticinando el apocalipsis.

De nosotros depende que la palabra sirva de contención y de cobijo o se empuñe en miseria propia.

Siempre.