Por Rosana Forgas

 Hay algo que se llama alta rotación. Te ponen un tema todo el día en la radio y lo terminás tarareando. Con las noticias es igual.

Ricardo Mollo.

Al mejor estilo Néstor cuando inmortalizara la famosa frase acerca de los nervios de Clarín, uno de los operadores más paquetes de la oposición hoy parecía parafrasearlo en su editorial de la radio. El el letrado que no usa palabras soeces, el que escucha al entrevistado y responde siempre con un hmmmm… el que se asume “independiente”, se preguntaba ¿Qué les paaaaasa? en evidente alusión a ese oficialismo que él denuesta a cada minuto con tanta elegancia.

Porque para los “periodistas” eruditos -convengamos que él está más cerca de Morales Solá que de Etchecopar- es más importante como noticia algún comentario imperdonable de una torpe e insensible legisladora, que el hecho que desde ayer somos un poco más soberanos. Porque por primera vez en la historia de la humanidad un laboratorio argentino empieza a producir (siiii, a producir, Majul, no a fraccionar, no seas ridículo) una vacuna contra el virus que provocó la más grande tragedia sanitaria global. Porque tenemos Ministerios de Salud y de Ciencia y Tecnología, entre otras resurrecciones, porque estamos entre la docena de países productores y porque pronto empezaremos a exportar.

Nada dicen los caballeros de la prensa hegemónica sobre que ayer fue un día de júbilo y de esperanza para todos y todas los que luchamos por un mundo mejor desde la más impune adolescencia: ayer la Interpol libró orden de captura para el famoso Pepín Rodríguez Simón y la justicia empieza a aparecer tenuemente en el listado de palabras posibles. Tampoco sobre que ayer la pornográfica mentira de la cada vez más mentirosa presidenta del PRO fue desmentida, ante millones de televidentes, por el propio gerente del laboratorio norteamericano -para el que ella y todos sus secuaces trabajan-. Se callaron sobre el milagro que representa que ayer empezaran a vacunar a las franjas etarias más productivas de la sociedad.

Y claro que desde siempre tenemos presente la desigualdad en el acceso a la información -y en todos los aspectos referidos a los derechos humanos- seríamos necios de no reconocer la enorme ventaja con que corren aquellos que hacen delivery de noticias falsas sobre los que militamos la verdad, no estoy descubriendo nada nuevo. Sólo que tal vez me siento algo más vulnerable hoy, sentada en una sala de espera de un laboratorio bioquímico donde las normas de bioseguridad se aplican de manera tan rigurosa que es imposible no caer en la cuenta de la catástrofe que estamos viviendo. Y que el televisor está clavado en TN que sólo me muestra zócalos porque está en silencio y, a cambio, otro aparato igual de gigante oficia de radio prendido en el programa de Luis Novaresio que usa, para su homilía, el pretexto de las impúdicas confesiones públicas de la diputada Fernanda Vallejos acerca de la “austeridad” de los políticos argentinos respecto de los del resto del mundo y la absurda generalización sobre la situación patrimonial de los legisladores del PRO. Entonces una, que las escuchó espantada y que tiene presentes los refranes de la abuela, piensa inmediatamente en aquello de no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti porque, si repudiaba aquello de ellos son ricos y entonces no van a robar, mi coherencia me obliga a rechazar enérgicamente esto de que los de la oposición no necesitan el sueldo porque son ricos, que expresa tan ligeramente la diputada del palo.

Pero…es apenas una nota de color frente a la grandiosidad del escenario al que estamos trepados por obligación y del que no nos caemos por vocación. Por los principios y las convicciones ideológicas de un puñado de hombres y mujeres que nos gobiernan y que responden a un modelo de país que me representa y por el que siempre luché, a pesar de las incontinencias verbales de más de una Vallejos que, ¡la puta si las hay y las habrá!

Pero parece que a estos profetas del odio, a estos maestros del desaliento, a estos mercenarios de las noticias, no les llegan las chispas de un país encendido por la ilusión de salir de esta pesadilla o, lo que es peor: que a ellos y a sus afectos no los roza siquiera.

Me quedo con la anécdota del señor mayor que estaba sentado en la silla habilitada pasando cinco de la mía, que acababa de bajarse de una cuatro por cuatro que cortaba la respiración, cuya marca es un nombre de mujer. El mismo que, a su turno, se levanta y va hacia al mostrador, cuando dice su apellido, una que es provinciana y cholula, necesariamente…presta atención… corresponde a una de las fortunas más importantes de la región NOA. Y es ese millonario el que dice a los gritos, mirando el monitor que oficiaba de radio: – ¿Sabés qué Novaresio? Eeeeeesto nos pasa -mientras muestra su dos brazos levantados- nos pasa que ya está vacunada tooooda mi familia; nos pasa que perdí a mi mujer y creo que por hacer caso a basuras de tu calaña; nos pasa que nos faltás el respeto a la inteligencia hablando de boludeces. Eeeeeeesto nos pasa: estamos hartos de los patoteros como vos, ¿sabés?

En la sala estábamos sólo la secretaria, él, yo y, ante su inesperado discurso, se asomó la bioquímica vestida de eternauta y… de pronto… ¡empezó a aplaudirlo! y nos sumamos las otras dos y … claro, entonces yo quiero filmar la escena y hago el intento de meter la mano en la cartera y es cuando la jovencita me hace señas apuntando a los letreros en las paredes: Celulares: NO. Hablar: NO. Barbijo: SÍ. Muchas gracias por cuidarnos entre todos.

Y me toca a mí pasar a la sala de extracciones y de la emoción, no siento el pinchazo y cuando me subo al auto sonriendo, pienso: Novaresio: eso te pasa a vos: no leíste los letreros.