Por Juan Carlos Di Lullo


Marcelo Longobardi postuló desde una de las radios de mayor alcance que «la democracia no es para cualquier país» y advirtió (¿amenazó?) que «algún día vamos a tener que formatear a la Argentina de un modo más autoritario para poder manejar semejante descalabro». Antes se había mostrado preocupado por los «niveles estrafalarios de pobreza estructural» porque «hacen cortocircuito con una vida democrática plena». El golpismo explícito de tales observaciones sorprendió al propio Jorge Lanata (otro escandalizador profesional), quien apuntó tibiamente que «hay que discutirlo»; pero no le propuso a su colega alguna consideración acerca de la distribución de la riqueza, la igualdad de oportunidades, la asistencia a los más vulnerables o el rol del Estado como respuesta a la estrafalaria pobreza estructural en lugar de reclamar autoritarismo. No lo hizo porque en el fondo, está de acuerdo; y no lo dice porque su rol es otro en el esquema comunicacional orquestado por la derecha. En esa distribución de tareas, Lanata es el desbocado que insulta y desprecia. Longobardi es el encargado de hablarle al sector más radicalizado desde la postura de un intelectual bien formado, instruído y educado; por eso sobreactúa una pose de hombre culto y civilizado, que juega al golf, apasionado por la ópera clásica.
Menos de 24 horas después, Antonio Laje se subió al tren; desde el piso de A24, manifestó su «acuerdo total» con las expresiones de su colega. Laje atacó a quienes denunciaron a Longobardi invocando la ley de Defensa de la Democracia y creyó ver un «ataque a la libertad de expresión» en tales demandas. Es conmovedor ver cómo se defienden corporativamente los miembros de este elenco cada vez que alguno de ellos es criticado; claro que su celo se ve menguado cuando despiden a cientos de colegas por razones políticas (Telam, 2018) o cuando una señal de noticias es hostigada desde el gobierno (C5N, El Destape, AM 750…). Hay colegas y colegas… así como hay presidentes y presidentes.
Se auto perciben como liberales, republicanos y, en algunos casos, hasta apolíticos. Pero en el fondo (a veces, no tan en el fondo) añoran las marchas militares, los tanques en las calles y el «Comunicado número…. » en los medios. Los que tienen edad suficiente, saben por experiencia propia que ellos no tendrán ningún problema: seguirán difundiendo las «informaciones» que convienen y ocultando las que podrían incomodar a sus patrones. Seguirán respondiendo a las directivas geopolíticas dictadas desde alguna embajada y participando de operaciones de prensa destinadas a desprestigiar, ensuciar y hasta incriminar falsamente a cuanto dirigente político o líder social o gremial que pueda convertirse en un escollo para el funcionamiento de un plan económico destinado a favorecer a los poderosos a expensas de los más desprotegidos y vulnerables.
Saben replegarse cuando soplan vientos adversos. Sobreactúan entonces su apego a la Constitución, a la división de Poderes, al debate y al diálogo. Le exigen a los gobiernos de corte nacional y popular renunciar a sus promesas de campaña (soslayando que son gobierno precisamente porque una mayoría votó esos compromisos) y adecuar sus decisiones a los reclamos de la oposición (como tal, representante de la minoría); de lo contrario, militarán la idea de «autoritarismo» y hasta de «tiranía», cuando, ante actitudes similares de un gobierno de su agrado, acompañan con silencio y hasta con alabanzas y editoriales laudatorias.
No son expresiones aisladas de un comunicador extraviado. Hace menos de un año, Alberto Fernández fue acusado de pretender instaurar una “infectadura». Ahora, el presidente dicta un DNU con disposiciones sanitarias en medio de una pandemia y un conjunto de medios impulsa y apantalla un cacerolazo. El Jefe de Gobierno de CABA desconoce el decreto y los medios equiparan la jerarquía institucional y el alcance de las decisiones de ambos funcionarios. Los editorialistas imponen la idea de un presidente débil e indeciso, pero a la vez, autoritario y tiránico; para resolver ese contrasentido, Longobardi pide un modo más autoritario… obviamente, no en manos del presidente constitucional. Laje adhiere. Lanata no lo contradice y sólo sugiere discutirlo. Susana Giménez ayuda desde Uruguay: «no voy a vivir en argenzuela», anuncia.
Golpistas.