Por Emma Le Bozec

Mientras los medios hegemónicos cumplen con su función de colonizar, desarrollada para disputar e imponer el “sentido común” de ciertos intereses capitalistas en su fase imperial, y de esa manera favorecer al poder económico que los sostiene -no sólo en la Argentina sino globalmente- estamos asistiendo a un proceso de resistencia cognitiva y discursiva. Esto se puede observar en la participación permanente de muchxs sujetxs a través de las invitaciones donde convocan a conversatorios, asambleas, y otras modalidades, dando como resultado un gran volumen de debates públicos, en los que participan actores de diferentes áreas (Salud, Educación, Justicia, Políticas públicas, Comunicación, Igualdad de género, etc.). Por supuesto que esto no se refleja en ninguno de esos medios, que ignoran el peso de lo contracultural.                                                                                       

Esa participación virtual vino a reemplazar los lazos que durante la pandemia han fragilizado a la militancia por carecer de posibilidades de expresarse en las calles, lo que contribuye a la organización, a aportar ciertas ideas, ciertos discursos, cierta forma de la lucha y de unidad y, sobre todo, a demostrar nuestras fuerzas.                                                                                                

El macrismo nos obligó a quienes pertenecemos al campo nacional y popular a reforzar la unidad y la organización. Es tan grande el fantasma de que la mafia macrista pueda volver a irrumpir en el gobierno que nos vemos obligados/as a revisar todos los días la construcción de poder a favor de los sectores populares.                                                                                                      

Tenemos conciencia de que no llegan buenos alimentos a la mesa de lxs argentinxs, lo cual pone en evidencia que la mafia macrista no es un fantasma, sino que está ahí, a través de sus elementos oligárquicos, como la Sociedad Rural Argentina (SRA), que enfrenta todo intento de que todos y todas puedan comer y no sólo un grupo privilegiado. Un poder oligárquico compuesto por familias vinculadas con la dictadura genocida de 1976-1983. Es por eso que Juntos por el Cambio tiene emergentes dictatoriales con los que gobernó de 1915 a 1919, y una organización socioeconómica de tipo criminal que se ubicó dentro del Estado. Eso es lo que convierte en mafioso su gobierno, pues lo hizo con la presencia de los cuadros civiles de la dictadura metidos dentro del gobierno, lo que además produjo una transformación muy peligrosa en la teoría del Estado.  Por eso es necesario describir bien a esta fuerza, para entender la política argentina, y reconocer que el macrismo tiene componentes fascistas, además de una emergencia neoliberal. Pero fue más que eso: fue un gobierno de CEOs, que habían estado en empresas privadas y pasaron a conformar el aparato legal del Estado  nacional.                                                                                                                                                                                                                         Cuando el macrismo empieza a dictar leyes, a dictar valores desde el Estado, genera una forma de hacer política y una forma de proceder. Una organización de esta índole siempre despliega lógicas (o sea formas cognitivas mafiosas) y lo hace nada menos que desde el aparato del Estado. Para entender por qué es tan complicado gobernar después de la mafia macrista es necesario realizar un análisis exhaustivo de los mecanismos que están en juego y desmontarlos. En primer lugar, la independencia del Poder Judicial empieza a menguar de tal forma que hasta se han naturalizado algunos hechos, difíciles de comprender por lxs ciudadanxs comunes. Así, aparece el lawfare, que es una especie de Plan Cóndor del siglo XXI, que ocurrió simultáneamente en casi todas las naciones de América latina. Sin embargo, la mafia argentina instalada en el gobierno superó el modelo, dado que afectó también a los familiares de los opositores políticos (a la hija de Cristina Kirchner, a las hijas de Gils Carbó, a la familia de Alejandro Vanoli, a la pareja del Gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, etc.Cuando un Poder se mete con la familia de los opositores, podemos decir que estamos frente a una lógica mafiosa, pues la ley se vuelve una herramienta al servicio de la venganza y de las perversiones.     

En segundo lugar, la deuda se vuelve en contra del pueblo, pues lo depreda económicamente. El “estado de necesidad” en que se encuentran los argentinos y las argentinas le impide al gobierno afrontar los compromisos de deuda contraídos con el Fondo Monetario Internacional (FMI), bajo riesgo de afectar intereses superiores que el Estado debe proteger en un contexto de pandemia: la vulnerabilidad social, la salud, el trabajo, la educación y la vivienda del conjunto de la población.                                                                        

En tercer lugar, cuando una organización criminal copa el Estado se esfuma la credibilidad de la acción política con un sentido social, socializante y humanista vinculado con la clase trabajadora y el campo nacional y popular. Es así como la función protectora del Estado de derecho empieza a quebrarse. De esta manera, la mafia le presta al capitalismo el germen de la ilegalidad metido en los tejidos de la legalidad. Cuando el elemento de la ilegalidad se mete dentro de los tejidos de la legalidad, estamos frente al principio lógico mafioso.  Y cuando aparece ese principio lógico mafioso detrás siempre hay una organización o varias organizaciones criminales.                                          

Cuando me refiero a la mafia, no hablo de los personajes de las películas El Padrino, me refiero al principio de la ilegalidad metido en el continuo de la legalidad. La mafia es un mundo de anti-valores, con un particular modo de ser y de pensar y una educación que está inclinada hacia las formas de la violencia. Los mafiosos son tipos que no tienen ningún tipo de emotividad. Es, por ejemplo, Macri, en medio de una brutal pandemia que arroja decenas de miles de muertos por día, haciendo alardes de que, cuando era presidente trabajaba hasta las 19 hs y recomendándole a Alberto Fernández que haga lo mismo, mientras la mitad de los niños y niñas no tienen un alimento en la mesa que les garantice un saludable crecimiento. La violencia y la muerte forman parte de la actividad profesional mafiosa o sea de una actividad profesional estructurada. Pero ¿qué es la violencia mafiosa? La violencia, real o simbólica, es una estructura, un modo de habitar la relación con lo demás, la relación con los otros. Por eso les da tanta bronca cuando Cristina Fernández dice “la Patria es el otro”: desestructura a la mafia macrista. La dialéctica entre la legalidad y la ilegalidad es el signo fundamental de lo que podemos llamar la cultura mafiosa.  La ilegalidad del Estado es el motor del movimiento mafioso. Vimos cómo en el caso de la deuda los funcionarios públicos (sujetos legalizados) que trabajaban dentro del Estado y que deberían   haber servido al pueblo argentino en función del interés público, en realidad operaron rompiendo, descalabrando las normas, los procedimientos legales del Estado argentino.                                                                                                   

De hecho, Leopoldo Moreau, presidente de la Comisión Bicameral de Fiscalización de Organismos y Actividades de Inteligencia (Ley 25520), frente a la operatoria del servicio de inteligencia habló de una ilegalidad de Estado.  Parece una paradoja, pero eso que percibíamos como un Estado paralelo, esa ilegalidad es el “principio mafioso”. La comisión bicameral sacó un informe de 400 páginas con dictamen de mayoría firmado por Moreau, Tailhade y Parrilli, entre otres, al que titularon “El Estado Mafioso”. Sería recomendable que todos los medios de comunicación lo informen a la ciudadanía, para no ir cayendo sin darnos cuenta en las garras de esa mafia.