Por Emma Le Bozec

Los mapuches denunciaron a los siguientes vecinos de Villa Mascardi de Bariloche, a los que Patricia Bullrich cuida: 

  • Eduardo Elsztain, Grupo Irza S.A.
  • Grupo Burco
  • Grupo Alvear
  • Grupo Roemmers
  • Máxima Zorreguieta
  • Alfredo y Tomás Bergek
  • Nicolás Bakdiwan, representante de Joe Lewis
  • Vecinos de los Emiratos Árabes
  • Grupo Benetton
  • Grupo Lewis, etc.

Los extranjeros denunciados por los mapuches son grandes Grupos económicos que ocupan ilegalmente la zona, los cerros Carrera y el Nevado Mayor, la división  de las aguas con actividad glaciaria, y las nacientes del río Chubut, el río Villegas y el río Foyel. No casualmente los medios hegemónicos difunden que “los mapuches encapuchados” ocupan tierras y los muestran como violentos, mientras ocultan sus denuncias y los estigmatizan como un enemigo “violento e imprevisible”.   

Eduardo Elsztain es el presidente del Grupo IRZA S.A. y director empresarial del hotel Llao Llao, junto a David Sutton -presidente y CEO del Grupo Alvear- quieren levantar un hotel de 5 estrellas en la zona.                               

El grupo BURCO está conformado por más de 20 socios de empresas anónimas de Bélgica, y se apropió ilegalmente de más de 24 mil hectáreas a valores irrisorios, la mayor acumulación de tierras de Río Negro, con proyectos vacacionales de lujo. Los nombres que siempre están alrededor de este grupo empresarial son Alfredo y Tomás Bergek y Nicolás Bakdiwan, representantes de Joe Lewis, cuyas causas por apropiarse de lagos y ríos que generan energía hidroeléctrica fueron desestimadas por falta de mérito.                                         

Además, Bullrich está cuidando a vecinos del Grupo Roemmers, dueños de laboratorios químicos y de farmacéuticas; a la princesa de Holanda, Máxima Zorreguieta; al Grupo Benetton; al Grupo Lewis; entre otros grupos que rodean al Lof en Winkul Mapu y que también tienen amplios campos en la comarca andina en El Bolsón, el paralelo 42.                                                                  

Ésta es una zona inmensamente rica, a la que el rabino Bergman, ex ministro de medio ambiente del macrismo, casualmente, llamó “La tierra prometida”, tal como en 1947 le llamaron a la zona de la que Israel desplazó a los palestinos.              

Mientras el país debatía el impuesto excepcional a las grandes fortunas y se hacían donaciones para comprar insumos para la salud, el gobierno de Río Negro sostenía una política tributaria en favor de poderosos capitales trasnacionales que operan en la región, y no los obliga a declarar las mejoras realizadas en las tierras rurales lo que, según los valores oficiales fijados por la Agencia de Recaudación Tributaria, mantiene los impuestos inmobiliarios en valores irrisorios. El avance del despojo es acompañado por el Poder Judicial, que no investiga la denuncia penal por el ataque a un puesto de veranada de la comunidad Kom Kiñé Mu (KKM) perpetrado en noviembre pasado. Tampoco evitó en marzo, en plena emergencia nacional por el Covid19, que los administradores de las empresas de Matar Suhail Al Ybhouni Aldhaheri alambraran las tierras altas de la comunidad mapuche, en abierta violación a la medida de no innovar dispuesta hace tres años por una Cámara Civil de Bariloche. 

En un mundo carente de agua dulce, los grandes grupos empresariales no sólo dejan sin tierras a los campesinos y a los pueblos originarios, sino también sin agua y sin la energía eléctrica producida por esos ríos que vienen a explotar estratégicamente. Llegan desconociendo todo tipo de leyes, de la misma forma que durante la “Conquista del desierto”. Esto lleva a una espiral que tiene que ver con otras alteraciones aberrantes del ecosistema, con la devastación del medioambiente, la deforestación y la desertización del planeta en nombre de las grandes y ostentosas industrias hoteleras, que sólo pueden disfrutar los más ricos del mundo y cuya recaudación no le deja nada a quienes pertenecen a estos lugares paradisíacos.

La pobreza, la indigencia, la exclusión y el hambre tienen la misma matriz de desigualdad que la opulencia y la exuberancia de recursos que ostentan las clases dominantes. En el planeta, más de 3 mil millones de seres humanos viven con menos de un dólar por día, como resultado de que el 1% de la población es dueña de más del 50% de la riqueza total generada. Las muertes por el hambre y la sed están ligadas a los cambios y a la destrucción en la producción agrícola de pequeños campesinos y de los pueblos originarios y también a la concentración generada por la industria alimenticia.

Pocos paisajes son tan admirados como los de la Patagonia, en especial esos enormes campos incendiados recientemente, con un centenar de familias desplazadas que los disfrutaron durante generaciones. El poder real y concentrado y las conspiraciones de sus oligarquías y del imperio, desgastan a los gobiernos provinciales y tienden a dividir a la sociedad en dos polos enfrentados. Los gobiernos de las provincias son tentados por los dueños del capital y dependen de esos pulpos que están al acecho para saciar su propia voracidad. Si sumamos a eso la facilidad que la mafia del macrismo, con Bullrich como ministra de Seguridad les otorgara, la ecuación riqueza- pobreza es más simple de explicar. De ahí que los gobiernos neoliberales busquen alianzas en los medios de (in)comunicación, y no dejen que avance una cultura popular de transformación del orden social. Los procesos populares no logran acumular las fuerzas necesarias para desarrollar estrategias de gobierno a largo plazo ni gestar el poder que evite el retorno al proyecto desigualitario.

Ese sistema de concentración de la riqueza está ligado también a las pestes, debido a la distribución de las cadenas comerciales, que han fragilizado a las sociedades periféricas y pobres al enfrentarse al hambre. Vemos cómo desaparecen los cultivos tradicionales y cómo se alteran los procesos y los tiempos de la naturaleza, mientras aparecen el monocultivo, el desarraigo, la desertización y las carencias. Hoy, las clases más acomodadas tienen acceso no sólo  a las verduras y frutas de estación, sino a cultivos generados durante todo el año. Esa “naturaleza artificial” tiene un costo, pues deja sin trabajo y sin alimentos a miles de seres humanos en función de un negocio cada vez más perverso. Y, casualmente, después llega EE. UU. con los préstamos del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional.

En la Argentina no hizo falta una guerra convencional, sino la nueva guerra de baja intensidad promovida por el Lawfare, a cargo de la mafia del macrismo. Lugares que han tenido una cultura agrícola, con tradición de diversificación productiva, donde sus pobladores enfrentaron sus propias vicisitudes, se ven ahora afectados en nombre del progreso, la tecnología y el negocio, con el uso de agrotóxicos, organismos genéticamente modificados y semillas transgénicas.  No casualmente, el avance de la frontera sojera coincide con los incendios de origen desconocido. Así surge el desplazamiento de familias campesinas y de los pueblos originarios que, despojados de sus tierras, pasan a engrosar los cordones de miseria de las grandes ciudades.

Pero esto no es irremediable. Es producto de ciertas decisiones políticas, que deberían ponerse en debate, cada vez más observadas por la conciencia de lxs jóvenes. Hay que decidir como pueblo qué vamos a hacer y legislar no sólo cómo regularizar la entrega de las tierras sino, además, cómo ejercer los controles para que esas decisiones se cumplan, sobre todo en las provincias constituidas por ciertos poderes cada vez más feudales. Es necesario que las poblaciones ejerzan la defensa de lo que con tanta facilidad les es arrebatado por los poderes concentrados de ciertos grupos, que vienen a vendernos los espejitos de colores de las grandes inversiones que, en realidad, son grandes desposesiones.

El capitalismo es un sistema autodestructivo, que se devora a sí mismo con tal de mantener la tasa de rentabilidad pretendida, expandirla y reproducirla infinitamente. La acumulación por desposesión define los cambios neoliberales en los países occidentales desde los años 70 hasta la actualidad y tiene por objetivo mantener el sistema actual. Son cambios guiados principalmente por cuatro prácticas: la privatización, la financiarización, la gestión y manipulación de las crisis y las redistribuciones estatales de la renta.​ Durante los gobiernos neoliberales, tanto de la dictadura como del menemismo y del macrismo, los cambios se manifestaron en las empresas y servicios públicos, que tienen su raíz en la privatización de la propiedad comunal.

Dedico al pueblo mapuche mi enorme agradecimiento en mi poema “Semillas”, del libro Mirá donde nos venimos a encontrar, editado en 2016, por cuidar la Patagonia.

sé que la tierra dejó de ser tierra

el mismo día en que la semilla dejó de ser semilla

sé que un puñado de seres 

producen semillas que dan plantas estériles

 

sé que los Dioses pueden responder

al injusto desastre con el enojo de años acumulados

y aunque la prensa comunique

“tragedias naturales”

y separe a la ciencia de Dios

no creo que a la Pachamama le resulte indiferente

que le liguen las trompas

sin consultarla