La comunicación y el sentido común de la opinión pública en el pueblo trabajador en los tiempos de Googlín.

Por Moira Goldenhörn*

Los y las trabajadoras supimos conocernos en el trabajo, en el cara a cara, compartiendo horas, mates, dolores, fotos de hijes creciendo. Supimos ser vecinos y vecinas, compartir barrios obreros y trabajadores. Supimos que la identidad trabajadora y el movimiento sindical nos representaban.

En algún momento, tras décadas de terror y silenciamiento, donde el  “no te metás” y el “yo me salvo” fueron suplantando el compañerismo y la integración social, el individualismo y la virtualidad se impusieron junto a la concentración de capitales. La información fue de a poco dejando de ser un derecho para ser un negocio muy rentable, capaz de formatear la opinión pública. La cosa se fue perfeccionando cuando, con las interacciones a través de la web, los programas fueron capaces de predecir, nuestros intereses y crear necesidades a la carta sin pedirlas.

Así las cosas, llegó el momento en que dejamos de creer a nuestros ojos, de escuchar a nuestro corazón y de confiar en la palabra de quien tenemos al lado para responder a lo que los medios dicen que “la gente” dice. ¿Quién es esa tal “gente” que nos dijo durante 10 años que con el kirchnerismo nos estaba yendo mal? ¿Qué “gente” dice que se robaron todo? ¿Es la misma “gente” que habla de “plandemia” y atenta contra la principal herramienta que la ciencia moderna tiene para enfrentar enfermedades potencialmente letales? ¿Es “la gente” que asevera haber visto bolsos de dinero siendo contados ante cámaras de seguridad o es “la gente” que cada mañana sale a trabajar tomando uno, dos o tres transportes públicos? ¿Cuándo fue que esa “gente” dejó de sentirse “pueblo”? ¿Cuándo fue que los trabajadores y trabajadoras comenzaron a sentirse “clase media” cómodamente en la meritocracia?

Vemos que la pandemia y el aislamiento vinieron a complicar aún más el sentido de unidad del pueblo argentino. Que la dificultad de que encontrarnos conviviendo cuerpo a cuerpo nos ponía en peligro no sólo a [email protected] sino a nuestros seres amados, y por ende, la polarización entre las visiones tendientes al individualismo y las propuestas reivindicadoras de perspectivas comunitarias como estrategia para sobrevivir a la pandemia, se hizo patente. Simultáneamente, los medios hegemónicos,  concentrados y oligopólicos, construyeron el único relato masivo para ser repetido por las personas en aislamiento. ¿Cuándo comenzamos a dejarnos caer en esta trampa de colonización del sentido común social, de la “opinión pública”? ¿No podemos ver la apropiación de las angustias, broncas, frustraciones, hambre, miedo y salud precarizada para alimentar a esta suerte de “Leviathán 2.2” que informe flota en el inconsciente colectivo como único discurso posible? ¿Cuándo aceptamos sin discusión ni filtros críticos la irrefutable existencia de ese monstruo que nos rige sin pacto social alguno; sin una voluntad expresa de los ciudadanos para dándole entidad, o delegándole soberanía alguna para intervenir en nuestras vidas, y que en la confusión de esta realidad ficcional parece cobijarnos y defendernos de “la ignominiosa clase política”?

Seguimos siendo ciudadanos y ciudadanas y, sin embargo, en algún momento empezó a distanciarse la formación política básica de la formación ciudadana. ¿Fue en el mismo momento en que “los trabajadores” pasamos a ser “clase media”; la “patria”, “república” y el “animal político” se volvió “contribuyente”? ¿Por qué el involucrarnos con los asuntos de la polis, de la ciudad, del Estado dejó de ser una preocupación y fue delegado a “los políticos”? ¿Tendrá que ver con ese “no te metás” a punta de FAL y con amenaza de picana? ¿Con la prohibición de reuniones?

¿Cómo salir entonces de esta encrucijada? ¿Por dónde comenzamos a desandar el camino del abandono del compromiso personal con algún sujeto colectivo?

Proponemos volver a reconocernos y a conocernos en diálogo honesto, solidario, en clave de cooperación mutua. Volver a saber quién vive al lado y qué vida lleva. Y en la otra cuadra, y en la quinta de más allá. Porque somos comunidad en cercanía, tenemos la potencia de convertirnos en colectivo de intereses, de preocupaciones, de identidades y de causas comunes. Somos quienes contamos boca a boca las verdades compartidas. Trabajando mano a mano transmitimos la dignidad junto a la técnica, y andando juntos codo a codo somos capaces de transformar realidades y desmantelar ficciones que nos tienen por sujetos incapaces y pasivos,  despojados de todo poder y decisión. ¿Cuándo fue que el pueblo soberano empezó a defender con su vida los intereses parasitarios de la clase financiera empresaria? ¿Cuándo nos olvidamos de la fraternidad en la construcción democrática?

Boca a boca, mano a mano, codo a codo, nos vayamos sumando; gota a gota haciendo marea, hasta rebalsar los límites de lo que nos imponen como tolerable. 

*Moira Goldenhörn

Abogada Feminista – Escribana.

Docente esp. En Problemática de las Cs.Sociales

PG en Cultura y Comunicación

Maestranda en Cs.Sociales y Humanidades