Por Mariano Pinedo* 

*Militante Peronista – Compromiso Federal

Tanto en el ejercicio del gobierno como en el rol de oposición, la política siempre es el mejor camino para articular intereses, conflictos, pasiones, voluntades y posiciones aparentemente contrapuestas, detrás de objetivos estratégicos que resulten en beneficio del pueblo y de la Nación. Es el instrumento por el cual se construye unidad, protagonizando el destino común de las comunidades, a partir de la aspiración singular que cada persona aporte, en el ejercicio de su libertad y su responsabilidad. La política, por lo tanto, al ser el ámbito natural del desenvolvimiento y participación de los hombres y mujeres en la consecución del interés común, convierte las diferencias en una energía indispensable, transformadora, creativa y también unificante, en cuanto canaliza las esperanzas individuales en una esperanza comunitaria. Esa esperanza se convierte en una voluntad y ésta no es otra cosa que una potencia: lo que somos y lo que estamos llamados a ser, de la mejor manera y en su mejor versión, con el aporte de la libertad y el factor aglutinante del amor y la solidaridad. Allí hay vitalidad y allí radica el poder que nos va a permitir ser la Nación Argentina que soñaron nuestros padres y abuelos: grande, justa, libre y soberana.

La democracia, como sistema político, no es sólo un régimen legal que tolera las diferencias, o que intenta disminuirlas a la mínima expresión, como un intento de conjurar la violencia que importa no tolerar al otro, detrás de una serie de formas institucionales. La democracia, por el contrario, al proponerse ser el gobierno del pueblo, requiere y necesita indefectiblemente la expresión de la diferencia. No la diferencia fantasiosa, inventada o inoculada por las ideologías que procuran la división y la fragmentación para dominar a los pueblos, sino la real, la que existe por ser el pueblo una entidad cultural con sentido de unidad, integrado por personas particulares, únicas, irrepetibles, cuya diferenciación permite, precisamente, exponer la riqueza de las comunidades y la complejidad de una realidad que no se deja encerrar en “modelos de pensamiento”. Una sociedad en la que todos y todas aspiren a lo mismo, piensen lo mismo y digan lo mismo, de acuerdo a la definición que hagan de los “modelos en pugna” las usinas o cúpulas que orientan el pensamiento, es una falsa democracia y generadora, peligrosamente, de violencia en ascenso. La uniformidad del pensamiento binario, de la grieta artificiosa, de acuerdo a paradigmas ideológicos que se retro alimentan con su paradigma contrario y no permiten el aire fresco de terceras posiciones, no responde a la realidad de la vida en comunidad.

La visualización, comprensión y decisión sobre las cuestiones que hacen a la vida concreta y cotidiana de los pueblos y las naciones, requiere necesariamente de la aceptación de una participación plural, que admita distintas miradas y enfoques, distintas formas de organización y distintas decisiones en torno a la modalidad de esa participación. Una democracia no puede darse el lujo de no escuchar, no ver e incluso -como diría una compañera del conurbano- no oler la realidad, compleja y completa, por estar empecinada en encapsularse en modelos conceptuales, ideológicos o partidarios. La conversación, la apertura sincera a otros enfoques que conmuevan la propia mirada y que la cuestionen para superarse y ampliarse, es la herramienta que nos da la política para evitar lo que un pensador francés llama “identificaciones bloqueadas”. Aquellas que acotan la realidad, no la reflejan y por lo tanto pretenden forzarla a no manifestarse tal cual es. Y cuando las decisiones institucionales del Estado no receptan las diversas agendas, temáticas, preocupaciones o procesos que se dan en el pueblo, no solo terminan por no representarlo, sino que, tarde o temprano, el pueblo encontrará la forma de ponerlas de manifiesto, y tal vez no siempre de manera pacífica u organizada: conducida, digamos.

El proceso electoral que se avecina, a mi modo de ver, se presenta como una enorme oportunidad. La democracia no puede dormirse en los laureles. O se profundiza o se estanca. O gana intensidad y se anima a ser más democracia, con protagonismo popular verdadero, o se convierte en una mera formalidad que sólo sirve para dirimir candidaturas y resolver carreras políticas de los dirigentes. No habrá democracia sin pueblo y se sabe que los dirigentes, encerrados en sus “identidades bloqueadas”, cada vez estarán mas lejos de expresar la voz rica, profunda y singular de un pueblo dentro del cual se engloban todas las particularidades y afluentes.

En este sentido, el movimiento peronista tiene la responsabilidad, por el contenido de su doctrina, por el compromiso de su historia con las causas populares y por su convicción cultural y política, de constituir un frente político que, como lo enseñó siempre su fundador y conductor, Juan Domingo Perón, esté dispuesto a ver, apreciar, decidir y actuar desde el pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Nunca encerrado en ningún círculo, ni definiendo desde posiciones de poder, quién puede y quién no debe protagonizar ese proceso. La organización y conducción de ese frente, que antes que electoral debe ser político, no debe partir de la limitación sino más bien de la promoción de más orgánica y más participación popular. De esa forma, lo que se organice y conduzca no perderá potencia, expresará diversidad y fortalecerá una unidad vital, con aportes novedosos, con agendas reales y con representación concreta.

Resulta claro que el frente político que asuma como propios los problemas verdaderos y que se disponga a crear herramientas para su solución (no para disimularlos, evitarlos o curarlos de palabra) debe encontrar rápidamente, en estos días, la mejor alternativa de propuesta electoral. Existen mecanismos, desde esta perspectiva, que podrían solidificarnos como frente político y al mismo tiempo ser más potentes en lo electoral, de manera de alcanzar una victoria no solo numérica (más porcentaje de votos, más bancas, que obviamente es importante), sino también política; es decir, ser nosotros, como frente, los que mejor representemos, organicemos y resolvamos la demanda social, aparte de ser -fundamentalmente- quienes mejor personifiquemos la esperanza de un pueblo que quiere y puede ser feliz, siendo protagonista.

El general Perón, en una de sus conferencias más significativas y completas (Significado de la Defensa Nacional desde el Punto de Vista Militar – 10/6/1944), planteó que entre los objetivos estratégicos centrales, la Argentina se planteaba “ser el pueblo más feliz de la tierra”. ¿Cómo podemos no asumir semejante desafío, proponiendo desde distintas voces los ejes de un programa que permita alcanzar ese camino de felicidad? La lucha es larga y plagada de dificultades, pero no por ello menos realizable. Necesitamos expresar electoralmente, en el marco de una Primaria Abierta, Simultánea y Obligatoria (PASO), todo lo que nuestro pueblo demanda, sueña y aspira a concretar. En grande, no con conformismos mediocres.

No se trata de resolver el orden de una lista, sino de convocar, poner en marcha y conducir toda la capacidad transformadora del movimiento nacional. Hay un pueblo que hoy sufre una pandemia, pero también esta sumido en la incertidumbre, en la falta de un rumbo claro que avive la esperanza de un mañana en el que podamos ir concretando realizaciones.  Garantizar la comida en las familias argentinas, los servicios públicos esenciales, la vivienda, el trabajo. La posibilidad de soñar con construir comunidades, pueblos y ciudades que restauren un tejido social solidario, presidido por la amistad, por el encuentro. Espacios en donde nuestras hijas e hijos puedan educarse, formarse, divertirse, jugar y compartir en familia. Una cultura y una mística de la esperanza no se puede erigir si no es de la mano del amplio protagonismo de la comunidad organizada. La elección no es un mero procedimiento formal para validar candidaturas. Es una oportunidad de convocar al sueño común de todos y de todas. No desperdiciemos esa oportunidad aprisionando a los argentinos y argentinas en alternativas de hierro.

El neoliberalismo o como sea que definamos al espacio opositor, es el que quiere impedir -como lo hizo siempre en la historia- que los pueblos encuentren caminos de liberación, de verdadera soberanía y de independencia en la decisión de su futuro. Es el modelo ideológico y metodológico que considera que solo unos pocos selectos, elites o cúpulas de poder, son los que tienen acceso a la decisión política. Nuestro frente no puede construir un relato social solidario, nacional y popular, usando los métodos y las formas de la meritocracia y la imposición del más fuerte. Abramos con confianza la ventana de la amplia participación, con reglas de juego abiertas y accesibles, para que entre el aire fresco de una renovada agenda, nuevos actores y mecanismos democráticos con todas las letras. Confiemos. Vamos a hacerlo bien. Ese sería el mejor aporte que el peronismo, siempre dispuesto a adaptarse a los signos de los tiempos, puede y debe hacer ahora, a la salida de la pandemia y frente a la inmensa oportunidad de ingresar en una nueva época de realizaciones, igualdad y justicia social, desde Argentina, para todo el mundo.