Por Juan Carlos Di Lullo


Hubo un tiempo en el que las noticias tardaban días y hasta semanas en concretar el camino entre el emisor y el receptor… la película «Noticias del mundo» muestra a Tom Hanks en la piel de un soldado veterano de la Guerra Civil que se ganaba la vida recorriendo pueblos del interior profundo de EE.UU. para leer noticias de los periódicos que llevaba en sus alforjas a cambio de unos centavos por oyente. Hace poco más de medio siglo, en nuestro país, lo más dinámico era la información que renovaban cada treinta minutos o cada hora los «boletines» que difundían las radios, porque los diarios (matutinos o vespertinos) abrían un paréntesis de 24 horas entre una edición y la siguiente, a menos que una información de extrema importancia ameritara la aparición de una «edición extra»… a Santiago del Estero o a Tucumán, por ejemplo, los diarios porteños llegaban con un día de atraso, transportados por los trenes que por entonces vinculaban a todo el país.
Los avances tecnológicos fueron abreviando esas distancias hasta reducirlas a la mínima expresión. Paralelamente, fue creciendo la avidez del público por tener acceso cada vez más rápido a un volumen de información en constante aumento. La otra gran novedad que inauguró el advenimiento y la popularización de los medios electrónicos fue la de dar acceso a la información a pedido del usuario («on demand»): ya no es el emisor el que determina qué noticias brindará al público, sino es éste el que puede acceder a la consulta puntual de un determinado tema, a través de motores de búsqueda cada vez más potentes que ponen a su disposición un vasto archivo de alcance global.  
Los avances entre la época del capitán Jefferson Kidd que encarnó Hanks, y el Google voice que responde (a veces no muy precisamente) a una búsqueda requerida sin siquiera la necesidad de escribir parecen, (y en gran medida, son) favorables y virtuosos; sin embargo, hay problemas que surgen de esta sorprendente instantaneidad y de la variedad en la naturaleza de la información a la que se ha franqueado el acceso. Uno de ellos es la dificultad de comprobar a ciencia cierta la veracidad de lo que se leyó. La tendencia casi natural es la de dar crédito a las noticias que aparecen publicadas por medios conocidos, con cierta (o enorme) trayectoria en el panorama informativo global. Sin embargo, suele haber problemas.
Por ejemplo, en el comienzo de esta semana, varios de estos medios se apresuraron a dar la noticia de la muerte del locutor Jorge «Cacho» Fontana. El legendario conductor estaba internado a raíz de un segundo contagio de Covid 19. El lunes 26 surgió la versión de su muerte; varios medios la replicaron sin el chequeo que impone la más elemental práctica periodística y con la premura que impone esa avidez por la primicia que empaña el proceder de algunos medios de comunicación. La bola de nieve fue imparable, hasta que el propio «Cacho» la pulverizó al hablar por Radio Mitre. Ya se habían desencadenado miles de interacciones en Facebook y se había convertido en tendencia en Twitter. Hasta un medio de innegable trayectoria como La Nación, tropezó al publicar al día siguiente un aviso fúnebre lamentando el deceso del locutor.
El vértigo que se vive en la redacción de noticias de cualquier medio puede explicar (nunca justificar) deslices de este tipo. El «Ultimo Momento», «Único Medio» o «Alerta» suelen ser muy malos consejeros y precipitar situaciones como ésta.
A otro orden pertenece la nota publicada justamente en La Nación por Carlos Pagni, un periodista con fama de disponer de muy buena información. Habla de la pandemia, de las vacunas pero, fundamentalmente, dispara sobre el gobierno de Alberto Fernández, al que atribuye todos los males que el país vive en estos tiempos de coronavirus. Pero se ven los hilos. Critica desde la opinión la gestión gubernamental sobre la obtención de vacunas, y tiende un manto de sugerencias acerca de actos de corrupción en las operaciones de compra. Narra parcialmente las tratativas y llama la atención cuando, al describir el proceso de fabricación y fraccionamiento de la vacuna de AstraZeneca entre Argentina y Méjico, dice que se frustró porque la factoría mejicana «no pudo poner los frasquitos»… No menciona la participación decisiva que tuvo el gobierno estadounidense al desempolvar una ley vetusta impidiendo exportar un componente esencial en la fabricación de los envases y frustrar así la operación. Pagni también se explaya sobre las virtudes de la vacuna de Pfizer, un producto por el cual los dos gigantes informativos del país vienen haciendo una operación de lobby inocultable. Y disimulan, por ejemplo, las exorbitantes exigencias del laboratorio (embajadas, activos, bases militares) en concepto de garantía.
En este caso no es el apuro o la ansiedad por la primicia la que produce el bache informativo, sino el posicionamiento político del periodista y del medio al que responde. La prueba la da el mismo Pagni al comienzo de su nota: «Con los números que ofrecen hoy las encuestas, sería difícil que el Gobierno triunfe en las elecciones; sin embargo, un consenso extendido supone que el oficialismo ganará». Esta última frase muestra el objetivo que el columnista quiere demoler.
Sin apuro, sin primicias en este caso; con pocos datos, verdades a medias o mentiras lisas y llanas. Pero con muchísima difusión.