Por Juan Carlos Di Lullo

«Juan Grabois es el CEO del pobrerío», dice Eduardo Feinmann en LN+, tratando de sonar lo más insultante y despectivo posible con las personas que viven por debajo de la línea de pobreza.
«Dejen de ir a Ezeiza a buscar paquetitos», pide Claudio Zin en A24, ofendido porque los funcionarios concurren al aeropuerto internacional para presenciar la llegada de las vacunas.
«Argentina es uno de los países más miserables del mundo», anuncia Tato Young en LN+, mientras muestra un ránking de dudoso rigor estadístico en el que el temido primer puesto es, obviamente, para Venezuela.
«Es el costo de no estar alineados con EEUU», amonesta Adrián Ventura en TN al reflexionar sobre la escasez de vacunas, sin ruborizarse por el cipayismo explícito de su humillante afirmación.
La palabra construye y da sustancia al discurso; las ideas lo sostienen y lo estructuran. Resignarse al ruido de las voces sin sustento conceptual conduce a un debate sin ideas, a llenar páginas y horas de radio o televisión con mensajes huecos y consignas antojadizas.
Es lo que ocurre con frecuencia preocupante en los medios de comunicación. Se lanzan palabras que terminan irremisiblemente devaluadas porque no responden a otra intención que la de descalificar al adversario. Sin rigor periodístico, ni científico, ni político. Sin apego por la verdad, por el dato correcto, por la cita exacta.
Ruido. Sólo ruido, mala fe, ignorancia. Violencia y desprecio.
Los representantes de la farándula y de la política hacen un aporte invalorable a esta demolición de la prudencia y del sentido común:
«Hay que enseñarle a la gente, por ejemplo, del Norte, a plantar, a tener gallinas en el gallinero», propone Susana Giménez desde su chacra en Punta del Este, decidida a explicar cómo debe hacerse para terminar de una vez con la pobreza.
«El Presidente es un inútil», sentencia la líder del PRO, Patricia Bullrich, como si estuviera aportando una prueba fundamental para demostrar su afirmación de que el gobierno actual ha fracasado.
«La mesa judicial no era para apretar jueces», precisa Mauricio Macri ante un panel de periodistas complacientes, quienes eluden la oportunidad de señalar al ex presidente que está admitiendo la existencia de una mesa ilegal, clandestina e inconstitucional.
«Le meten presión a los jueces con inventos como la mesa judicial» dice al día siguiente el mismo Macri frente a un silencioso Lanata; en la misma «entrevista», pretende desacreditar a Estela de Carlotto lamentando que ella «no pueda salir del rencor y del odio»; sin pudor, sin vergüenza, declara no entender cuál es el aporte que hace la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo a la sociedad. Silencio del entrevistador.
«Si piden las vacunas por Mercado Libre llegan antes y con flete de cortesía», pretende ironizar Omar de Marchi después de lanzar una incorrecta evaluación de la capacidad de carga de los aviones de Aerolíneas que viajaron a Rusia y China.
Pobreza de ideas, ausencia de propuestas, discursos vacíos y frases agresivas es lo que ofrece casi todo el espectro comunicacional. El propósito es utilizar el goteo permanente de palabras cada vez más devaluadas para minar la esperanza de la audiencia, establecer que no hay soluciones colectivas, y abogar groseramente por un sálvese quien pueda de consecuencias inimaginables.
¿Se puede ser más rastrero? Si, se puede:
«Tiene un lindo culito la becaria», machirulea Jorge Lanata en Radio Mitre, en referencia a una joven que fue vacunada sin el turno correspondiente, y a quien se adjudican vinculaciones con el poder.
¿Se puede ser más ruin? Si, se puede:
«La madre usaba a la nena como tarjeta de crédito» escupe temerariamente Viviana Canosa en A24, pintando de manera peyorativa, falaz, prejuiciosa y carente de empatía la situación de extrema vulnerabilidad de una familia de indigentes.
Cuesta encontrar algo peor.