Por Moira Goldenhörn

¿Qué nos pasa como sociedad cuando las juventudes eligen rebelarse contra la solidaridad y la gentileza?

Bien sabemos que la “viveza criolla” no nació de un repollo, aunque podríamos presumir que “bajó de los barcos”, digamos. Porque quienes conquistaron un continente a fuerza de saqueo y violación, y sobrevivieron a una sentencia de muerte suspendida si lograban el mérito de cruzar el océano, digamos que mucho espíritu cristiano y caritativo no iban a tener.

Pero bueno, más allá de los orígenes siniestros de la empresa americana, reconocemos también que ha habido intentos de libertad, de altruismo laico, e incluso de reconocimiento a las naciones preexistentes en los albores del Estado Argentino. Sin embargo, hay algo que ha quedado de manifiesto desde siempre, siendo la lógica política desde entonces: los privilegios de la conquista, los privilegios “del vencedor”, de los más fuertes, incluso esa creencia de “ser los mejores”.

Desde entonces también, los intentos políticos surgidos desde los márgenes estuvieron justamente orientados a tensionar esas creencias que fueron orden social indiscutido: eurocentrismo, supremacía racial blanca, religiosa católica, sexismo, privilegios sociales derivados de la propiedad del latifundio, capitalismo financiero; y tuvieron su más clara conquista con el advenimiento del justicialismo, que reformuló las bases del Estado Argentino como patria de [email protected] [email protected] y sus familias.

Sin embargo, luego de darle sepultura a la Constitución Nacional, las 2 décadas de proscripción peronista, muerto Perón y destituida Isabel; comenzó en 1976, y de la mano de la incipiente globalización del consumo y la libre circulación global de bienes y capitales extranjeros como símbolos de status y dinero fácil, algo distinto. La vieja y constitutiva “viveza criolla”, que parecía amansada en un mundo en reconstrucción por la posguerra y las hambrunas, se vivificó al encontrarse con la chispa adecuada para la explosión.

Voy a poner en palabras de Perón un proceso largamente estudiado en la sociología, no sólo porque su palabra visionaria sigue vigente 80 años después, sino porque escribo estas líneas en otro aniversario de nuestra independencia. Dijo Perón en “la comunidad organizada” que “Se ha persuadido al hombre de la conveniencia de saltar sin gradaciones de un idealismo riguroso a un materialismo utilitario; de la fe a la opinión, de la obediencia a la incondición. La libertad, conquista máxima de las edades modernas, no se produjo acompañada de una previa reestructuración de sus corolarios. Es posible que hubiese cierta improvisación en tal victoria, porque siempre resulta difícil establecer el orden entre las tropas que se apoderan de una ciudad largamente asediada”.

¿Cómo seguir convenciendo a las masas hoy en día con esto de que “la cultura del trabajo” es éticamente el camino adecuado, cuando “los vivos” hacen plata dulce con la bicicleta financiera, criptomonedas y commodities (y los más vivos de todos, condimentan ese combo con evasión y la fuga)?

Digamos que, mientras siguen siendo bestsellers libros como “padre rico, padre pobre” o “el secreto”, prometiendo dinero con la magia de la especulación o con sólo imaginarlo, se va deteriorando cada vez más el tejido social entre los grupos que ya hace décadas no acceden al trabajo formal ni a los tiempos escolares pautados como esquema ordenador de la vida; quienes, claramente, no pueden acceder a ninguna bicicleta que no sea para pedalear haciendo delivery, y sus anhelos no parecen tener la fuerza necesaria como para impactar en el campo cuántico.

Entonces, en ese terreno de frustración y falta de formación adecuada, es donde encuentra combustible la chispa explosiva que se produce en el choque de viveza criolla y dinero fácil. Porque, admitamos, en los tiempos que corren, si nos dan la opción del camino corto e instantáneo al éxito económico, o el largo y sacrificado del mérito sin una recompensa cierta ¿cuál elegimos? ¿cuál están eligiendo las juventudes? Lo sabemos. Y el problema se agrava cuando, en algunos contextos, especular con la transa y la prostitución son los únicos sentidos del camino corto en personas altamente vulnerabilizadas por este macabro sistema, y efectivamente vulneradas en todos sus derechos.

Volviendo entonces al punto de los privilegiados de siempre que forjaron la nación argentina y cómo sostienen su poder indiscutido, sea mediante la fuerza de las armas o la persuasión de la conveniencia y la comodidad, es que quiero advertir sobre lo que se nos está haciendo cada vez más aplastante: las juventudes están perdiendo su anhelo revolucionario, su sueño colectivo, su fe en la propia potencia transformadora de realidades. Simplemente, porque aparecen figuritas políticas que obsequian, además de presuntas facilidades, un grupo de pertenencia: el de “los vencedores”.  

¿Y cómo es que esto prende tanto en los corazones jóvenes? En la búsqueda del respeto social, encuentran un discurso que les hace lugar y les hace sentir fuertes y poderosos, parte de “los vivos”, al criticar un Estado que busca igualdad, para destacarse entre la masa, presentada como rebaño de ovejas mansas y sometidas. Por ello, decimos que hace un tiempo ya que la rebeldía parece haberse vuelto un privilegio de los fuertes, los amigos del poder, los privilegiados, los poderosos.

Recordemos el comercial de cerveza que en los ’90 nos proponía “no sigas al rebaño, unite a la manada”, y pensemos que ese tipo de propuestas, dirigidas hacia jóvenes privilegiados que quieren hacerse los “chicos malos” para poder ejercer sus privilegios sin control social ni estatal, están llegando en su punto más elevado con los partidos políticos que fomentan el odio y la desinformación ciudadana. Y las consecuencias son trágicas y peligrosas en los tiempos de pandemia, donde la desinformación, el odio y el egoísmo nos generan muertes ante la indiferencia y la queja permanente al ver coartado el ejercicio de los privilegios.

Ante esta realidad, podemos aproximarnos por diferentes miradas para pensar el fenómeno críticamente. Una, la comunicacional: ¿cómo y por qué llegamos a estar tan distantes de la población en temas cruciales? ¿A quiénes hablamos y con qué lenguaje? ¿Cómo pudimos olvidar la dimensión emocional en el receptor de los mensajes al punto tal que es explotada por la derecha para hacer del odio un motor político? Tal vez creímos, en un exceso de progresismo, que las personas que reciben los mensajes podían apelar a su sentido crítico; cuando la realidad nos muestra que en ellas hay poco de crítico y mucho sentir visceral odiante.

Otra mirada apunta a la educación. ¿Cómo es posible que luego de la maravillosa Ley Nacional de Educación que vino a consolidar derechos en uno de sus ejes fundamentales que es la educación cívica y construcción de la ciudadanía, tengamos estas juventudes tan ignorantes del rol fundamental del Estado y ciegas del otro en tanto sujeto de derechos? ¿Cuándo, cómo y por qué se perdió la perspectiva de transformación colectiva que caracterizó históricamente a las juventudes?

De aquí, necesariamente, surge la mirada política, que nos interpela gravemente como generaciones formadoras de estas juventudes. ¿Qué pasa con las dirigencias políticas que quedan tan distantes de la mirada interesada y el afecto de las juventudes? ¿Por qué prende tanto el discurso individualista de odio por sobre el colectivo del afecto y el cuidado para el empoderamiento colectivo? ¿Cuándo y cómo se perdió la fe en un futuro del que los y las jóvenes puedan ser protagonistas responsables?

Intento, si no una respuesta, un camino por donde comenzar a indagar. Me pregunto, ¿nos hemos dado espacio de diálogo sobre el rol de la política, las orgas hegemónicas y los partidos tradicionales durante el macrismo? ¿Cómo se organizó la resistencia? ¿Hubo una resistencia organizada? ¿Cómo se contuvo a las familias más perjudicadas por el ajuste y la fuga de capitales, la persecución laboral y el lawfare? ¿Cómo se están desarrollando los espacios de representatividad?

Cerrando entonces la idea, vuelvo a traer la palabra criteriosa de Perón, ahora desde Conducción Política, donde expresaba que “de la calidad y de las cualidades que poseen los conductores dependen, en su mayor grado, la calidad y las cualidades de la propia masa”, es decir que, a los ojos de Perón, algo debe tener que ver la conducción de las orgas de jóvenes en este desencanto que cuela por derecha odio y competencia destructiva. En lo personal, no soy ni he sido parte de esas orgas hegemónicas, fundamentalmente porque el pensamiento crítico no es bienvenido en algunas conducciones territoriales que no surgen de la masa local sino que son impuestas desde otras instancias. Pensemos entonces, en pos de reconstruir y recuperar a las juventudes, ¿Qué espacio de participación real se está dando? ¿Cómo se construye el consenso? ¿Cómo se define la política?

Y esto porque, como también expresaba Perón, textualmente, que “para poder gobernar es menester no aferrarse siempre a la propia voluntad, no hacerles hacer siempre a los demás lo que uno quiere, sino permitir que cada uno pueda hacer también una parte de lo que desea”, entonces ¿quién y cómo reparte la participación? ¿Quién y cómo decide quiénes “merecen” ser parte del movimiento de masas más grande que conoció Latinoamérica? ¿Estamos abrazando y haciendo parte a todas las juventudes? Es más, ¿conocen las juventudes la doctrina peronista?

 Entonces, propongo una vez más volver a Perón. Volver a las bases doctrinarias que hicieron brillar este país como nunca antes ni después. Volver a las bases en los territorios y a generar política desde ellas y con ellas. Volver, antes que la distancia y desencuentro se vuelva abismo.

PS: Por si no quedara claro el sentido de las preguntas y a qué dirigencias me refiero, también dijo Perón en su Conducción Política, que “la verdadera colaboración no es alabar siempre, sino señalar los errores, hablando un lenguaje claro de realidad, de verdad y de amistad”.

Que se entienda, pues, como un acto de colaboración.