por Guadalupe Granero Realini

/ ¿Y qué me importa? / Pensé que de política no iba a hablar,

pero ahora que recuerdo: política hacemos todos al caminar[1]./

 

Urbanizar es la acción de volver algo urbano. Es el verbo de ciudad.

Conjuga cosas materiales, físicas, que tienen que ver con transformar el espacio natural según las necesidades de la vida de las personas; necesidades que son como las pensaría Manfred Max Neef -querido chileno, nobel alternativo de economía- trascendentales o tal vez, sencillamente humanas, como la subsistencia, la protección, el afecto, el entendimiento, la participación, el ocio, la creación, la identidad, la libertad [2]. Son necesidades que atraviesan el tiempo y el espacio de la historia humana pero que, sin embargo, son satisfechas de distintas formas según dónde y cuándo se manifiestan. Las necesidades son, de alguna forma, trans-históricas. Los satisfactores, no. De hecho, la forma en que respondemos a nuestras necesidades es una marca cultural, es un signo testigo de los valores de una sociedad, de sus relaciones con el medio que habita, de sus posibilidades materiales y creativas. Nuestro mundo contemporáneo organiza el territorio de forma tal que urbanizar, en términos físicos, implica hacer conexiones, tender vías de transporte, llevar calles, iluminarlas, construir infraestructuras que permiten proveer agua potable y retirar agua servida, diseñar espacios para usos colectivos, construir, a veces, viviendas de forma masiva. Estas son las acciones en torno a las cuales se organizó la planificación urbana, que es la potestad que los Estados han monopolizado para definir cómo crecen y se organizan las ciudades. Y este es un poder muy grande, es un monopolio sobre el pensar/hacer que es estratégico para definir cómo es y debería ser el espacio que habitan sociedades enteras.

Aunque desatendida, inconsciente o, incluso, invisibilizada, urbanizar también contiene una dimensión simbólica. A veces podemos percibirla en sentidos que emergen de aquellas cuestiones físicas, en la estética del espacio urbano, en el lenguaje de los edificios y las plazas, en la belleza. Pero también hay algo muy simbólico en cómo habitamos la ciudad, en los usos que creemos correctos, en la forma en que nos relacionamos socialmente y con (en) los lugares, en los imaginarios que construimos sobre lo urbano. Ésta es una dimensión tan constitutiva de cómo satisfacemos nuestras necesidades como lo es lo estrictamente material de la ciudad. Y en estas, como en cualquier dimensión que podamos inventarnos para tratar de entender qué significa urbanizar, siempre –siempre- se materializan luchas de poder. En la definición de esos satisfactores podemos leer qué intereses están en juego, cómo en la diversidad siempre hay una cultura hegemónica, quién la sostiene y quiénes son los otros, qué valores exalta, qué ciudad propone.

El poder de definir cómo crece y se organiza la ciudad es estratégico.

 El mercantilismo urbano nos subleva. Porque todavía creemos en la ciudad como un espacio social, que no sólo es un espacio de todos sino -y antes que nada- un espacio para todos, en el sentido más cabal de lo que significa saberse parte de ese totalidad y asumir la responsabilidad de que lo subjetivo, cada acción, cada idea, es una individualidad inevitablemente proyectada hacia lo(s) que no(s) rodean.

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La urbanización capitalista crece en Latinoamérica al ritmo de fuerzas irreconciliables en su conflicto. Crece bajo el deseo obsceno de acumulación infinita de corporaciones privadas y gobiernos lacayos, que transforman la ciudad en una mercancía más –y que se ha demostrado increíblemente lucrativa para reproducir el circuito de crecimiento económico, profundizando el abismo entre los pocos–que-más y los millones-que-menos. Crece con la mitad de su suelo urbano crecido informalmente, sin derecho a la tierra, sin condiciones de habitación saludables, sin accesibilidad, sin lugares para la imaginación creativa. Cuando la vivienda se transforma en mercancía, deja de satisfacer la necesidad de protección, de subsistencia, de identidad, y se transforma en un bien de capitalización. Cuando el espacio público se transforma en mercancía, deja de satisfacer la necesidad de identidad colectiva, del afecto de encontrarnos, de ocio, de participación, y se convierte en un soporte material desapropiado para lo que pasa en el moverse de un espacio privado a otro. Mercantilizar la ciudad es una ecuación de resultados injustos, donde las necesidades humanas que se satisfacen son las de los (pocos) que pueden comprar aquellos bienes que le dan cuerpo a esos satisfactores, qué ya quién sabe a qué necesidades responden. Peor aún, es una mercantilización que deforma la dimensión humana de esas necesidades, llenando con vasos de pochoclo plástico la necesidad de ocio, levantando muros y rejas para subsistir y protegerse, multiplicando pantallas de cristal líquido para sentir algo que se parezca al calor humano, subiendo la libertad a las cuatro ruedas de tu ranger en la autopista, canalizando la participación en ciento cuarenta caracteres, poniéndole precio y copyright al entendimiento, despojándonos de nuestra capacidad creativa en un box iluminado por tubos fluorescentes. Haciendo del consumo irracional nuestra identidad.

El mercantilismo urbano nos subleva. Porque todavía creemos en la ciudad como un espacio social, que no sólo es un espacio de todos sino -y antes que nada- un espacio para todos, en el sentido más cabal de lo que significa saberse parte de ese totalidad y asumir la responsabilidad de que lo subjetivo, cada acción, cada idea, es una individualidad inevitablemente proyectada hacia lo(s) que no(s) rodean.

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La carpa villera dice urbanización. Que ya no es una discusión de vericuetos técnicos, de lo que todos sabemos –aunque muchos nieguen y renieguen- que es posible, que es resolver la dimensión material de transformar las villas en lugares con agua, con cloacas, donde entren las ambulancias y el camión de la basura, donde hayan plazas, escuelas, colectivos. No, ni falta hace. Cuando algún burócrata de turno se decida, puede consultar cualquiera de los planes autogestionados por organizaciones de base, por aquellos que en el medio de tantas urgencias siguen produciendo y no pierden el rigor que hace de las utopías posibilidades concretas. No se trata de eso.

Cuando dice urbanización, nos interpela a pensar cuánto más se puede sostener este modelo de ciudad insostenible (¿insustentable?). En un territorio quebrado a fuerza de murallas y autopistas, donde los recursos naturales son depredados para servir a un modelo energético irracional, cortoplacista; un territorio construido de imaginarios violentos, donde la inseguridad desdibuja los espacios públicos a través de la pantalla del televisor, en geografías homogeneizadas donde se disuelve la diversidad de los pueblos, en ciudades sin gente y gente sin ciudades, ¿dónde están las posibilidades de una acción transformadora?

Cuando dice urbanización, nos cuenta qué ciudad tenemos, pero nos dice sobre todo qué ciudad podemos imaginar. Este es el sentido profundo de la utopía como crítica de la realidad y no como un idealismo con el cual clasificar soñadores inútiles; y cuando David Harvey nos recuerda que el principal derecho a la ciudad del que hablaba Lefebvre era el derecho a imaginar, a prefigurar una vida urbana menos alienada, suena lindo, pero cuando lo vemos en la calle es sencillamente sublime. Esa carpa está llena de utopías, llena de imaginadores radicales. Ahí se siembra la conciencia crítica para cosechar transformaciones.

Mientras dice urbanización, la carpa ocupa la plaza. Se apropia de la plaza. Recupera el sentido colectivo del espacio público. Como no hace piquete, no sale en los medios y los funcionarios públicos la ningunean (otros reclaman escandalizados que el espacio público no es para eso, aunque no se sabe exactamente para qué sería, entonces). Como una especie de meta-proceso urbano, la carpa reivindica el derecho a la ciudad haciendo derecho a la ciudad. Las charlas y los debates sobre temas centrales de la agenda metropolitana son una manera de gestionar la ciudad; involucrarse desde las propias experiencias y desde el aporte técnico que arriman especialistas para comprender los problemas que nos tocan como ciudadanos es ejercer, sin vueltas, el derecho a la gestión democrática. Las clases de los bachilleratos populares nos recuerdan que la educación no es un negocio, que el acto de educar es tan abierto, tan masivo, tan generoso, como un aula al pie del Obelisco. Músicos y actores llenan el espacio de arte, sin butacas, ni entradas, ni alfombras rojas. Medios alternativos ponen la información al servicio del derecho a saber, que es hermano del derecho a participar, y no al servicio de los intereses que esperan controlarnos, controlando lo que sabemos.

Esto es política urbana. Es la política que todavía no llegó, es la política que se está haciendo, es la que se debería. Ese involucramiento multitudinario abraza la imaginación de la ciudad. Y es de todos, aún de los que no lo ven, aún de los que no quieren ver.

Es de todos los que caminan.

 


 

[1] Raly Barrionuevo, Ey paisano.

[2] Leer Desarrollo a Escala Humana, de Max Neef, que es simple en su complejidad. Y hace falta.