Por Juan Carlos Di Lullo

La tendencia mundial (creciente, imparable) de obtener información a través de las publicaciones en Internet ha popularizado el uso de motores electrónicos de búsqueda para encontrar datos o detalles sobre determinados asuntos. El gigante Google es sin dudas el buscador en la red por excelencia, aunque existen alternativas; precisamente, para posicionarse aún mejor entre quienes proveen el servicio, la página amplía los horizontes de la simple búsqueda y autodefine su misión como «organizador de la información del mundo haciéndola accesible y útil». La popularidad del buscador es tal que ha generado un verbo nuevo para definir la acción de pesquisa en Internet, utilizado ya en varios idiomas: en castellano, «googlear».

La marca está impuesta, pero sus desarrolladores no descansan. Entre una infinidad de servicios, el motor propone una plataforma de información periodística a través de la cual provee contenidos multimedia; quien quiere echar un vistazo a las portadas de los principales medios de prensa de todo el mundo encontrará allí una vidriera cómoda y variada. Eso es lo que al menos parece. O lo que se quiere aparentar.

Hace pocos días, Google anunció una alianza con empresas periodísticas de gran envergadura como Clarín, La Nación, Infobae, Perfil; el acuerdo se extiende a otros diarios argentinos, pero muchos de éstos resultan ser directa o indirectamente simples extensiones de los grandes medios nacionales; Google News Showcase ofrecerá contenidos publicados por esos medios para proporcionar a sus lectores «información ampliada sobre los principales temas de actualidad». El listado de los medios participantes no muestra otra cosa que la proporción desequilibrada que existe en Argentina entre medios que sostienen una línea editorial afín a los principios neoliberales y adversa al ideario por ellos bautizado despectivamente como «populismo», aquellos en línea con las expresiones políticas o los gobiernos nacionales y populares. La apabullante mayoría de los primeros sobre los segundos demuestra que la promesa de información «independiente» y de gran calidad periodística no es otra cosa que una colosal estafa conceptual.

El acuerdo permite a los editores de los medios asociados elegir las noticias que estarán disponibles en la plataforma, de manera que no serán algoritmos los encargados de seleccionar la información. Esto implica que serán los medios los que decidirán y definirán qué es noticia y le asignarán la importancia que consideren a los materiales puestos a disposición del lector. La herramienta es potencialmente descomunal a la hora de difundir determinada visión sobre ciertos hechos y la invisibilización lisa y llana de otros.

Un aspecto de la alianza es especialmente preocupante, dadas las características intrínsecas a la difusión de las informaciones periodísticas por Internet. Los mecanismos de la plataforma darán a los editores la oportunidad de aumentar el tráfico de lectores a sus respectivos sitios, lo que les permitirá atraer a más suscriptores. A pesar de que los responsables de Google afirman que ésta es una manera de apoyar «al periodismo profesional», dicha posibilidad no hará otra cosa que potenciar cada vez más a los medios grandes y minimizar consecuentemente a los más pequeños, en una escalada de consecuencias inimaginables.

En una realidad como la que vive nuestro país, en la que muchos medios (los más encumbrados, por cierto) se comportan como verdaderos factores de poder (cuando no como socios lisos y llanos de ciertas corporaciones), pretender independencia y rigor periodístico en la producción informativa que nutrirá a la plataforma es, cuanto menos, ingenuo e irreal.

Google es una empresa privada que no tiene obligación de ser ideológicamente equitativa en la elección y la publicación de los contenidos que decida difundir. Pero hacerlo con estos proveedores y sostener que este esquema permitirá la reducción o eliminación de las «fake news» y garantizará «contenidos de alta calidad, en los que el lector pueda confiar», suena a campaña publicitaria basada en promesas de cumplimiento imposible.

La puesta en marcha del acuerdo implicará una profundización de las asimetrías que son inocultables al analizar la oferta informativa nacional, distorsionada por la concentración y la invisibilización que de hecho padecen los medios alternativos, provinciales o comunitarios; viene a potenciar el desbalance que, en el espacio radial y televisivo, pretendió morigerar (con errores, con capítulos perfectibles, desde ya) la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual atacada judicialmente por las corporaciones afectadas y posteriormente desmantelada y esterilizada por un decreto del entonces presidente Mauricio Macri.

Quien ha escuchado el sonido de un coro, sabe que esa resultante del canto coordinado de muchas voces distintas produce una sensación esencialmente diferente de aquella que se experimenta al escuchar una sola de las voces que lo integran. La mezcla de timbres, texturas y colores vocales es mucho más que la suma de aquello que la compone, aún cuando se cante la misma nota (unísono). Si, además, hay polifonía (distintas líneas melódicas de importancia similar), la sensación es todavía más sorprendente, rica y atractiva.

El paralelo es evidente. Hacen falta muchas voces para tener la sensación de conjunto. Si se miente y se contrabandean como «diferentes» melodías que son idénticas, se agrisan los colores y el panorama se torna monocorde y obsesivo. Sin dudas, ese es el propósito último de esta fusión de gigantes: formatear opiniones, influir decisivamente en la toma de decisiones del ciudadano común y convencerlo de que está recibiendo información equilibrada e independiente cuando lo que se le ofrece es una visión única e interesada de la realidad; porque ésta es la única manera de lograr que multitudes de personas bien intencionadas terminen aborreciendo lo que les conviene y apoyando alternativas ruinosas para el país y para las grandes mayorías populares.