Por Mirta Secondo

“Nadie es una isla en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.”

John Donne. Poeta inglés del siglo XVII

Es el título que elige Ernest Hemingway para su novela sobre la guerra civil española.

 

El pasado 17 de abril a las 18:50 hs. las campanas de todas las iglesias de Francia sonaron al unísono por la catedral desvastada dos días atrás.

Construida entre los años 1163 y 1245 en la baja Edad Media parecía eterna.

Había permanecido en pie después de los ataques y robos sufridos en la revolución francesa; resistió cuando casi en ruinas por el paso de los años y el olvido de los hombres,  fue rescatada por Victor Hugo al convertirla en símbolo de identidad para la nación con su novela; Notre Dame de París, más conocida como El Jorobado de Notre Dame publicada en 1831. Así es como en 1845 comienzan los trabajos de restauración y renovación por el arquitecto E. Violett-le-Duc, quien incorpora las gárgolas y la aguja que vimos caer en el incendio.

En 1944 el gobernador nazi de la ocupación, al batirse en retirada se niega a cumplir la orden de Hitler de  destruir los monumentos más importantes de París y así la catedral sobrevive una vez más.

Notre Dame es testigo de la historia. Es la manera que tiene el pasado de perdurar en el presente.

Un entramado de sucesos, obras de arte y leyendas de pronto es devorado por las llamas. El impacto que ha causado nos habla del valor de los símbolos de una cultura.

Es que para el hombre el pasado no es algo fijado en piedra, está mediatizado por lo simbólico, de allí la lucha por la significación de los símbolos.

La conmoción es enorme para los franceses, y las resonancias impactaron con fuerza aquí en el sur.

Tal vez porque el incendio de la catedral refleja la devastación que sufre la cultura por parte del Macrismo, que en estos días ha sido remarcada en la inauguración de la 45 Feria del Libro de Bs. As. donde se puso sobre el tapete los estragos producidos. Mientras que en el 2015 se producían 83 millones de ejemplares de nuevos títulos, en el 2018 se redujo a la mitad, se le suma el cierre de librerías, el desmantelamiento del Plan Nacional de Lectura, y esto es solo una parte.

Pero claro no es solo la cultura lo que destruyen; cada día vemos como los pilares que constituyen nuestra soberanía y nuestra identidad como nación son socavados uno a uno por este gobierno.

No hay identidad sin memoria, y la memoria hoy aparece opacada para gran parte de la población que ha caído presa de la propaganda de los sembradores de odio. Ellos que han venido a reescribir la historia a su gusto y paladar, nos dicen que no hay que mirar el pasado, sino el futuro, justamente ellos que nos roban el futuro.

Muchos de los que votaron “el cambio”, ya no creen en nadie; porque otros de los graves daños que los del círculo rojo nos han infligido a través de sus personeros es vaciar de sentido las palabras, el cinismo, la mentira permanente, el uso de la injusticia como arma persecutoria, para así ocultar que los nombres de los candidatos encarnan proyectos de país absolutamente distintos, en las antípodas, uno a favor del pueblo, el otro para unos pocos.

Porque a los ciudadanos de a pie con el árbol, con el caballito de batalla de la lucha contra la corrupción, le taparon el bosque: que son políticas de estado las que pueden mejorar la calidad de vida de la gente, la inversión en salud, educación, soberanía energética, industrialización, no es cuestión de meritocracia. Nadie se salva solo.

Es fundamental volver a poner en valor la educación, defender la escuela pública, así como el trabajo de los docentes; pero educar para ganar la batalla por el sentido común, que hoy está enajenado, educar desarrollando  pensamiento crítico.

Por eso es parte de nuestra tarea rescatar la historia, divulgarla, que esté presente para la mayor parte de la población, para que muchos no vuelvan a caer en el engaño, porque lo más triste es que esto ya lo vivimos, solo que ahora es mucho peor.

Tan importante como devolverle el valor de verdad a las palabras.

La situación es gravísima, los generadores del caos nos llevan cuesta abajo en la rodada.

No es tiempo de transiciones, sino de definiciones rotundas, es ahora el momento de construir con otros, para volver a ponernos de pie como país.

Necesitamos urgentemente recuperar los sueños.

El pueblo está luchando por su dignidad y sus derechos, no nos han vencido.